Marc Bloch y el heroísmo de la razón

En la sala número 13 del templo de la memoria republicana que es el Panteón, junto al comunista armenio Missak Manouchian y sus camaradas de lucha y la bailarina y resistente Josephine Baker, desde la tarde del martes reposan también los restos de Marc Bloch y su esposa. Bloch es un símbolo de la democracia y fue víctima del totalitarismo. Al anochecer del 16 de junio de 1944, junto a un grupo del que formaban parte un ferroviario, un carpintero o un sindicalista entre otros, Bloch, que había sufrido tortura tras su detención, fue asesinado por los nazis. Al cabo de ochenta años, la panteonización de este luchador en la Gran Guerra, medievalista, resistente y judío depurado por las leyes antisemitas del colaboracionismo de Vichy, es un nuevo acto de afirmación que ha permitido a la República reivindicar, con nostálgica solemnidad en tiempos de creciente oscuridad, la tradición sobre la que se fundamenta el Estado que surgió con la esperanza de la Ilustración. Por ella, a conciencia, murió este intelectual que fue crítico con su país cuando era necesario y que se comprometió con Francia cuando se necesitaban hombres en el frente para defender los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Nadie encarna mejor el heroísmo de la razón, para usar la expresión que Jorge Semprún eligió para él.

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 En la sala número 13 del templo de la memoria republicana que es el Panteón, junto al comunista armenio Missak Manouchian y sus camaradas de lucha y la bailarina y resistente Josephine Baker, desde la tarde del martes reposan también los restos de Marc Bloch y su esposa. Bloch es un símbolo de la democracia y fue víctima del totalitarismo. Al anochecer del 16 de junio de 1944, junto a un grupo del que formaban parte un ferroviario, un carpintero o un sindicalista entre otros, Bloch, que había sufrido tortura tras su detención, fue asesinado por los nazis. Al cabo de ochenta años, la panteonización de este luchador en la Gran Guerra, medievalista, resistente y judío depurado por las leyes antisemitas del colaboracionismo de Vichy, es un nuevo acto de afirmación que ha permitido a la República reivindicar, con nostálgica solemnidad en tiempos de creciente oscuridad, la tradición sobre la que se fundamenta el Estado que surgió con la esperanza de la Ilustración. Por ella, a conciencia, murió este intelectual que fue crítico con su país cuando era necesario y que se comprometió con Francia cuando se necesitaban hombres en el frente para defender los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Nadie encarna mejor el heroísmo de la razón, para usar la expresión que Jorge Semprún eligió para él. Seguir leyendo  

En la sala número 13 del templo de la memoria republicana que es el Panteón, junto al comunista armenio Missak Manouchian y sus camaradas de lucha y la bailarina y resistente Josephine Baker, desde la tarde del martes reposan también los restos de Marc Bloch y su esposa. Bloch es un símbolo de la democracia y fue víctima del totalitarismo. Al anochecer del 16 de junio de 1944, junto a un grupo del que formaban parte un ferroviario, un carpintero o un sindicalista entre otros, Bloch, que había sufrido tortura tras su detención, fue asesinado por los nazis. Al cabo de ochenta años, la panteonización de este luchador en la Gran Guerra, medievalista, resistente y judío depurado por las leyes antisemitas del colaboracionismo de Vichy, es un nuevo acto de afirmación que ha permitido a la República reivindicar, con nostálgica solemnidad en tiempos de creciente oscuridad, la tradición sobre la que se fundamenta el Estado que surgió con la esperanza de la Ilustración. Por ella, a conciencia, murió este intelectual que fue crítico con su país cuando era necesario y que se comprometió con Francia cuando se necesitaban hombres en el frente para defender los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Nadie encarna mejor el heroísmo de la razón, para usar la expresión que Jorge Semprún eligió para él.

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