Frederick Wiseman, uno de los grandes del cine documental y creador fundamental para entender el éxito de ese género y la manera de rodarlo hoy en día, ha fallecido este lunes en Cambridge (Massachusetts) a los 96 años. Por su labor de análisis social y su retrato de los fallos en las instituciones estadounidenses, recibió el Oscar de Honor de 2016.
El cineasta, autor de medio centenar de filmes y Oscar de Honor en 2016, fue un creador profundamente humanista
Frederick Wiseman, uno de los grandes del cine documental y creador fundamental para entender el éxito de ese género y la manera de rodarlo hoy en día, ha fallecido este lunes en Cambridge (Massachusetts) a los 96 años. Por su labor de análisis social y su retrato de los fallos en las instituciones estadounidenses, recibió el Oscar de Honor de 2016.
El anuncio de su fallecimiento lo ha realizado su compañía Zipporah Films, que, en el comunicado en el que hacía pública su noticia, apuntaba: “Durante casi seis décadas, Frederick Wiseman creó un conjunto de obras incomparable, un amplio registro cinematográfico de las instituciones sociales contemporáneas y la experiencia humana cotidiana, principalmente en Estados Unidos y Francia”.
En persona, Wiseman definió su cine como “cine justo con la gente, por más que suene algo pomposo”. Y aseguraba: “Nunca he creído en la verdad. No intervengo en los sujetos de mis películas. Ni he filmado movido por una ideología preconcebida. Cualquiera que hable de la verdad es un ideólogo”. Wiseman llegó al cine justo cuando empezó a ser posible la sincronización de imagen y sonido, y el documental abandonaba el aburrido formato de imágenes acompañadas de un narrador en off que explicaba al público lo que estaba viendo.

Por eso, habitualmente rodaba con un equipo de tres personas: el cámara, un asistente y él mismo con la pértiga y el micrófono. E invertía, de media, unas 12 semanas de rodaje, para que la gente se acostumbrara a su presencia y alterar así lo menos posible lo retratado. Su ética artística se fundamentaba en la observación, en la invisibilidad del documentalista. En montaje construía de manera paciente cada película, y por ello dedicaba a esta labor un año. Incluso acabada esta labor, revisaba los descartes, por si se le había pasado algo. Buscaba así una estructura dramática para el material, no un arco narrativo, sino “ritmo y estructura, obligatorio en cualquier filme”.

En sus primeras décadas de carrera hubo una constante: su fijación por las instituciones públicas y su funcionamiento. Su labor no solía salir bien parada, no por Wiseman, sino por los rincones oscuros del sistema. “Nunca he hecho nada crítico a secas con el estilo de vida de mi país. La prueba de la grandeza democrática de América es que he rodado filmes que pudieron acabar conmigo en la cárcel y, en cambio, me han convertido en alguien que, si bien no gana demasiado dinero haciendo cine, se lo monta bien hablando de cine”. Por su cámara pasaron hospitales, institutos, clubs de cabaret, departamentos de policía, el Ballet de la Ópera de París, la National Gallery británica, el barrio neoyorquino de Jackson Heights, la Biblioteca Pública de Nueva York, la industria cárnica del Medio Oeste estadounidense, el Ayuntamiento de Boston, neoyorquino Central Park o un gimnasio. “Muchos de los documentales que veo me parecen condescendientes con el espectador. Yo parto de la base de que quien ve mis películas es igual de listo o tonto que yo”. Casi todos esos documentales los pagaban las mismas instituciones retratadas; otra cosa era la independencia de la mirada de Wiseman.
Profesor de Derecho convertido en cineasta por puro aburrimiento, Wiseman prácticamente realizaba un documental al año desde el primero, el controvertido Titicut Follies (1967), que mostró las brutalidades del Hospital Estatal de Bridgewater para Criminales Dementes. Las autoridades de Massachusetts lo demandaron y un juez paralizó su exhibición pública durante 22 años. Con todo, nadie pudo parar otros filmes como La ley y el orden (1969), High School (1969), Hospital (1970), Tribunal de menores (1973), Welfare (1975) o Vivienda pública (1997).

Cada una de sus películas es intrínsecamente de Wiseman. Un ejemplo: en National Gallery (2014) se puede ver una protesta de Greenpeace contra el patrocinador de un evento en el museo. “La vida de fuera entra en el museo, como sus visitantes. Eso nunca se me olvida”, contaba en su estreno. Y en la primera secuencia, un guía muestra una naturaleza muerta de un maestro holandés y señala que la clase de langosta que aparece retratada ya no existe. Curiosa metáfora sobre el arte efímero que es el cine, que captura momentos irrepetibles. “Bueno, no lo había pensado, pero parece casi un guiño a mi carrera, ¿verdad? Con mi trabajo dejo constancia de un tiempo y un lugar”.
Aparte estaba su ideología. En la presentación en el festival de Venecia de In Jackson Heights, contó a EL PAÍS: “No me haga hablar de Donald Trump. Es solo un payaso. Este es un país de inmigrantes. No me atrevo a generalizar, pero observo que, a finales del siglo XIX, toda la riqueza seguía en manos de los descendientes de ingleses. Un siglo más tarde, el poder y la fortuna se han extendido a un grupo bastante más diverso”. Pese a todo, no se atrevía a pronunciar la palabra progreso. “Digamos que a algunas personas les va mejor”.

Algunas de sus películas exploraron temas de salud y mortalidad, entre ellas Deaf (1986), Blind (1987), Multi-Handicapped (1986) y Near Death (1989). De las últimas décadas destacan The Garden (2005), La danza (2009), At Berkeley (2013), National Gallery (2014), In Jackson Heights (2015), Ex Libris (2017), City Hall (2020) y El gran menú, su último documental, el 50º, que se estrenó en el festival de Venecia en 2023, y que retrata el restaurante Troisgros, con tres estrellas Michelin desde hace medio siglo.
En el siglo XXI compaginó su vida entre Cambridge (Massachusetts) y París, y pasó el confinamiento en el suroeste francés. Y logró una enorme popularidad. No importaba lo largos que fueran sus filmes (de media, tres horas), porque en ninguno había una secuencia aburrida. A pesar de su edad, viajaba habitualmente a los festivales, para de paso lograr financiación para nuevos proyectos, convertido en ídolo de nuevas generaciones de documentalistas en las antípodas del estilo Michael Moore. Dueño de un rostro espectacular, que parecía albergar los valles del Oeste americano, se mantenía en forma, haciendo pesas todos los días: “El cine es un deporte, hay que estar en forma”.
En su discurso de aceptación del Oscar de Honor, explicó: “Lo que me mantiene en marcha es la diversión y la aventura. Trabajar constantemente también me mantiene alejado de las calles, o al menos en las calles que me gustan”.
Feed MRSS-S Noticias
