Hay una idea ingenua según la cual el director de cine se asoma a la cámara para registrar lo que ya existe. Pero sucede exactamente al revés: las cosas empiezan a existir de un modo determinado cuando alguien decide desde dónde mirarlas. Orson Welles no mira, o no solo mira: decide, sobre todo, desde dónde hacerlo. Como el científico que se asoma al microscopio, ha inclinado el cuerpo y ha cerrado un ojo, sacrificando así el campo visual de la vida, para aceptar lo que le muestra el estrecho túnel del visor. Ha renunciado, igual que el cazador, a verlo todo para centrarse de manera exclusiva en el trofeo. Quizá pensar consista en eso: en aceptar una reducción del escenario a cambio de un poco de sentido. Se habla del punto de vista como de una técnica narrativa, pero en el fondo es una ética. Cada uno mira desde el lugar en el que ha colocado el cuerpo, pero el cuerpo acaba revelando dónde se encuentra el alma. No piensa igual quien observa el mundo desde un ático que quien lo hace desde un sótano. No juzga igual quien habla desde el estrado que quien escucha desde el último banco. Decidir el emplazamiento de cámara equivale a una toma de conciencia.
Hay una idea ingenua según la cual el director de cine se asoma a la cámara para registrar lo que ya existe. Pero sucede exactamente al revés: las cosas empiezan a existir de un modo determinado cuando alguien decide desde dónde mirarlas. Orson Welles no mira, o no solo mira: decide, sobre todo, desde dónde hacerlo. Como el científico que se asoma al microscopio, ha inclinado el cuerpo y ha cerrado un ojo, sacrificando así el campo visual de la vida, para aceptar lo que le muestra el estrecho túnel del visor. Ha renunciado, igual que el cazador, a verlo todo para centrarse de manera exclusiva en el trofeo. Quizá pensar consista en eso: en aceptar una reducción del escenario a cambio de un poco de sentido. Se habla del punto de vista como de una técnica narrativa, pero en el fondo es una ética. Cada uno mira desde el lugar en el que ha colocado el cuerpo, pero el cuerpo acaba revelando dónde se encuentra el alma. No piensa igual quien observa el mundo desde un ático que quien lo hace desde un sótano. No juzga igual quien habla desde el estrado que quien escucha desde el último banco. Decidir el emplazamiento de cámara equivale a una toma de conciencia. Seguir leyendo
Hay una idea ingenua según la cual el director de cine se asoma a la cámara para registrar lo que ya existe. Pero sucede exactamente al revés: las cosas empiezan a existir de un modo determinado cuando alguien decide desde dónde mirarlas. Orson Welles no mira, o no solo mira: decide, sobre todo, desde dónde hacerlo. Como el científico que se asoma al microscopio, ha inclinado el cuerpo y ha cerrado un ojo, sacrificando así el campo visual de la vida, para aceptar lo que le muestra el estrecho túnel del visor. Ha renunciado, igual que el cazador, a verlo todo para centrarse de manera exclusiva en el trofeo. Quizá pensar consista en eso: en aceptar una reducción del escenario a cambio de un poco de sentido. Se habla del punto de vista como de una técnica narrativa, pero en el fondo es una ética. Cada uno mira desde el lugar en el que ha colocado el cuerpo, pero el cuerpo acaba revelando dónde se encuentra el alma. No piensa igual quien observa el mundo desde un ático que quien lo hace desde un sótano. No juzga igual quien habla desde el estrado que quien escucha desde el último banco. Decidir el emplazamiento de cámara equivale a una toma de conciencia.
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