La televisión española de los noventa se contagió de Italia. Y hubo una obsesión, machista obsesión, de llenar los platos de bailarinas de solo un patrón corporal. Muchas bailarinas. El problema es que los programas querían estereotipos de altas mises de piernas kilométricas más que bailarinas profesionales. Y no encontraban el perfil que gustaba al directivo de turno. Así que se abrieron los castings a otras disciplinas. No era tan importante su experiencia en la danza, como su capacidad de llenar el fondo de plano. Con saber hacer cuatro pasitos ya bastaba.
Incluso cuando se adaptó Sorpresa, sorpresa se cayó en colmar el escenario, la grada y las escaleras del teatro de chicas dando tumbos. Y eso que Sorpresa, sorpresa era un calco de Carramba, che sorpresa de Raffaella Carrá en la RAI. Con la diferencia de que Raffaella quiso dar la vuelta al sexismo y se hizo un ballet solo de chicos. Por una vez, que fueran ellos los objetos. Tampoco tiró de bailarines profesionales. Eran guapos que hacían lo que podían. La vida misma.
El truco estaba en preparar coreografías fáciles que, además, podían reproducir pequeños y mayores desde casa. Y todos bailábamos juntos mirando la tele. Algunos con ojos lujuriosos, otros con la mirada infantil de la tele que nos ponía a imaginar con luces de colores, canciones festivas -malas, pero alegres- y creyando que todo podía pasar en directo. Incluso que aparecieran las Spice Girls sin que nadie supiera que estaban en España. Aún apenas había spoilers. Podíamos guardar el secreto.
Y los programas empezaban con sintonías que se tomaban su tiempo. Canciones de música y letra pegadizas pensadas para dibujar la atmósfera que merecía el show, a la vez que nos invitaban a que levantáramos la mirada desde casa y nos fuéramos sumando a la emisión. Tal celebración nos anunciaba que algo grande iba a pasar en un apoteósico prime time en directo. Las bailarinas hacían su función, que el escenario estuviera repleto. Que si un saltito, que si un paso para la derecha, que si un paso para la izquierda, que si un giro, que si una patadita de kárate al aire, que si un espatarrarse en el suelo y levantarse rápido…
Pero, por ese arrodillamiento, una de las bailarinas de Sorpresa, sorpresa no pasaba. Ella decidía ahorrarse la sentadilla. Ni siquiera podía ocultar la cara de agobio. El horterismo de la danza verbenera se le estaba atragantando y era incapaz de ir al compás del resto. No lo sabía, pero nos estaba enseñando dónde empiezan las revoluciones: en los que siguen hacia delante siendo incapaces de repetir tal cual la coreografía de su rebaño. Son los mismos de los que nos seguimos acordando con el paso del tiempo. Porque eran distintos dentro de la multitud. Los bailarines profesionales son unos artistas de una interpretación. El resto de los mortales, como esa chica ganándose unas perras en la tele, podemos probar la suerte de bailar a nuestra manera. Y nunca dejar de intentarlo. Con todas las músicas de la vida. Incluso con las que no suenan: así quizá seamos menos invisibles y un poco más libres.
Historia de cuando lo importante no era bailar.
La televisión española de los noventa se contagió de Italia. Y hubo una obsesión, machista obsesión, de llenar los platos de bailarinas de solo un patrón corporal. Muchas bailarinas. El problema es que los programas querían estereotipos de altas mises de piernas kilométricas más que bailarinas profesionales. Y no encontraban el perfil que gustaba al directivo de turno. Así que se abrieron los castings a otras disciplinas. No era tan importante su experiencia en la danza, como su capacidad de llenar el fondo de plano. Con saber hacer cuatro pasitos ya bastaba.
Incluso cuando se adaptó Sorpresa, sorpresa se cayó en colmar el escenario, la grada y las escaleras del teatro de chicas dando tumbos. Y eso que Sorpresa, sorpresa era un calco de Carramba, che sorpresa de Raffaella Carrá en la RAI. Con la diferencia de que Raffaella quiso dar la vuelta al sexismo y se hizo un ballet solo de chicos. Por una vez, que fueran ellos los objetos. Tampoco tiró de bailarines profesionales. Eran guapos que hacían lo que podían. La vida misma.
El truco estaba en preparar coreografías fáciles que, además, podían reproducir pequeños y mayores desde casa. Y todos bailábamos juntos mirando la tele. Algunos con ojos lujuriosos, otros con la mirada infantil de la tele que nos ponía a imaginar con luces de colores, canciones festivas -malas, pero alegres- y creyando que todo podía pasar en directo. Incluso que aparecieran las Spice Girls sin que nadie supiera que estaban en España. Aún apenas había spoilers. Podíamos guardar el secreto.
Y los programas empezaban con sintonías que se tomaban su tiempo. Canciones de música y letra pegadizas pensadas para dibujar la atmósfera que merecía el show, a la vez que nos invitaban a que levantáramos la mirada desde casa y nos fuéramos sumando a la emisión. Tal celebración nos anunciaba que algo grande iba a pasar en un apoteósico prime time en directo. Las bailarinas hacían su función, que el escenario estuviera repleto. Que si un saltito, que si un paso para la derecha, que si un paso para la izquierda, que si un giro, que si una patadita de kárate al aire, que si un espatarrarse en el suelo y levantarse rápido…
Pero, por ese arrodillamiento, una de las bailarinas de Sorpresa, sorpresa no pasaba. Ella decidía ahorrarse la sentadilla. Ni siquiera podía ocultar la cara de agobio. El horterismo de la danza verbenera se le estaba atragantando y era incapaz de ir al compás del resto. No lo sabía, pero nos estaba enseñando dónde empiezan las revoluciones: en los que siguen hacia delante siendo incapaces de repetir tal cual la coreografía de su rebaño. Son los mismos de los que nos seguimos acordando con el paso del tiempo. Porque eran distintos dentro de la multitud. Los bailarines profesionales son unos artistas de una interpretación. El resto de los mortales, como esa chica ganándose unas perras en la tele, podemos probar la suerte de bailar a nuestra manera. Y nunca dejar de intentarlo. Con todas las músicas de la vida. Incluso con las que no suenan: así quizá seamos menos invisibles y un poco más libres.
20MINUTOS.ES – Televisión
