La era de la irreversibilidad

Mientras el mundo sea reversible todo tiene un remedio, podremos contar con el perdón para nuestros experimentos fallidos y tendremos siempre nuevas oportunidades. Donde mejor se comprueba que esto ya no es así es en la crisis climática y sus fenómenos asociados. La profundidad de nuestra intervención (y de nuestras omisiones) en la naturaleza ha alcanzado una dimensión tan profunda que tal vez estemos rebasando los umbrales críticos a partir de los cuales la reversión no es posible.

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 Mientras el mundo sea reversible todo tiene un remedio, podremos contar con el perdón para nuestros experimentos fallidos y tendremos siempre nuevas oportunidades. Donde mejor se comprueba que esto ya no es así es en la crisis climática y sus fenómenos asociados. La profundidad de nuestra intervención (y de nuestras omisiones) en la naturaleza ha alcanzado una dimensión tan profunda que tal vez estemos rebasando los umbrales críticos a partir de los cuales la reversión no es posible. Seguir leyendo  

Mientras el mundo sea reversible todo tiene un remedio, podremos contar con el perdón para nuestros experimentos fallidos y tendremos siempre nuevas oportunidades. Donde mejor se comprueba que esto ya no es así es en la crisis climática y sus fenómenos asociados. La profundidad de nuestra intervención (y de nuestras omisiones) en la naturaleza ha alcanzado una dimensión tan profunda que tal vez estemos rebasando los umbrales críticos a partir de los cuales la reversión no es posible.

Esta es la razón por la que hoy estamos obligados a anticipar los resultados de nuestras intervenciones, ya que para muchas de ellas no habrá ni perdón ni una segunda oportunidad. El clásico método de ensayo y error funcionaba cuando era posible volver a la situación anterior al error, pero apenas vale cuando hablamos de equivocaciones fatales; el aprendizaje tras los errores, si llega, lo hará siempre demasiado tarde, cuando no haya nada sobre lo que corregir. Es una verdadera irresponsabilidad confiarlo todo a una reparación a posteriori. Los daños irreversibles se producen a partir de un determinado punto (tipping point) tras el cual yo no hay retorno. Y todo indica que estamos cerca o hemos sobrepasado ya ese límite crítico de la irreversibilidad en diversos asuntos: cambio climático, desarrollo tecnológico, inestabilidad financiera, epidemias. Hay cosas significativas que han dejado de existir y no parece que las vayamos a recuperar: cierta biodiversidad, veranos suaves, niveles del mar, glaciares, todas ellas muy relevantes para nuestro modo de vivir, que nos mantenían protegidos frente a determinadas enfermedades, riesgos e inquietudes.

Algunas de las catástrofes que vivimos nos enfrentan a este tipo de situaciones dramáticas donde el control y la reversibilidad son muy limitados. Disponemos de una cierta capacidad de intervención puntual, pero apenas sobre el contexto en el que se inscriben esas crisis. De alguna manera han escapado de nuestro control, no son accidentes limitados en el espacio y el tiempo, coyunturales, sino dependientes de una situación general sobre la que tenemos un limitado poder. Y su dinámica se desarrolla de una manera que apenas podemos anticipar. Las nuevas generaciones de incendios tienen este carácter: autonomía explosiva, desarrollo imprevisible, incertidumbre en cuanto a su evolución, aceleración y difícil manejabilidad. Tenemos poder sobre unas determinadas dimensiones del problema (limpieza de bosques, prevención, recursos) pero si se dan determinadas condiciones de contexto (el famoso 30-30-30), nuestra capacidad de evitar la catástrofe es muy limitada. Estos fenómenos forman parte de eso que me gusta llamar mundo gaseoso, que dejó al famoso mundo líquido de Bauman en una metáfora floja para describir la realidad a la que nos enfrentamos: efecto cascada, interacciones fatales, reverberación, complejidad, contagios. Las burbujas de Sloterdijk tienen mayor fuerza explicativa para entender un mundo compuesto de fenómenos más atmosféricos que materiales, un mundo hecho de riesgos, pánico, bulos, especulación y (des)confianza.

Durante estos días hemos asistido a la discusión sobre si era más decisiva la crisis climática o las malas decisiones (pirómanos individuales o instituciones con poca previsión) cuando ambos argumentos explican cosas diferentes: la causa y la responsabilidad. En estos incendios de nueva generación los contextos son más importantes que las acciones, es decir, el cambio climático es más relevante que las acciones (u omisiones) imprudentes y estas no habrían tenido efectos tan devastadores si no se hubieran dado las condiciones de partida tan propicias para el desastre.

Esta perspectiva ilustra muy bien otros fenómenos como la migración, que ya no es solo una cuestión que depende del control de flujos y canales sino de condiciones globales y un diferencial en cuanto a las oportunidades vitales. Todo ello se parece mucho a los movimientos atmosféricos, o lo que ocurre en el mercado financiero, cuyos intercambios vaporosos y volátiles están muy alejados de las realidades sólidas que caracterizaban eso que nostálgicamente denominamos economía real, pero también más complejos que el discurrir de los flujos líquidos.

Durante los siglos XVI y XVII se configuró una imagen del mundo como un todo con unas leyes mecánicas que entendía el movimiento de los cuerpos con una reversibilidad en principio posible. Se podía intervenir en la naturaleza y revertir esas intervenciones como si nada hubiera pasado. Por así decirlo, regía el primer principio de la termodinámica: si la energía permanece siempre constante, entonces está asegurada la naturaleza como un todo, nada se destruye o se pierde realmente, todo es recuperable. El segundo principio, en cambio, contempla cierta pérdida o disipación y que por tanto hay una energía irrecuperable en lo que se conoce como entropía de los sistemas termodinámicos, de acuerdo con el cual es imposible la vuelta al estado originario. Estamos en un régimen global gobernado por este segundo principio de entropía. Cada vez somos más conscientes (y la realidad se encargar de recordárnoslo) de que la naturaleza no es tan estable (que es una forma de reversibilidad) como proclamaba la concepción mecanicista del mundo. La naturaleza no tiene la capacidad de reaccionar siempre a las perturbaciones del entorno y recuperarse.

En los últimos treinta años diversos actores han desarrollado un amplio espectro de medidas y técnicas de intervención encaminadas a evitar los cambios y pérdidas irreversibles en el medio ambiente o facilitar al menos su reversión parcial. Es lo que se podría llamar técnicas de reversibilidad, protecciones que no modifican el contexto, como los espacios protegidos (parques naturales, reservas), refugios climáticos, adaptaciones urbanas. Son contra-intervenciones cuya pertinencia es indudable, como la mitigación o la adaptación, estrategias que pretenden —tal vez ya muy limitadamente— invertir la dirección en términos de reversibilidad. Todo ello presupone que ciertos daños en el ecosistema se pueden recuperar o corregir, una recuperación que ya no parece posible en muchos aspectos. El problema de diagnóstico es que los ecosistemas han sido entendidos desde una visión mecanicista y cada vez hay más fenómenos que parecen escapar a esta lógica. La misma idea de sostenibilidad resulta insuficiente y está atrapada por una idea simple del desarrollo de los sistemas ecológicos. Iluminan mejor la constelación en la que vivimos las teorías de la catástrofe (como la del matemático René Thom) hablan de cambios discontinuos e irregulares, que no discurren de manera lineal y atraviesan aquellos umbrales o puntos críticos que representan rupturas y cambios radicales, cualitativos, que desestabilizan el sistema de un modo no reversible.

La cuestión más inquietante es que ciertos desarrollos explosivos (cambio climático, movimientos migratorios, inestabilidad financiera, crisis demográfica, sistema mediático) parecen hablar de un mundo que podría haberse desequilibrado y entrado en una zona fuera de control, extremadamente inestable, de difícil reversibilidad. La conservación dejó de tener sentido y la restauración tal vez comience a ser imposible. Probablemente ya no nos quede otra cosa que la anticipación y la prevención, y con un alcance muy limitado. El nuevo imperativo de la reversibilidad podría formularse con Holmes Rolston así: “No deberíamos destruir un ecosistema de manera que no podamos recuperarlo más tarde cuando lo deseemos”. La dificultad del asunto es que infravaloremos la complejidad y dinámica de la vida y los sistemas naturales.

 EL PAÍS

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