Una larga enfermedad iniciada con el ictus apoplético que le sobrevino hace justo siete años y que le obligó a retirarse de los escenarios, ha desencadenado el adiós definitivo al personaje más popular de la historia contemporánea del flamenco. José Domínguez Muñoz (Aznalcóllar, 1944 – Bormujos, 2026), conocido con el remoquete de El Cabrero, ha muerto este miércoles en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, centro donde, después de una larga enfermedad, se encontraba ingresado a la espera de que se le realizase un TAC por una mancha que se le había detectado en el pulmón.
Retirado desde hace siete años por problemas de salud, su fallecimiento supone el adiós definitivo al artista que, con sus letras incendiarias, cantó las verdades del pueblo llano
Una larga enfermedad iniciada con el ictus apoplético que le sobrevino hace justo siete años y que le obligó a retirarse de los escenarios, ha desencadenado el adiós definitivo al personaje más popular de la historia contemporánea del flamenco. José Domínguez Muñoz (Aznalcóllar, 1944 – Bormujos, 2026), conocido con el remoquete de El Cabrero, ha muerto este miércoles en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, centro donde, después de una larga enfermedad, se encontraba ingresado a la espera de que se le realizase un TAC por una mancha que se le había detectado en el pulmón.
A las siete de la mañana le sobrevino la muerte, justo al hombre que le había cantado a la vida y a la lucha por la libertad de los demás. Contaba con 81 años de edad y estaba retirado de los escenarios desde hacía siete años quedando, empero, en el recuerdo y la memoria de sus incontables seguidores como el cantaor más contratado de su tiempo, dado que provocaba el delirio entre unos aficionados que, paradójicamente, peregrinaban desde los puntos más distantes de la geografía española y resto de Europa a fin de encontrar en la voz de El Cabrero el santuario de sus devociones sonoras.
La capilla ardiente quedará instalada en el Teatro Municipal de Aznalcóllar, a fin de que puedan despedirlo los amigos, compañeros y seguidores, para al día siguiente ser incinerado ante la privacidad familiar de su mujer, Elena Bermúdez, hijos y nietos, entre el que se encuentra el cantaor El Crespo Zapata., legatario del argumentario sonoro del padre.
Si hay iconos en el flamenco que son indisolubles, es decir, que no se pueden separar sin alterar su función divulgativa, esos son el cante sin artificio y el cantaor José Domínguez Muñoz, El Cabrero, en quien la afición descubrió hace años que mientras algunos tropezaban con un muro de silencios, el de Aznalcóllar rompía los tabiques de la hondura a base de entrega, profesionalidad y desobediencia ante lo establecido.
Y lo hacía ajustando las melodías al cordaje de la guitarra, en tanto abordaba los tientos, mariana, farruca, romance, liviana, toná-liviana, serrana, malagueña, jabera o rondeña, bien templándose por martinete, soleá, caña, bambera o bulerías por soleá; sangrándose en los tercios de una seguiriya imposible, o, entre otros como los cantes mineros, trilla, zambra o cuplés, imponiendo su verdad en los fandangos, con variantes siempre apoyadas en un severo matiz de rebeldía.
Estamos, pues, ante un cantaor largo y autor de letras de oro con las que ha protagonizado uno de los capítulos más indomable del flamenco contemporáneo. Su última actuación fue el 21 de febrero de 2020 en la jornada inaugural del XXIV Festival de Jerez. Fue su despedida de los escenarios.
El flamenco no le dijimos adiós, pero sí un hasta luego al cantaor más solicitado allende nuestras fronteras y uno de los más lúcidos y sinceros para comunicar su visión de la realidad andaluza, una voz que presenta una trayectoria jalonada por la ortodoxia en las formas, el rigor en la expresión y la coherencia en los contenidos, sin olvidar que son su reconocimiento a los maestros históricos y la reactualización de sus mensajes, los que abonan la actitud formal de quien estuvo comprometido con su tiempo.
Esto explica que tanto el tejido asociativo como los cabales no desdeñaron encontrar en él al cantaor profundo que une su sed de justicia con la esperanza resplandeciente de hallar un día caridad para la tierra. Por ello El Cabrero ha sido para la juventud y sus seguidores bastante más que un consuelo, aunque nunca remedio de sus males. Y esta es una razón más para creer en él.
La otra es que El Cabrero ha sido/es un andaluz que, después de abrazar la gloria en los más insólitos lugares del mundo, ha permanecido siempre impertérrito y fiel a su ideario, de ahí que los públicos más diversos reclamaran su presencia cuantos años seguidos fuesen menester. Y todo porque la gran lección de José Domínguez es que el ser humano no nace libre, se vuelve libre. Por eso su patria es la libertad. Y así se mostró a lo largo de su vida quien se dedicó desde la infancia al cuidado de las cabras, después de nacer en la localidad sevillana de Aznalcóllar el 19 de octubre de 1944 en la localidad sevillana de Aznalcóllar.
El 15 de febrero de 1972 debutó con miembro de La Cuadra, de Sevilla, donde en su gira por Europa conocería a su mujer, Elena Bermúdez, dando en marzo de 1973 su primer concierto en solitario en el Théatre de l’Atelier, de Ginebra.
A partir de ahí se propuso demostrar al mundo que él es un hombre de campo y amigo de los cantes, más que un cantaor al uso. Fue entonces que fichó por el sello Belter y grabó Así canta El Cabrero, obra que le permitió una estrecha amistad con el poeta José Carrasco Domínguez, comenzando así a participar en los festivales flamencos de la canícula, iniciando así una labor discográfica a la que seguiría tres nuevos LP, tal que A esta tierra que es mi madre, Tierras duras y A paso lento.
Pues bien, el parto con Belter fue fructífero, ya que con ellos grabó en seis ocasiones, en tanto que de su amor por Elena nacieron Joselito, Amanda y Emiliano (el actual Crespo Zapata), tres hijos que pueden sentirse orgullosos de tener por padres a dos luchadores de la libertad y de la decencia flamenca, como se constata en sus siguientes obras, A mí me llaman Cabrero y Luz de Luna.
Tras pasar por el IX Concurso Nacional de Córdoba, donde obtuvo el 17 de mayo de 1980 los Premios Nacionales Mercé la Serneta (soleá) y Manuel Reyes el Canario (malagueña), El Cabrero creció en popularidad en una época en que se inicia, a qué engañarnos, una fuerte campaña contra él. Lo quisieron quitar de la vida y del cante.
Unos, por la batalla que le plantó a quienes se adueñaron de las veredas o servidumbre de paso, y otros, porque no podían permitir la libertad de expresión en un sistema democrático, al punto que para joderlo llegaron a decir de todo: que si no tenía cabras, que lo que tenía era una finca de olivos, que si patatín que si patatán, que incluso era millonario… Pero nadie dijo jamás el ejercicio de solidaridad que siempre tuvo con sus compañeros o la de veces que donaba íntegramente su caché (600.000 pesetas de las de entonces) en los festivales que antaño se hacían a beneficio de la Institución para la Tercera Edad de los Artistas Flamencos (ITEAF). No, eso no interesaba. Para destruirlo lo que importaba era la manipulación y el amarillismo informativo.
Reseñado asunto tan vomitivo, El Cabrero prosigue con su obra y graba dos discos, Dale Alas… (1ª parte Antología del Fandango de Huelva) y Que corra de boca en boca, a los que le seguiría Le sigo cantando a Huelva (2ª parte Antología del Fandango de Huelva), sin ocultar nunca su admiración por su amigo y maestro Paco Toronjo.
En los años 80 copa la máxima atención junto a figuras como La Paquera, Fernanda y Bernarda, Fosforito, El Lebrijano o Camarón de la Isla, y el 23 de junio de 1988 presentaría Encina y Cobre, con la guitarra de Paco del Gastor (Senador, 1988), y rueda la película El Cabrero. El cante de la Sierra, que obtendría el Premio Especial del Festival de Montreux, sin que cesaran sus grabaciones, como Por la huella del fandango (1ª parte Antología del fandango natural) (1989) y De la Cuadra a la Carbonería (1991).
A los que antecede sumamos los Mano a mano que sostuvo con Paco Toronjo y El Lebrijano en 1993. Un año a retener, ya que el 27 de agosto de 1993, El Cabrero se erige en representante de España en los conciertos de Músicas de Mundo por los EEUU, una gira organizada por el cantante Peter Gabriel y compartiendo cartel escenario con artistas de la talla de Lenny Kravitz, Ziggy Marley, John Trudell, Chick Corea, Gilberto Gil o Taraf de Haidouks, entre otros.
En julio de 1994 se presenta Paris 94. El Cabrero en directo, con la guitarra de Paco del Gastor, y el 25 de noviembre, después de diez años sin cantar en Sevilla a instancias de una institución pública, sienta cátedra en la Universidad de Sevilla.
Aborda, igualmente, Como el viento de Poniente (1996), así como Sin remache, un disco de tango argentino que sorprendió a todos, para continuar con Un diálogo sin artificios (1998), incorporar a la guitarra de Manuel de Palma en 2000, y principiar con los sustos cuando el 22 de marzo de 2003, de regreso de París para una gira por Cataluña, es ingresado en Barcelona por mor de haber contraído fiebres maltas, pero nuestro cantaor sale de este escollo y se incorpora a sus recitales secundado desde 2007 con Rafael Rodríguez Cabeza, siendo su última escolta el guitarrista Manuel Herrera.
Y sí hasta su retirada. Mas el mundo de la cultura flamenca no despide hoy, pues, a un cantaor más. Da su último adiós a un hombre comprometido con su cultura y un andaluz no atado a nadie más que a la responsabilidad del género que representaba, y sólo encadenado a la libertad para expresarlo.
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