La venerable tradición de la Gewandhaus de Leipzig pone la guinda a la Quincena

El barítono Christian Gerhaher durante ‘Un réquiem alemán’ de Brahms junto a Andris Nelsons y la Gewandhaus, el pasado 29 de agosto en el Kursaal de San Sebastián
Crédito: Quincena Musical-Iñigo Ibáñez

Johannes Brahms no comenzó con buen pie en la Gewandhaus de Leipzig. En 1859, su Primer concierto para piano fue abucheado por el público, y en 1869 la crítica destrozó el estreno de la versión definitiva de Un réquiem alemán, que calificó como “a medio camino entre lo atractivo y lo repulsivo, entre la sencillez y la extravagancia”. Todo cambió cuatro años después, cuando este oratorio fúnebre, basado en versículos de la Biblia traducida al alemán por Lutero, fue programado en tres ocasiones y celebrado con entusiasmo. “Me horroriza saber a qué pruebas se ven sometidos mis amigos de Leipzig al escuchar con tanta frecuencia mi réquiem”, ironizó en una carta el compositor.

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Vista general del escenario del Kursaal durante ‘Un réquiem alemán’ de Brahms con Andris Nelsons, la Gewandhaus y el Orfeón Donostiarra, el pasado 29 de agosto en San Sebastián
Crédito: Quincena Musical-Iñigo IbáñezIsabelle Faust con Andris Nelsons y la Gewandhaus tocando el ‘Concierto para violín’ de Dvorak, el 28 de agosto en San Sebastián
Crédito: Quincena Musical-Iñigo Ibáñez El debut de la prestigiosa orquesta alemana corona la 86ª edición de la cita musical donostiarra con el director Andris Nelsons, el barítono Christian Gerhaher y un sobresaliente Orfeón Donostiarra  

Johannes Brahms no comenzó con buen pie en la Gewandhaus de Leipzig. En 1859, su Primer concierto para piano fue abucheado por el público, y en 1869 la crítica destrozó el estreno de la versión definitiva de Un réquiem alemán, que calificó como “a medio camino entre lo atractivo y lo repulsivo, entre la sencillez y la extravagancia”. Todo cambió cuatro años después, cuando este oratorio fúnebre, basado en versículos de la Biblia traducida al alemán por Lutero, fue programado en tres ocasiones y celebrado con entusiasmo. “Me horroriza saber a qué pruebas se ven sometidos mis amigos de Leipzig al escuchar con tanta frecuencia mi réquiem”, ironizó en una carta el compositor.

Precisamente en 1868 pudo escucharse por primera vez en la Gewandhaus la Sinfonía núm. 5, “Reforma”, de Felix Mendelssohn, tras su publicación póstuma. Era una rareza juvenil que el propio compositor rehusó dirigir durante sus años como Kapellmeister en Leipzig (1835-1847), y de la que llegó a escribir: “Es la composición que más desearía quemar de todas las que he escrito”.

La Quincena Musical acaba de clausurar su 86ª edición evocando esta venerable tradición de la Gewandhaus de Leipzig. La histórica orquesta sajona, fundada en 1781 en una nave de la Casa de los Pañeros —de donde tomó su nombre—, debutó en el festival donostiarra con dos conciertos que culminaron el viernes 29 de agosto, rindiendo homenaje a su legado: una sinfonía de su más célebre Kapellmeister y la obra de Brahms estrenada en Leipzig que lo consagró como compositor. Ambas partituras, con Lutero como nexo, fueron incorporadas al repertorio de la orquesta sajona entre 1868 y 1869 por el Gewandhauskapellmeister Carl Reinecke. En San Sebastián las ha dirigido el actual titular de ese puesto, el letón Andris Nelsons (Riga, 46 años), como parte de una gira que proseguirá este fin de semana en el Festival Internacional de Santander y la próxima semana en la Philharmonie de París.

Nelsons abrió la Sinfonía “Reforma” de Mendelssohn con una introducción exquisita. En apenas tres minutos condensó sus señas de identidad interpretativas: un sonido compacto, alejado de las modas historicistas, pero transparente y luminoso incluso en los pasajes más sombríos, unido a una innata profundidad emocional. Esa cualidad le permitió realzar en los violines la secuencia del Amén de Dresde, que Wagner reutilizaría en Parsifal, así como el bellísimo movimiento lento inspirado en un aria de su cantata en homenaje a Alberto Durero, donde se refleja la espiritualidad del artista de Núremberg. El momento culminante llegó en el finale, con una admirable fantasía sinfónica sobre el coral luterano Ein’ feste Burg ist unser Gott (“Una poderosa fortaleza es nuestro Dios”).

Vista general del escenario del Kursaal durante ‘Un réquiem alemán’ de Brahms con Andris Nelsons, la Gewandhaus y el Orfeón Donostiarra, el pasado 29 de agosto en San Sebastián
Crédito: Quincena Musical-Iñigo Ibáñez

Lo mejor de la noche llegó tras el descanso con una excepcional interpretación de Un réquiem alemán de Brahms. Nelsons volvió a exhibir sus credenciales centroeuropeas tras un año en el que ha dirigido con excelencia la música orquestal de Dmitri Shostakóvich, sin descuidar su constante vínculo con Gustav Mahler. Presentó un Brahms arquitectónico, terso y delicado, con maderas admirables sostenidas por una cuerda grave impresionante. No obstante, resultó llamativo verlo sentado frente a la partitura, menos activo físicamente y más concentrado.

Para la ocasión contó con el Orfeón Donostiarra, preparado por Esteban Urzelai como director invitado, que también actuará en Santander. La conjunción del coro vasco con la orquesta sajona tuvo su primer destello en el segundo movimiento, con los ascensos climáticos al forte en la marcha fúnebre Denn alles Fleisch es ist wie Gras (“Porque toda carne es como la hierba”), basada en un versículo de la Primera Carta de Pedro. Pero el Orfeón Donostiarra brilló especialmente en el coro final Selig sind die Toten, die in dem Herrn sterben (“Dichosos son los muertos que mueren en el Señor”) donde mostró una excelente cuerda de sopranos con volumen y densidad.

Pero fueron las dos intervenciones de Christian Gerhaher, junto al coro y la orquesta, en los movimientos tercero y quinto, las que terminaron de convertir este Brahms en una experiencia inolvidable. En Herr, lehre doch mich, daß ein Ende mit mir haben muss (“Señor, dame a conocer que habré de tener un fin”), el barítono alemán encarnó, con voz y dicción impecables, al hombre temeroso ante la muerte. Alcanzó aún mayor intensidad con su revelación de la esperanza en la resurrección, en Denn wir haben hie keine bleibende Statt (“Puesto que aquí no tenemos una morada permanente”), que coincidió con la intervención más lograda, en lo dramático, del coro donostiarra, realzada por el envoltorio sonoro de la orquesta sajona. Por su parte, la soprano Julia Kleiter protagonizó, con un fraseo exquisito, el momento más bello de la obra: el quinto movimiento, Ihr habt nun Traurigkeit (“Ahora estáis tristes”), donde evoca a la madre que nos consuela a través de versículos del Evangelio de Juan.

Todo culminó con veinte segundos de silencio antes de los aplausos, especialmente dirigidos a la excelente actuación del Orfeón Donostiarra, reconocida también por Gerhaher y Kleiter. Ese mismo silencio fue el punto de partida del primer concierto de la Gewandhaus, el jueves 28. Con una versión minuciosa en los detalles dinámicos del Cantus in Memoriam Benjamin Britten para campana y cuerda, de Arvo Pärt, Nelsons rindió homenaje al compositor estonio, que el próximo mes cumplirá 90 años.

Isabelle Faust con Andris Nelsons y la Gewandhaus tocando el ‘Concierto para violín’ de Dvorak, el 28 de agosto en San Sebastián
Crédito: Quincena Musical-Iñigo Ibáñez

A continuación se interpretó el Concierto para violín de Antonín Dvořák, con Isabelle Faust como lujoso reemplazo de Hilary Hahn. A la violinista alemana, muy pendiente de la partitura, le costó asentarse en el primer movimiento, aunque realzó la meditación lírica del segundo y lideró con carácter e imaginación el furiant del tercero. Como propina, mostró su versatilidad estilística al interpretar el tercer número de Amusement pour le violon seul, op. 18 (1762), del francés Louis-Gabriel Guillemain.

Lo más destacado del primer concierto de la Gewandhaus llegó en la segunda parte con la Sinfonía núm. 2 de Jean Sibelius. Nelsons dirigió con gran riqueza gestual una versión orgánicamente cohesionada de la obra, con el mosaico pastoral del primer movimiento. Los contrastes del segundo sonaron nítidos, como evocación de un constante renacer. La poderosa cuerda lipsiense impulsó con inquietante energía el vivacissimo, y esa intensidad fue canalizada por Nelsons para construir el célebre finale sin miedo a la expresividad. El triunfal re mayor sonó más apoteósico de lo esperado, aunque sin perder los destellos obsesivos de nostalgia que, según el biógrafo de Sibelius, Erik Tawaststjerna, remiten a la tragedia de su cuñada Elli Jarnefelt.

La recta final de la presente edición de la Quincena Musical incluyó, el pasado miércoles 27 de agosto, un concierto de Thomas Adès (Londres, 54 años) al frente de la Orquesta de la Ópera Nacional de París. Más allá del homenaje al 150º aniversario de Maurice Ravel, la actuación ofreció la rareza en el festival donostiarra de ver a un compositor dirigiendo su propia música. Adès presentó su Concierto para piano (2018) junto a su destinatario, el pianista ruso-estadounidense Kirill Gerstein, como solista. La obra refleja la capacidad del británico para transitar del siglo XX al XXI mediante una reinvención del concierto clásico, con guiños a Gershwin, Prokófiev y Nancarrow, pero siempre fiel a su personalidad sonora. En el Kursaal destacó especialmente el bello y obsesivo movimiento lento, en el que Adès evoca desde el presente la chacona barroca.

El homenaje a Ravel comenzó con poco brillo en el neoclásico Le tombeau de Couperin, pero todo cambió en la segunda parte con la versión más expresionista del compositor vasco-francés. Adès logró en el Concierto para la mano izquierda una asombrosa fluidez, con texturas densas y coloridas impregnadas de una gran pulsión rítmica, que Gerstein elevó desde el teclado gracias a una combinación de virtuosismo deslumbrante, potencia controlada y refinamiento expresivo. Y el compositor inglés culminó la velada con una interpretación magistral de La valse, donde pocas veces se ha escuchado con tanta claridad ese fatídico remolino que va apoderándose de la obra, con excesos rítmicos y armónicos, hasta un final traumático.

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