Un hongo en la boñiga de los hipopótamos de Pablo Escobar: una obra de arte como camino contra la depresión

Como en el mito de la Creación, el problema de los hipopótamos en Colombia empezó con Adán y Eva. Ambos, macho y hembra, fueron los primeros ejemplares de esa especie que Pablo Escobar, el mayor narcotraficante de la historia del país, ordenó transportar en los años ochenta desde África hasta su sitio de descanso, la Hacienda Nápoles, en el Magdalena Medio. Dos hembras se unieron pronto al grupo y, en cuestión de pocos años, los animales proliferaron por la zona, hasta ser más de 250 en la actualidad. Su existencia es uno de los rostros aún visibles de la opulencia de Escobar. Pero Camilo Restrepo, un artista paisa que vivió en su juventud el espanto causado por el narcotráfico, tiene una visión diferente: en la boñiga de esos hipopótamos cultiva hongos con propiedades psicodélicas que llevan consigo la esperanza de ser un complemento a las medicinas tradicionales con las que mantiene a raya la ansiedad y la depresión que padece.

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 El artista Camilo Restrepo lleva casi dos décadas criticando la lucha contra las drogas de Estados Unidos. Con su más reciente trabajo, ‘Hipopotamensis’, espera llevar su idea artística a un campo de sanación de la salud mental  

Como en el mito de la Creación, el problema de los hipopótamos en Colombia empezó con Adán y Eva. Ambos, macho y hembra, fueron los primeros ejemplares de esa especie que Pablo Escobar, el mayor narcotraficante de la historia del país, ordenó transportar en los años ochenta desde África hasta su sitio de descanso, la Hacienda Nápoles, en el Magdalena Medio. Dos hembras se unieron pronto al grupo y, en cuestión de pocos años, los animales proliferaron por la zona, hasta ser más de 250 en la actualidad. Su existencia es uno de los rostros aún visibles de la opulencia de Escobar. Pero Camilo Restrepo, un artista paisa que vivió en su juventud el espanto causado por el narcotráfico, tiene una visión diferente: en la boñiga de esos hipopótamos cultiva hongos con propiedades psicodélicas que llevan consigo la esperanza de ser un complemento a las medicinas tradicionales con las que mantiene a raya la ansiedad y la depresión que padece.

A lo largo de su carrera como artista, Restrepo (Medellín, 52 años) ha criticado de muchas maneras la lucha contra las drogas impulsada (o impuesta) por Estados Unidos a lo largo de cinco décadas y que, dice, ha causado un daño enorme en Colombia: ha desatado una guerra muy grande y sangrienta que ha permitido que mucho dinero llegue a manos de gente que ha delinquido para tenerlo. Ese ha sido el trasfondo de una idea sobre la que ha martillado por al menos 15 años desde la tarima del arte. El más reciente de sus trabajos, que lo incluye a él mismo como parte de algo que suena a experimento, nació de una pregunta en septiembre de 2024, después de una exposición en Miami: ¿y si las mutaciones genéticas de los hipopótamos de Escobar han causado también mutaciones en sus deposiciones?

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La pregunta surgió al pensar en la diversidad genética de lo que las cadenas de televisión científica han denominado los hipopótamos de la cocaína. Es decir, los que Escobar hizo llevar a Colombia. Restrepo cuenta que hay hipopótamos en el Magdalena Medio que ya tienen malformaciones debido a la endogamia a la que fueron sometidos. Eso implica que ya no son iguales a los hipopótamos de África ni a los pigmeos, las dos subespecies del animal. “La exposición terminó con la pregunta de si en la mierda del hipopótamo, que es lo que está dañando los ecosistemas en el país, podría crecer un hongo que se diferenciara de los hongos alucinógenos que nacen en la boñiga que hay en Colombia”.

Planteada la pregunta, el proyecto echó a andar. Con una paradoja detrás: si la cocaína es una droga narcisista que exalta el ego —el consumidor conversa más, se cree más inteligente, el que mejor baila—, los hongos nacidos de la boñiga de hipopótamo tienen el efecto contrario. “En la mierda del hipopótamo, que es el desecho de lo narco, termina naciendo un hongo con propiedades alucinógenas que, a diferencia de la cocaína, diluye el ego”.

—¿Cómo es esa disolución?

—La persona ahí siente que su yo se diluye, se siente más cercana a la naturaleza o a lo divino. Por eso hay experiencias místicas. Uno es como todo y nada, que son escenarios que se pueden conseguir también con meditación.

Esas propiedades disolutivas del ego no son descubrimiento de Restrepo, ni tampoco una novedad. Las terapias con hongos alucinógenos se investigaban desde hace décadas, aunque la guerra contra las drogas prohibió su consumo. Pero hay novedades: los hongos psicotrópicos son empleados también para tratar adicciones. “La adicción a la cocaína, que contribuye al consumo y a toda esta guerra contra las drogas, podría ser curada con tomas de hongos”, explica. “En vez de ser un círculo vicioso, con esta terapia para dejar de consumir ya es un círculo virtuoso”, abunda.

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Con toda esa intención detrás, el artista paisa creó su instalación Hipopotamensis, que ya ha pasado por exposiciones en Bogotá o Medellín. Para ello, recreó una incautación de droga al estilo de las que prepara la Policía Nacional, con una mesa en la que se exhiben las pruebas del delito y muchos bloques de la cocaína decomisada, con una salvedad: en la obra de Restrepo, lo que debería ser cocaína es boñiga de hipopótamo. En la mesa reposan varios de los elementos que utiliza para el cultivo de hongos. Su idea era mostrar que esa imagen, tan repetida por las autoridades para mostrar resultados en la guerra contra las drogas, al final es una evidencia de que en realidad la están perdiendo. “Se trata de criminalizar una boñiga, un frasco, una olla a presión… los elementos más absurdos. Era como reírse de la Policía, y también mostrar el decomiso de pacas, que para mí es como si los policías fueran artistas minimalistas”.

Más allá del arte

Esta vez, Restrepo ha ido más allá de la obra de arte y de las exposiciones, y comprende también una parte científica, gracias a la cual él mismo parece menos un artista y más un biólogo experto en hongos. Más allá del aspecto técnico, explica que su más reciente obra tiene dos puntos de origen. Uno es propiciar una conversación sobre el fracaso de la guerra contra las drogas y la utopía de una sociedad libre de estupefacientes. El segundo es de índole personal: “Yo fui una persona que vivió de manera miserable dentro de su cabeza, hasta una serie de situaciones que me obligaron a medicarme. Esa línea es contra la utopía de la perfección personal”. Con ello, añade, busca oponerse a las exigencias de la vida contemporánea, que ordenan que hay que ser relevante, importante y que está prohibido equivocarse.

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Para que Hipopotamensis se convirtiera en algo tangible, pasó meses trabajando entre excremento. En noviembre de 2024, junto con Chavito —su asistente, que insiste en que lo llamen así—, encontraron los primeros hongos en la boñiga. En abril de 2025, descubrieron el primer silocibe cubensis (el alucinógeno). Desde entonces, la recolección de excrementos ha sido una constante: en Doradal tiene 150 kilos, que se suman a otros 300 kilos que ha llevado a su casa de Medellín para seguir cultivando los hongos con condiciones muy minuciosas de humedad, temperatura e iluminación, buscando, en un camino de ensayo y error, el hongo alucinógeno. “Hice un laboratorio en la casa y utilizaba la olla a presión y la cocina, y eso se volvió una locura. Me decían que iba a ser el próximo coronavirus”.

Hipopotamensis, una obra que va mucho más allá de su instalación, tiene aún dos fases por cumplir. La primera es la de la toma de los “narcohongos” como un camino para sanar y enfrentar los problemas de ansiedad y depresión que Restrepo ha padecido. “Yo tomo pastillas psiquiátricas. Hasta los 38 años viví creyendo que era el más güevón del mundo, con ese síndrome del impostor, pensaba que era el más bruto. Me di palo toda la vida”, recuerda. En ese momento, mientras cursaba un máster en Estados Unidos y tocó fondo con la depresión, lo medicaron. “A partir de esa medicación y de meditación logré estar mucho mejor”. Ahora, con los hongos que ha buscado desde hace meses, espera complementar el tratamiento que lo mantiene lejos de ese yo anterior.

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“Esto no es una pelea con la medicación”

Catalina Echavarría es psicóloga especializada en terapia con estados amplificados de conciencia. Pero también es la esposa de Camilo Restrepo y su compañera, no solo como cónyuge, sino como profesional. Ha sido testigo de la mejoría de su marido, y lo ha acompañado en el camino que lo ha llevado a dejar de lado el sufrimiento que padeció por años, a través de una medicación correcta y de técnicas de meditación, yoga y relajación. La idea, ahora, es ensayar con los hongos de la boñiga. La dosis: entre cinco y seis gramos. Ni tanto para que la experiencia sea tan fuerte que impida recordar, ni tan poco para no lograr la disolución del yo.

—¿Para qué sirve esa toma?

—Te ayuda a tener otra perspectiva sobre ti mismo, sobre la vida, los seres humanos, la muerte, la ansiedad. Se va resignificando el yo, que, cuando vuelve a estructurarse, se va debilitando.

Para hacerlo, Restrepo debe suspender un medicamento convencional que impide a los hongos hacer su trabajo una vez se ingieren. Durante la toma, estará acompañado siempre. Se le tomará la presión, se vigilará su respiración y se observará su entrada en el trance: “Puede ser un buen viaje, un mal viaje, no sé con qué se irá a encontrar”. Echavarría explica que la experiencia no será riesgosa, porque está enteramente estudiada y todo su entorno estará controlado: la dosis, la cantidad de tiempo, la música, el espacio. Esperan también estar acompañados por una médica. “Si no pasa nada, si pasan cosas malucas o si pasan cosas maravillosas, lo vamos a capitalizar y lo vamos a utilizar. Para mí, como terapeuta, lo que sea está perfecto”.

Echavarría aclara que la expectativa no es que Camilo pueda dejar los fármacos después de la macrodosis. “Está muy bien que se los tome, porque su cerebro los necesita. No es una pelea con la medicación, es un complemento para tener una mejor calidad de vida”, explica. Y a partir de la experiencia, ponderar todo aquello que surgió en el trance y extraer todos los beneficios posibles. Para conseguirlos, cree inconveniente hacer una nueva toma antes de uno o dos años.

Y después de la toma, el colofón: crear una empresa, en principio ficticia, que se llame Hipopotamensis, que ofrecerá la posibilidad de hacer instalaciones artísticas y tomas terapéuticas de hongos. ¿A quién iría dirigida, en mayor medida? A los mismos clientes de los narcotours, que visitan Medellín con el ansia de sentir algo del aura criminal de Pablo Escobar. La oferta para los narcoturistas sería una sanación con narcohongos. “Es muy irónico apelar a ese turismo narco que viene a Colombia a consumir cocaína, a comerse a las peladitas de acá. Lo que se les ofrecería sería una experiencia con hongos alucinógenos que nacieron en la narcoboñiga y que pueden llegar a la sanación… o no”. En unas semanas, Restrepo espera tener la respuesta.

 EL PAÍS

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