Lea Ypi, escritora: “Los dos grandes problemas del siglo XXI son el capitalismo y el estado-nación”

Creció en la Albania comunista que dominó con puño de hierro Enver Hoxha. A los 18 años se fue y se formó primero en Italia y luego en Oxford; hoy imparte clases en la London School of Economics. Lea Ypi (Tirana, Albania, 45 años) está especializada en marxismo y teoría crítica, y ha escrito con contundencia sobre las fallas y fallos del sistema capitalista en sus textos, tres de ellos traducidos recientemente en Fronteras de clase (Anagrama).

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 La politóloga albanesa, autora de ‘Libre’, investiga y recrea en ‘Indignidad’ la historia de sus abuelos represaliados por el régimen de Enver Hoxha  

Creció en la Albania comunista que dominó con puño de hierro Enver Hoxha. A los 18 años se fue y se formó primero en Italia y luego en Oxford; hoy imparte clases en la London School of Economics. Lea Ypi (Tirana, Albania, 44 años) está especializada en marxismo y teoría crítica, y ha escrito con contundencia sobre las fallas y fallos del sistema capitalista en sus textos, tres de ellos traducidos recientemente en Fronteras de clase (Anagrama).

En su primer libro, Libre, la politóloga albanesa buceó en sus recuerdos de infancia para contar su historia en una suerte de novela-ensayo que la lanzó a la fama. Traducido a más de 30 idiomas, en las reacciones a aquel libro está el germen de Indignidad, cuya traducción acaba de llegar a las librerías. Ypi procede de una familia cosmopolita que fue duramente represaliada por el régimen comunista: su abuelo paterno, compañero de Hoxha en sus años de estudiante en París, fue condenado a 20 años en un campo de trabajo, y su abuela fue forzada a dejar su apartamento en Tirana, que fue requisado, y a trabajar en una cooperativa agraria donde crio a su único hijo, el padre de Ypi.

En Indignidad se mezcla parte del material que encontró en archivos con la recreación novelada de la infancia de su abuela en Salónica y su llegada a Albania. Tanto en la historia documental como en la imaginada, resuenan las reflexiones sobre el significado de la memoria, y la dignidad a nivel individual y colectivo, en lo general y en lo concreto. “Todos los documentos citados existen y solo algunos personajes son la suma de varias historias, pero no hay hechos inventados”, aclara en su despacho de la LSE en Londres, donde se celebra la entrevista ayer lunes por la tarde.

Pregunta. ¿En Indignidad siente que escribe como investigadora o como descendiente de su familia?

Respuesta. Más como investigadora. No quería contar la historia de mi abuela, sino la de una mujer que vivió en su mismo tiempo y tuvo que hacer frente a todo lo que ocurrió. No quería que fuera solo la persona que yo conocí; he tratado de combinar historia y literatura. Eso te permite reflexionar sobre las fuerzas y tendencias de la historia, cosas que quedan fuera de los archivos.

P. Al principio de Indignidad cita una crítica que le hicieron en las redes sociales donde la acusaban de atacar el capitalismo y beneficiarse del propio sistema al hacerlo, olvidando a su abuelo represaliado por los comunistas. ¿Es este libro una manera de ampliar la explicación que arrancó con Libre,de defender su postura marxista a pesar de haber crecido en el régimen de Hoxha?

R. Sí, absolutamente. Una de las cosas que me frustró de la recepción de Libre es que se daba por hecho que, si creciste en la Albania comunista, no podías ser crítica con el capitalismo. No casaba. Pero, sin ir más lejos, mi abuelo era socialdemócrata, y cuando salió de prisión era crítico también con el sistema capitalista. Tanto en su caso como en el de mi abuela, la cuestión pasó a ser entonces quién define el legado de quienes ya no están.

P. ¿Las opiniones que expresa su abuela sobre Albania contienen sus propias reservas hacia el país?

R. Más bien es una reconstrucción precisa de la perspectiva de gente que visitó Albania en esos años, como Joseph Roth: esas ciudades que no acababan de serlo, un país que nacía del hundimiento del imperio otomano que intentaba modernizarse a su manera. Mientras trabajaba en el libro vi que, tanto en la historia de Albania como en la de Europa, hay muchos patrones que se repiten. Lees sobre los años veinte y treinta, pero encuentras cosas que parecen hablar del presente. Están las migraciones y el auge del nacionalismo y la guerra.

P. En el libro expresa una crítica clara al papel que jugó Gran Bretaña en el destino de Albania.

R. Eso sale de lo que encontré en los archivos. Porque a la hora de entender lo que le pasó a mi abuelo, su contacto con los agentes británicos fue determinante para que acabara encarcelado.

P. Parece bastante azaroso que su abuela acabara en Albania, o su abuelo. Ninguno de los dos creció allí.

R. Sí y no. Había estos grandes movimientos de población en esos años al redefinirse las fronteras y surgía la cuestión de la pertenencia. Había una presión para responder a la cuestión de dónde soy, y a menudo pesaba la lengua o el lugar del que procedía la familia originalmente. Él nació en lo que hoy es Macedonia y ella en Grecia.

P. Plantea muchas definiciones del concepto de dignidad y se pregunta si es algo que sobrevive a las personas. ¿Tiene una respuesta?

R. La conclusión a la que llego es que puedes reconstruir la dignidad de una persona con la literatura, porque te permite incorporar distintos puntos de vista y posturas. Y en gran parte del libro, la dignidad de la que hablo, tiene que ver con una lectura correcta del pasado y eso significa que apela al presente.

P. ¿En qué medida Indignidad le ha ayudado a reconciliar opuestos?

R. Es un proceso que sigue abierto, pero me ha ayudado a comprender por qué los comunistas llegaron al poder en Albania y el régimen tenía determinadas características, o cómo mis creencias están relacionadas con mi abuelo. Me ha ayudado a aclarar algunas conexiones personales y biográficas y también algunos de mis compromisos filosóficos, pero no he tenido una sensación de cierre.

P. Escribe que nunca se ha sentido víctima. ¿Hay algo de rebeldía en esta renuncia al rencor?

R. Sí, pero hay también otra cosa, y es que siento que la gente a menudo usa la victimización para obtener ciertas ventajas. Yo no fui personalmente perseguida y siento que si dijera que lo fui, porque mi abuela padeció, eso conlleva una cierta indignidad, una ofensa a ella y a su sufrimiento, porque se difumina la línea entre la verdadera víctima y quien usa el estatus de víctima.

P. ¿Las injusticias del pasado no deben ser abordadas?

R. La injusticia histórica creo que solo importa y solo es vigente cuando afecta y continúa en el presente. Cuando no es el caso, ya no se trata de injusticia, sino simplemente de historia. Hay un gran debate filosófico en torno a esto y muchos piensan que la injusticia histórica no tiene por qué estar conectada con la injusticia en el tiempo presente.

P. ¿En qué sentido?

R. Muchos piensan que las injusticias del pasado se pueden resolver con información sobre quién hizo qué, pero lo cierto es que necesitas saber por qué y no tanto quién. El individuo no es tan importante.

P. Una de las personas que consulta en su investigación le pregunta si está desesperada por encontrar buenos comunistas.

R. La persona que me lo dice, como muchos albaneses, considera que todos los comunistas fueron horribles y los anticomunistas maravillosos. Lo que he intentado en mi libro es encontrar los matices. Incluso el nazi que aparece es capaz de un gesto de humanidad al final. He querido resistirme al blanco y negro, que es algo dominante en las sociedades que han padecido un trauma.

P. La dignidad, dice un imaginario Hoxha a su abuelo, es un privilegio, un lujo.

R. Sí, esa es la visión reduccionista de la moralidad de algunos marxistas, que lo ven como una forma de poder. No estoy de acuerdo.

P. En su ensayo Fronteras de clase afirma que el capitalismo debe ser derribado.

R. Los dos grandes problemas del siglo XXI son el capitalismo y el estado-nación, esto es lo que está provocando las fricciones que vivimos. Tienes que ser radical en la crítica aunque solo busques la reforma. Hay que ser críticos con el comunismo y con el capitalismo.

P. ¿Hay un arrojo o falta de nostalgia en los pensadores del Este que vieron colapsar el mundo en el que crecieron?

R. Vimos caer un sistema, y algunos piensan que puede cambiar otra vez. Yo no soy ingenua, pero pienso que, aunque quieras conservar el capitalismo, tienes que desear que caiga. En los sesenta y setenta, las fuerzas que impulsaron el estado de bienestar no eran capitalistas. Los movimientos que combatían el sistema lograron hacerlo un poco mejor.

P. ¿Cómo articula su crítica al comunismo?

R. El gran fracaso fue la falta de democracia, que no hubiera elecciones libres, ni libertad de expresión, ni prensa libre, ni derecho de asociación. Si no tienes democracia, no tienes legitimidad.

P. Al final de Indignidad habla de lecciones. ¿Cuáles ha querido trasladar?

R. Las vidas de gente de mis abuelos, comprometidos con la ilustración progresista, y sus esfuerzos no tienen ningún significado si las siguientes generaciones no los tienen en cuenta.

La publicación de Indignidad en ningún caso ha puesto final a la historia. Ypi encontró la foto con la que arrancó este libro cuando ya estaba publicado: un retrato de la luna de miel de sus abuelos, guapos y glamurosos, en Cortina D’Ampezzo en 1941 mientras la guerra arreciaba en el Viejo Continente. También los descendientes de uno de los espías británicos que mantuvo contacto con su abuelo la ha escrito. Su investigación en los archivos dará para mucho más.

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