Hay serios indicios de que cada vez más gente piensa menos y considera largo un vídeo de 30 segundos. Pero también evidencias de que se juega más al ajedrez o se utiliza (con gran respaldo científico) como herramienta educativa o gimnasio mental. Entre las celebridades que lo practican están Pedro Sánchez, Carlos Alcaraz, David Broncano y los futbolistas Erling Haaland y Unai Simón; sirve de inspiración para el deporte profesional (Pep Guardiola o Ernesto Valverde) o artística (Pérez-Reverte, Bogart, Kubrik, Forman…). Y al menos decenas de millones lo juegan cada mes por internet. ¿Por qué el ajedrez sigue fascinando 15 siglos después del inicio de su historia documentada?
Hay serios indicios de que cada vez más gente piensa menos y considera largo un vídeo de 30 segundos. Pero también evidencias de que se juega más al ajedrez o se utiliza (con gran respaldo científico) como herramienta educativa o gimnasio mental. Entre las celebridades que lo practican están Pedro Sánchez, Carlos Alcaraz, David Broncano y los futbolistas Erling Haaland y Unai Simón; sirve de inspiración para el deporte profesional (Pep Guardiola o Ernesto Valverde) o artística (Pérez-Reverte, Bogart, Kubrik, Forman…). Y al menos decenas de millones lo juegan cada mes por internet. ¿Por qué el ajedrez sigue fascinando 15 siglos después del inicio de su historia documentada? Seguir leyendo
Hay serios indicios de que cada vez más gente piensa menos y considera largo un vídeo de 30 segundos. Pero también evidencias de que se juega más al ajedrez o se utiliza (con gran respaldo científico) como herramienta educativa o gimnasio mental. Entre las celebridades que lo practican están Pedro Sánchez, Carlos Alcaraz, David Broncano y los futbolistas Erling Haaland y Unai Simón; sirve de inspiración para el deporte profesional (Pep Guardiola o Ernesto Valverde) o artística (Pérez-Reverte, Bogart, Kubrik, Forman…). Y al menos decenas de millones lo juegan cada mes por internet. ¿Por qué el ajedrez sigue fascinando 15 siglos después del inicio de su historia documentada?
“Esto tiene algo de hipnótico”. O bien: “Es como un imán”; “Aquí hay algo mágico”; “No sé jugar, pero este ambiente es cautivador”. Son algunas de las frases que se escucharon el 2 de mayo en el espacio cultural Matadero Madrid, que alojó el festival del cincuentenario de EL PAÍS, donde el ajedrez es la única columna que se ha publicado cada día durante 50 años. La gran maestra hispano-iraní Sara Khadem se enfrentó a 20 rivales en partidas simultáneas tras una entrevista con el autor de estas líneas. Después sólo se escuchaba una suave música de fondo, pero muchos espectadores se quedaron allá durante más de dos horas.
Irán (entonces Persia) fue precisamente el puente entre la India del siglo VI y la corte de Bagdad en el VII para que los árabes lo trajeran a al-Ándalus en el VIII y lo expandieran rápido al norte de la península Ibérica, como se apreció recientemente en la exposición Formas dormidas del Museo Nacional de Escultura en Valladolid. El rey Alfonso X el Sabio dejó muy claro que lo practicaban musulmanes, judíos y cristianos —hombres, mujeres y niños— en su impresionante Libro de axedrez, dados e tablas (1283). Casi dos siglos después (hacia 1475), y probablemente en Valencia, la dama se convirtió en la pieza más potente del tablero. Los españoles exportaron la versión moderna del ajedrez a América y gran parte de Europa mientras el clérigo extremeño Ruy López era reconocido como el primer campeón oficioso, patrocinado por Felipe II, a mediados del siglo XVI.
Casi cinco siglos más tarde, el mejor ajedrecista es inhumano, calcula millones de jugadas por segundo y funciona en un teléfono móvil. Sin embargo, el ajedrez como deporte sigue teniendo pleno sentido porque, en él, la belleza suele ser hija del error: uno de los jugadores comete un fallo, el otro lo castiga con brillantez y ambos han creado una obra de arte, como las 570 producidas por este periódico en los vídeos de El Rincón de los Inmortales, que se publican cada lunes.
Los torneos presenciales siguen aumentando —la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) cuenta con 203 países miembros, sólo superada por las de fútbol, atletismo y baloncesto—, pero más aún los telemáticos. La plataforma Chess.com declara más de 250 millones de cuentas de usuarios; si sólo contamos a quienes juegan al menos una vez al mes y añadimos otros portales importantes, como Lichess o Play Chess, la suma es de varias decenas de millones. Este fenómeno fue catapultado por la pandemia y el gran éxito de la serie Gambito de dama, a la que Netflix ha añadido otras dos en los últimos meses: La reina del ajedrez(sobre Judit Polgar, única mujer que ha estado entre los 10 mejores del mundo) y Jaque al rey(sobre la acusación de trampas, sin pruebas, de Magnus Carlsen contra Hans Niemann). No fue una moda pasajera porque los números crecen cada mes, y también aumenta la lista de celebridades de todo tipo que se acercan al ajedrez.
La primera clave es que una persona enganchada al ajedrez tiene casi la garantía de no aburrirse jamás en toda su vida. El número de partidas distintas posibles (un uno seguido de 123 ceros) es mayor que el de átomos en el universo conocido (un uno seguido de 80 ceros). Además, la lista de conexiones estrechas del ajedrez con diversos campos del conocimiento humano es muy larga: educación, inteligencia artificial, matemáticas, pedagogía, psicología, psiquiatría, neurología, cine, literatura, política internacional… Muy pocas actividades humanas cuentan con más de 1.500 años de historia documentada, lo que supone una mina de oro para los periodistas y divulgadores porque esos 15 siglos implican centenares de personajes de novela o película.

Veamos algunos ejemplos de temas de interés extraordinario en lo que puede llamarse cultura del ajedrez. Ha contribuido mucho al desarrollo de la inteligencia artificial, desde Alan Turing (1947) hasta el Premio Nobel de Química para Demis Hassabis (2024). Fue prohibido por la Inquisición, el Gobierno chino de los últimos años de Mao Zedong, el ayatolá Jomeini en Irán y —actualmente— por los talibanes en Afganistán. En números redondos, la proporción de jugadores en el mundo es de una mujer por cada 10 hombres. Es, junto a la música y las matemáticas, la actividad que produce más niños prodigio. Hay evidencia científica sólida de que desarrolla la inteligencia (tanto cognitiva como emocional) y retrasa el envejecimiento cerebral (y, por tanto, el alzhéimer). El excampeón Gari Kaspárov, exiliado en Nueva York, está muy arriba en la lista de asesinables de Vladímir Putin. Su encarnizado rival, Anatoli Kárpov, diputado por el partido de Putin, fue encontrado inconsciente en el suelo de una calle oscura poco después de oponerse públicamente a la invasión de Ucrania.
Casi 1.300 años después de que el ajedrez fuera una materia importante en la formación de los nobles andalusíes, España está en la vanguardia mundial de su introducción como herramienta educativa, gracias sobre todo a que el Congreso de los Diputados lo recomendó por unanimidad —algo rarísimo en el Parlamento español— el 11 de febrero de 2015. Y también en sus aplicaciones sociales y terapéuticas, especialmente en Extremadura: envejecimiento cerebral, cárceles, rehabilitación de toxicómanos, TDAH, espectro autista, síndrome de Down, etcétera. Y, desde 1988, tras el enorme eco del Mundial entre Kaspárov-Kárpov en Sevilla (13 millones de espectadores siguieron en directo por TVE la última partida), es el país con más torneos internacionales (varios cientos) cada año.
Es un panorama esperanzador, que contrasta mucho con la tontocracia generada por el mal uso de las redes sociales y ahora el ChatGPT y sus congéneres: millones de personas se limitan a copiar, pegar y enviar, sin aportar casi nada desde su cerebro, cuando su jefe o maestro les pide un trabajo, lo que cuestiona si el Homo sapiens seguirá mereciendo ese nombre. Goethe, uno de los sabios célebres más cultos que han existido, puso el listón muy alto: “El ajedrez es la piedra de toque del intelecto”. Pero un proverbio hindú nos recuerda que para disfrutarlo no hace falta ser un gran maestro: “El ajedrez es un mar donde un mosquito bebe y un elefante se baña”. Tal vez fue el alemán Siegbert Tarrasch, uno de los mejores jugadores de hace 100 años, quien más dio en el clavo: “El ajedrez, como el amor y la música, hace felices a quienes lo practican”.
EL PAÍS
