La proyección empezó con dos minutos de retraso. La ultimísima espera. Un asistente volcó los nervios en un grito: “¡Uuuhh!”. Otros aplaudieron. Arrancaba al fin la película quizás más deseada del festival de Venecia: Frankenstein, de Guillermo del Toro, presentada hoy sábado en el concurso. Aún más llevaba aguardando el propio cineasta: se ha pasado casi todos sus 60 años detrás de este proyecto. Vio el filme de 1931 de James Whale cuando tenía siete. A los 11, leyó la novela original, de Mary Shelley. Se sintió fascinado, atraído, incluso identificado. Una obsesión que el paso del tiempo no atenuó, más bien al revés. Lo contó él mismo, en su primera respuesta a la prensa: “Más que sueño, fue una religión para mí desde niño. Me criaron muy católico, pero nunca entendí los santos. Cuando le vi en la pantalla comprendí lo que era un mesías”.
Tan poderoso deseo se ha materializado hoy en la Mostra en una película también muy grande. Por presupuesto, reparto ―con Jacob Elordi en la piel de la criatura y Oscar Isaac de su creador―, ambición narrativa, visual y de temas tratados: la naturaleza del ser humano, la paternidad, el perdón, la mirada del otro, la vida, la muerte y sus últimos significados. Pero también por sus excesos: de metraje, espectáculo y explicaciones. En definitiva, una experiencia fílmica enorme, de las que las salas necesitan para llenarse y reivindicarse. Sin embargo, solo tendrá un pase limitado por cines. Se verá sobre todo en Netflix, en noviembre.
La trama sigue siendo la que Mary Shelley ideó en aquella célebre competición narrativa de 1816 con su futuro marido Percy y Lord Byron, encerrados en un día de lluvia en Suiza, a inventarse historias de miedo: un hombre logra crear la vida, aunque termina por generar solo muerte. Pero Del Toro aporta muchos sellos personales a su historia favorita. Un manejo espléndido de colores, maquillaje, vestuario y efectos visuales, garantías en cualquier obra del mexicano. Una atmósfera envolvente, a golpes de cámara, banda sonora y puesta en escena. Y especialmente una mirada tierna, empática, casi una caricia al monstruo, y a cualquiera que se sienta como él. El cuento de miedo se ha llenado de amor.
“Vivimos en un tiempo de terror e intimidación. La respuesta para mí son el amor y el perdón. La pregunta central de la novela es qué nos hace humanos. No tenemos tarea más urgente que seguir siéndolo, en un momento en que todo nos empuja hacia la polarización. El filme trata de mostrar nuestro derecho a la imperfección, a entendernos como seres humanos en las circunstancias más opresivas. No me asusta la inteligencia artificial, sino la estupidez natural”, subrayó el director. De ahí que la película mime a la criatura. Se plantea si no será “más puro” que todos nosotros. Y dedica un rato a mostrar cómo aprende que el agua arrastra las hojas. O se le pega el acento de Yorkshire de un anciano ciego del que aprende a hablar. Frankenstein no sale de su asombro. El público, tampoco.
Sin embargo, hay mucho más que contar, filmar, desplegar. Quizás fuera el entusiasmo, pero el mexicano ha volcado demasiado en su filme. Dura dos horas y media, se repiten explosiones, desmembramientos, estallidos de ira, agresiones y, sobre todo, aclaraciones: varias veces la narración dice exactamente lo que se está viendo, o intuyendo, en la pantalla. O explicita lo que cabe imaginar. “El monstruo eres tú”, le espeta Frankenstein a Víctor. “No soy algo, sino alguien”, le recrimina. Se hubiera agradecido más fe en la imagen, la sutileza. Y en el espectador.
La sala de prensa, de todos modos, acogió con adoración al director. Por el festival de Venecia desfilan estrellas desde los años treinta. A nadie se le niega un aplauso. Pero Del Toro fue recibido con una auténtica ovación. “¡Grande!”, susurró una periodista presente. “Estoy loco desde que era pequeño. Todo lo que he hecho desde Cronos [su primera película, en 1992] supone una herramienta, una idea, que me traería hasta este punto. Esperé a que el filme pudiera hacerse en las condiciones justas, tanto artísticas, como de dimensión”, relató Del Toro. Y Netflix también le ha cuidado: puso a disposición del mexicano todo lo que necesitara, hasta unos 120 millones de coste final.
La última lotería que gana Del Toro. Aunque solo la primera vino del azar: un billete afortunado permitió a la familia comprar también una biblioteca, que el pequeño Guillermo empezó a devorar. Leyó clásicos infantiles, novelas más adultas, cómics, enciclopedias. Con ocho años empezó a rodar cortos. Y, a partir de ahí, se construyó su propia suerte: El laberinto del fauno o La forma del agua, León de Oro en Venecia en 2017 antes de su triunfo en los Oscar, figuran entre los filmes más apreciados del siglo XXI. Entretanto, la vida a veces también le dio el boleto peor: después de que su padre fuera rescatado del secuestro que había sufrido, Del Toro dejó de residir en México. Solo físicamente, eso sí: sigue muy vinculado a su país, hasta financia becas infantiles y opina sobre la política nacional. En la rueda de prensa, lanzó un guiño a su nacionalidad: “Soy mexicano y, por tanto, extremadamente emocional”. Toda la conversación, eso sí, discurrió en inglés. Las únicas excepciones fueron… en italiano.
El público autóctono, si cabe, se vino más arriba. En general, a Del Toro se le respeta por auténtico. Porque se ha atrevido a filmar, experimentar o producir de todo. Y, siempre, a la vez, se ha mantenido coherente a un universo personal, repleto de monstruos y humanidad. Se le ve en Hollywood, en una tienda de tebeos en Madrid, o como personaje de un videojuego. Él mismo se ha definido a veces como un outsider, un cineasta de autor, pero también con visión comercial. Hoy hasta tiene su propia biblioteca, almacenada en la ya célebre Bleak House, su cueva de parafernalias y horrores. Y un estatus que le permite medirse por fin con su lista de mitos pendientes. Hace tres años, convirtió a Pinocho en un precioso alegato animado contra la guerra y el fascismo. Después, ha llegado el momento de Frankenstein. Cómo ha crecido aquel niño mexicano. Sigue teniendo sueños grandes, como entonces. Ahora, además, los cumple.
La proyección empezó con dos minutos de retraso. La ultimísima espera. Un asistente volcó los nervios en un grito: “¡Uuuhh!”. Otros aplaudieron. Arrancaba al fin la película quizás más deseada del festival de Venecia: Frankenstein, de Guillermo del Toro, presentada hoy sábado en el concurso. Aún más llevaba aguardando el propio cineasta: se ha pasado casi todos sus 60 años detrás de este proyecto. Vio el filme de 1931 de James Whale cuando tenía siete. A los 11, leyó la novela original, de Mary Shelley. Se sintió fascinado, atraído, incluso identificado. Una obsesión que el paso del tiempo no atenuó, más bien al revés. Lo contó él mismo, en su primera respuesta a la prensa: “Más que sueño, fue una religión para mí desde niño. Me criaron muy católico, pero nunca entendí los santos. Cuando le vi en la pantalla comprendí lo que era un mesías”.Tan poderoso deseo se ha materializado hoy en la Mostra en una película también muy grande. Por presupuesto, reparto ―con Jacob Elordi en la piel de la criatura y Oscar Isaac de su creador―, ambición narrativa, visual y de temas tratados: la naturaleza del ser humano, la paternidad, el perdón, la mirada del otro, la vida, la muerte y sus últimos significados. Pero también por sus excesos: de metraje, espectáculo y explicaciones. En definitiva, una experiencia fílmica enorme, de las que las salas necesitan para llenarse y reivindicarse. Sin embargo, solo tendrá un pase limitado por cines. Se verá sobre todo en Netflix, en noviembre. La trama sigue siendo la que Mary Shelley ideó en aquella célebre competición narrativa de 1816 con su futuro marido Percy y Lord Byron, encerrados en un día de lluvia en Suiza, a inventarse historias de miedo: un hombre logra crear la vida, aunque termina por generar solo muerte. Pero Del Toro aporta muchos sellos personales a su historia favorita. Un manejo espléndido de colores, maquillaje, vestuario y efectos visuales, garantías en cualquier obra del mexicano. Una atmósfera envolvente, a golpes de cámara, banda sonora y puesta en escena. Y especialmente una mirada tierna, empática, casi una caricia al monstruo, y a cualquiera que se sienta como él. El cuento de miedo se ha llenado de amor. “Vivimos en un tiempo de terror e intimidación. La respuesta para mí son el amor y el perdón. La pregunta central de la novela es qué nos hace humanos. No tenemos tarea más urgente que seguir siéndolo, en un momento en que todo nos empuja hacia la polarización. El filme trata de mostrar nuestro derecho a la imperfección, a entendernos como seres humanos en las circunstancias más opresivas. No me asusta la inteligencia artificial, sino la estupidez natural”, subrayó el director. De ahí que la película mime a la criatura. Se plantea si no será “más puro” que todos nosotros. Y dedica un rato a mostrar cómo aprende que el agua arrastra las hojas. O se le pega el acento de Yorkshire de un anciano ciego del que aprende a hablar. Frankenstein no sale de su asombro. El público, tampoco. Sin embargo, hay mucho más que contar, filmar, desplegar. Quizás fuera el entusiasmo, pero el mexicano ha volcado demasiado en su filme. Dura dos horas y media, se repiten explosiones, desmembramientos, estallidos de ira, agresiones y, sobre todo, aclaraciones: varias veces la narración dice exactamente lo que se está viendo, o intuyendo, en la pantalla. O explicita lo que cabe imaginar. “El monstruo eres tú”, le espeta Frankenstein a Víctor. “No soy algo, sino alguien”, le recrimina. Se hubiera agradecido más fe en la imagen, la sutileza. Y en el espectador. La sala de prensa, de todos modos, acogió con adoración al director. Por el festival de Venecia desfilan estrellas desde los años treinta. A nadie se le niega un aplauso. Pero Del Toro fue recibido con una auténtica ovación. “¡Grande!”, susurró una periodista presente. “Estoy loco desde que era pequeño. Todo lo que he hecho desde Cronos [su primera película, en 1992] supone una herramienta, una idea, que me traería hasta este punto. Esperé a que el filme pudiera hacerse en las condiciones justas, tanto artísticas, como de dimensión”, relató Del Toro. Y Netflix también le ha cuidado: puso a disposición del mexicano todo lo que necesitara, hasta unos 120 millones de coste final. La última lotería que gana Del Toro. Aunque solo la primera vino del azar: un billete afortunado permitió a la familia comprar también una biblioteca, que el pequeño Guillermo empezó a devorar. Leyó clásicos infantiles, novelas más adultas, cómics, enciclopedias. Con ocho años empezó a rodar cortos. Y, a partir de ahí, se construyó su propia suerte: El laberinto del fauno o La forma del agua, León de Oro en Venecia en 2017 antes de su triunfo en los Oscar, figuran entre los filmes más apreciados del siglo XXI. Entretanto, la vida a veces también le dio el boleto peor: después de que su padre fuera rescatado del secuestro que había sufrido, Del Toro dejó de residir en México. Solo físicamente, eso sí: sigue muy vinculado a su país, hasta financia becas infantiles y opina sobre la política nacional. En la rueda de prensa, lanzó un guiño a su nacionalidad: “Soy mexicano y, por tanto, extremadamente emocional”. Toda la conversación, eso sí, discurrió en inglés. Las únicas excepciones fueron… en italiano. El público autóctono, si cabe, se vino más arriba. En general, a Del Toro se le respeta por auténtico. Porque se ha atrevido a filmar, experimentar o producir de todo. Y, siempre, a la vez, se ha mantenido coherente a un universo personal, repleto de monstruos y humanidad. Se le ve en Hollywood, en una tienda de tebeos en Madrid, o como personaje de un videojuego. Él mismo se ha definido a veces como un outsider, un cineasta de autor, pero también con visión comercial. Hoy hasta tiene su propia biblioteca, almacenada en la ya célebre Bleak House, su cueva de parafernalias y horrores. Y un estatus que le permite medirse por fin con su lista de mitos pendientes. Hace tres años, convirtió a Pinocho en un precioso alegato animado contra la guerra y el fascismo. Después, ha llegado el momento de Frankenstein. Cómo ha crecido aquel niño mexicano. Sigue teniendo sueños grandes, como entonces. Ahora, además, los cumple. Seguir leyendo
La proyección empezó con dos minutos de retraso. La ultimísima espera. Un asistente volcó los nervios en un grito: “¡Uuuhh!”. Otros aplaudieron. Arrancaba al fin la película quizás más deseada del festival de Venecia: Frankenstein, de Guillermo del Toro, presentada hoy sábado en el concurso. Aún más llevaba aguardando el propio cineasta: se ha pasado casi todos sus 60 años detrás de este proyecto. Vio el filme de 1931 de James Whale cuando tenía siete. A los 11, leyó la novela original, de Mary Shelley. Se sintió fascinado, atraído, incluso identificado. Una obsesión que el paso del tiempo no atenuó, más bien al revés. Lo contó él mismo, en su primera respuesta a la prensa: “Más que sueño, fue una religión para mí desde niño. Me criaron muy católico, pero nunca entendí los santos. Cuando le vi en la pantalla comprendí lo que era un mesías”.
Tan poderoso deseo se ha materializado hoy en la Mostra en una película también muy grande. Por presupuesto, reparto ―con Jacob Elordi en la piel de la criatura y Oscar Isaac de su creador―, ambición narrativa, visual y de temas tratados: la naturaleza del ser humano, la paternidad, el perdón, la mirada del otro, la vida, la muerte y sus últimos significados. Pero también por sus excesos: de metraje, espectáculo y explicaciones. En definitiva, una experiencia fílmica enorme, de las que las salas necesitan para llenarse y reivindicarse. Sin embargo, solo tendrá un pase limitado por cines. Se verá sobre todo en Netflix, a partir del 7 de octubre.
La trama sigue siendo la que Mary Shelley ideó en aquella célebre competición narrativa de 1816 con su futuro marido Percy y Lord Byron, encerrados en un día de lluvia en Suiza, a inventarse historias de miedo: un hombre logra crear la vida, aunque termina por generar solo muerte. Pero Del Toro aporta muchos sellos personales a su historia favorita. Un manejo espléndido de colores, maquillaje, vestuario y efectos visuales, garantías en cualquier obra del mexicano. Una atmósfera envolvente, a golpes de cámara, banda sonora y puesta en escena. Y especialmente una mirada tierna, empática, casi una caricia al monstruo, y a cualquiera que se sienta como él. El cuento de miedo se ha llenado de amor.
“Vivimos en un tiempo de terror e intimidación. La respuesta para mí son el amor y el perdón. La pregunta central de la novela es qué nos hace humanos. No tenemos tarea más urgente que seguir siéndolo, en un momento en que todo nos empuja hacia la polarización. El filme trata de mostrar nuestro derecho a la imperfección, a entendernos como seres humanos en las circunstancias más opresivas. No me asusta la inteligencia artificial, sino la estupidez natural”, subrayó el director. De ahí que la película mime a la criatura. Se plantea si no será “más puro” que todos nosotros. Y dedica un rato a mostrar cómo aprende que el agua arrastra las hojas. O se le pega el acento de Yorkshire de un anciano ciego del que aprende a hablar. Frankenstein no sale de su asombro. El público, tampoco.

Sin embargo, hay mucho más que contar, filmar, desplegar. Quizás fuera el entusiasmo, pero el mexicano ha volcado demasiado en su filme. Dura dos horas y media, se repiten explosiones, desmembramientos, estallidos de ira, agresiones y, sobre todo, aclaraciones: varias veces la narración dice exactamente lo que se está viendo, o intuyendo, en la pantalla. O explicita lo que cabe imaginar. “El monstruo eres tú”, le espeta Frankenstein a Víctor. “No soy algo, sino alguien”, le recrimina. Se hubiera agradecido más fe en la imagen, la sutileza. Y en el espectador.
La sala de prensa, de todos modos, acogió con adoración al director. Por el festival de Venecia desfilan estrellas desde los años treinta. A nadie se le niega un aplauso. Pero Del Toro fue recibido con una auténtica ovación. “¡Grande!”, susurró una periodista presente. “Estoy loco desde que era pequeño. Todo lo que he hecho desde Cronos [su primera película, en 1992] supone una herramienta, una idea, que me traería hasta este punto. Esperé a que el filme pudiera hacerse en las condiciones justas, tanto artísticas, como de dimensión”, relató Del Toro. Y Netflix también le ha cuidado: puso a disposición del mexicano todo lo que necesitara, hasta unos 120 millones de coste final.
La última lotería que gana Del Toro. Aunque solo la primera vino del azar: un billete afortunado permitió a la familia comprar también una biblioteca, que el pequeño Guillermo empezó a devorar. Leyó clásicos infantiles, novelas más adultas, cómics, enciclopedias. Con ocho años empezó a rodar cortos. Y, a partir de ahí, se construyó su propia suerte: El laberinto del fauno o La forma del agua, León de Oro en Venecia en 2017 antes de su triunfo en los Oscar, figuran entre los filmes más apreciados del siglo XXI. Entretanto, la vida a veces también le dio el boleto peor: después de que su padre fuera rescatado del secuestro que había sufrido, Del Toro dejó de residir en México. Solo físicamente, eso sí: sigue muy vinculado a su país, hasta financia becas infantiles y opina sobre la política nacional. En la rueda de prensa, lanzó un guiño a su nacionalidad: “Soy mexicano y lloro”. Toda la conversación, eso sí, discurrió en inglés. Las únicas excepciones fueron… en italiano.
El público autóctono, si cabe, se vino más arriba. En general, a Del Toro se le respeta por auténtico. Porque se ha atrevido a filmar, experimentar o producir de todo. Y, siempre, a la vez, se ha mantenido coherente a un universo personal, repleto de monstruos y humanidad. Se le ve en Hollywood, en una tienda de tebeos en Madrid, o como personaje de un videojuego. Él mismo se ha definido a veces como un outsider, un cineasta de autor, pero también con visión comercial. Hoy hasta tiene su propia biblioteca, almacenada en la ya célebre Bleak House, su cueva de parafernalias y horrores. Y un estatus que le permite medirse por fin con su lista de mitos pendientes. Hace tres años, convirtió a Pinocho en un precioso alegato animado contra la guerra y el fascismo. Después, ha llegado el momento de Frankenstein. Cómo ha crecido aquel niño mexicano. Sigue teniendo sueños grandes, como entonces. Ahora, además, los cumple.
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