Hay filmografías a las que las define una sola mirada. Pongamos, por ejemplo, Víctor Erice, el director cuyo cine, en definición de Ángel Fernández-Santos, era capaz de «mirar detrás de los ojos». En El espíritu de la colmena, la niña Ana Torrent, vestida con su personaje de Ana, mira la pantalla en la que se proyecta Frankenstein y abre los ojos. Lo correcto sería decir que los abre aún más; los abre hasta que la pupila se pierde en una auténtico océano de curiosidad que también es sorpresa; los abre hasta lograr que la mirada del espectador naufrague en ellos; los abre y la realidad se ahoga literalmente en la ficción que le da sentido; los abre y las dos anas, el personaje y la niña, se miran de frente con entusiasmo, pero con recelo también; los abre y el cine, todo él, destruye cartografías, inventa continentes y descubre su más íntimo silencio, que también es su verdad. Fue una mirada que justificó un universo y, ya puestos, una filmografía entera.
El director japonés adapta por tercera vez un manga para insistir en su cine pausado e íntimo de emociones panorámicas
Hay filmografías a las que las define una sola mirada. Pongamos, por ejemplo, Víctor Erice, el director cuyo cine, en definición de Ángel Fernández-Santos, era capaz de «mirar detrás de los ojos». En El espíritu de la colmena, la niña Ana Torrent, vestida con su personaje de Ana, mira la pantalla en la que se proyecta Frankenstein y abre los ojos. Lo correcto sería decir que los abre aún más; los abre hasta que la pupila se pierde en una auténtico océano de curiosidad que también es sorpresa; los abre hasta lograr que la mirada del espectador naufrague en ellos; los abre y la realidad se ahoga literalmente en la ficción que le da sentido; los abre y las dos anas, el personaje y la niña, se miran de frente con entusiasmo, pero con recelo también; los abre y el cine, todo él, destruye cartografías, inventa continentes y descubre su más íntimo silencio, que también es su verdad. Fue una mirada que justificó un universo y, ya puestos, una filmografía entera.
Hace tiempo que el japonés Koreeda vive empeñado, lo sepa él o no, en repetir ese mismo instante de Erice en el que el cine se mira a sí mismo detrás de los ojos. Quizá por eso la proclividad del director japonés a, de tanto en tanto, adaptar mangas, es decir, esas historias dibujadas con los ojos de sus personajes abiertos de par en par. Lo hizo en Air Doll (2009), en Nuestra hermana pequeña (2015) y hasta en la serie para televisión Makanai: La cocinera de las maiko (2023). Ahora en Look Back, recién presentada en Venecia, lo vuelve a hacer. La diferencia es que el material del que parte es, nada más y nada menos, que Look Back, de Tatsuki Fujimoto, es decir, del creador de la celebérrima serie Chainsaw Man. Si no les suena, tampoco importa tanto. Somos muchos los que estamos fuera de este mundo. Es decir, la presión y el riesgo es mayor por la sencilla razón de que esta historia, que ya tuvo una bellísima versión animada en 2024, ya forma parte de las retinas de muchos más de lo que alguien (da lo mismo quién) podría imaginar un lunes de septiembre cualquiera a media tarde.
Look Back insiste en ese territorio en el que se ha hecho fuerte su director desde Nadie sabe (2004) a Kakeru (presentada en el Festival de Cannes pasado) pasando por Still Walking (2008), Milagro (2011), De tal padre, tal hijo (2013) o Monstruo (2023). Se trata de un espacio poblado de retinas infantiles que se miran y nos miran, siempre a la búsqueda de ese extraño lugar más allá de la propia mirada donde la conciencia se contempla a sí misma. Es decir, donde se mira detrás de los ojos. Se cuenta la historia de dos amigas unidas por la pasión común por el dibujo, por, en efecto, el manga. Una es toda ímpetu, inventiva y talento puro y expansivo. La otra, que se encarga de los fondos de los dibujos, que no de los personajes, deposita todo su esfuerzo e inabarcable imaginación en algo tan tenue y ensordecer como el propio silencio. Y así. La obra original era, así, un manga sobre el manga, y ahora, en consecuencia, se trata de una cinta sobre el manga que dibuja manga. De otro modo, si se hace un escalado de ojos muy, pero que muy abiertos, el resultado se acerca al infinito. A eso o al desprendimiento de retina, según se mire.
Look Back, en su sencillez tan cerca de lo primario (que no ingenuo) resulta sencillamente arrolladora. Koreeda tiene claro cuál es su mayor preocupación y ésta no es otra que emoción pura libre de mensajes, moralejas y hasta narrativas. Lo que cuenta es la sucesión ininterrumpida de miradas detenidas en el papel en blanco todo él lleno de, otra vez, miradas. El drama, que lo hay, estalla en un momento dado, pero lo hace casi por equivocación. En verdad, la dramaturgia, el desarrollo o la trama (como se quiera) no importa tanto como el retrato de una amistad fuera del tiempo y el espacio. O, mejor, detenida en cada uno de los instantes eternos de la página de un manga.
Bien es cierto que esa búsqueda tan esencial por el gesto sin mancha, por el sentimiento libre de ataduras, no siempre juega a favor. Se podría decir incluso que es virtud y penitencia a la vez. El desarrollo hacia la tragedia del relato se entiende mal o casi nada. Digamos que la delicadeza del espíritu o la propuesta se ve interrumpida por la urgencia con la que película, llegados a un momento dado, busca y desea impresionar. Y eso es malo. Entusiasma eso sí el finísimo trabajo de sonido en un cineasta esencialmente honesto y alérgico a trucos siempre volcado en mostrar más que ocultar. El ruido del lápiz y las plumas sobre el papel se va complicando poco a poco a medida que avanza la película hasta transformarse en la auténtica música de (atentos) la emoción. De repente, es la sinfonía rallada (que no callada) del grafito y la tinta la que delimita el tamaño exacto de la mirada, una mirada que se mira, unos ojos que pelean por mirar detrás de los ojos mismos. Tal cual.
Así las cosas, el resultado es una película que nos devuelve al Koreeda que habíamos perdido en la citada Kakeru; al Koreeda que regresa a esa corriente subterránea que lo atraviesa desde Nadie sabe. Pero un Koreeda que, en su virtuosismo koreediano (digámoslo así), se antoja a algo de distancia de su mejor y más pura versión lejos de efectimo alguno.
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