Cuando el dúo fotográfico Lake Verea descubrió en 2005 las fotografías que Lola Álvarez Bravo dedicó a la obra de Luis Barragán, quedaron cautivadas. Los edificios lucían “heroicos“ y la ciudad adquiría “un aspecto ultramoderno”. “No había árboles ni vehículos, tan solo una visión ideal de la arquitectura sin obstáculos”, recuerdan. Aquello fue el inicio de una fascinación que las llevo a un acercamiento muy distinto a la obra del arquitecto mexicano, y a sus espacios privados, donde la fotografía, lejos de limitarse a registrar, se expande, vibra, y cuestiona para conversar íntimamente con la memoria y los espacios arquitectónicos.
Cuando el dúo fotográfico Lake Verea descubrió en 2005 las fotografías que Lola Álvarez Bravo dedicó a la obra de Luis Barragán, quedaron cautivadas. Los edificios lucían “heroicos“ y la ciudad adquiría “un aspecto ultramoderno”. “No había árboles ni vehículos, tan solo una visión ideal de la arquitectura sin obstáculos”, recuerdan. Aquello fue el inicio de una fascinación que las llevo a un acercamiento muy distinto a la obra del arquitecto mexicano, y a sus espacios privados, donde la fotografía, lejos de limitarse a registrar, se expande, vibra, y cuestiona para conversar íntimamente con la memoria y los espacios arquitectónicos. Seguir leyendo
Cuando el dúo fotográfico Lake Verea descubrió en 2005 las fotografías que Lola Álvarez Bravo dedicó a la obra de Luis Barragán, quedaron cautivadas. Los edificios lucían “heroicos“ y la ciudad adquiría “un aspecto ultramoderno”. “No había árboles ni vehículos, tan solo una visión ideal de la arquitectura sin obstáculos”, recuerdan. Aquello fue el inicio de una fascinación que las llevo a un acercamiento muy distinto a la obra del arquitecto mexicano, y a sus espacios privados, donde la fotografía, lejos de limitarse a registrar, se expande, vibra, y cuestiona para conversar íntimamente con la memoria y los espacios arquitectónicos.
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