La aldea palestina donde el ejército israelí detiene la vida para que decenas de colonos puedan rezar

Son las 04.30 de la madrugada cuando el ejército israelí penetra con decenas de soldados y vehículos militares en Al Tuwani, una aldea del sur del territorio palestino de Cisjordania que el mundo conoció gracias al documental que ganó el Oscar en 2025: No Other Land. Los soldados se posicionan en lo alto de viviendas e impiden a los alrededor de 350 vecinos moverse por sus propias calles, pero no se trata de ninguna redada sorpresa. Todos saben que este jueves las tropas paralizarán su vida durante horas para que decenas de colonos israelíes puedan rezar en un espacio abandonado en pleno centro del pueblo, donde aseguran que se alzó una sinagoga en el pasado.

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 Son las 04.30 de la madrugada cuando el ejército israelí penetra con decenas de soldados y vehículos militares en Al Tuwani, una aldea del sur del territorio palestino de Cisjordania que el mundo conoció gracias al documental que ganó el Oscar en 2025: No Other Land. Los soldados se posicionan en lo alto de viviendas e impiden a los alrededor de 350 vecinos moverse por sus propias calles, pero no se trata de ninguna redada sorpresa. Todos saben que este jueves las tropas paralizarán su vida durante horas para que decenas de colonos israelíes puedan rezar en un espacio abandonado en pleno centro del pueblo, donde aseguran que se alzó una sinagoga en el pasado. Seguir leyendo  

Son las 04.30 de la madrugada cuando el ejército israelí penetra con decenas de soldados y vehículos militares en Al Tuwani, una aldea del sur del territorio palestino de Cisjordania que el mundo conoció gracias al documental que ganó el Oscar en 2025: No Other Land. Los soldados se posicionan en lo alto de viviendas e impiden a los alrededor de 350 vecinos moverse por sus propias calles, pero no se trata de ninguna redada sorpresa. Todos saben que este jueves las tropas paralizarán su vida durante horas para que decenas de colonos israelíes puedan rezar en un espacio abandonado en pleno centro del pueblo, donde aseguran que se alzó una sinagoga en el pasado.

La mayoría llega en un autobús fletado para la ocasión. Otros bajan de asentamientos cercanos, a pie o en los vehículos que les ha dado al Gobierno más derechista de la historia de Israel, mientras los vecinos los observan desde azoteas, ventanas o patios. La jornada transcurre sin incidentes, pero es un amargo recordatorio para Al Tuwani del distinto valor que tienen en el territorio ocupado de Cisjordania los derechos de desplazarse o de rezar en función de si se es o no judío.

Aunque Al Tuwani es objetivo frecuente de ataques de colonos enmascarados, el rezo colectivo añade este año sal a una herida muy reciente. La semana pasada, un grupo de colonos violentos irrumpió de madrugada para romper ventanas, incendiar un coche e intentar quemar con cócteles molotov varios edificios, entre ellos la mezquita. Aún pueden verse las señales de los intentos y los grafitis que dejaron, como una estrella de David o la palabra “Venganza” en hebreo.

Este jueves, y pese a los temores, no hay ataques ni enfrentamientos. Los colonos rezan escoltados, bajo un sol cada vez más fuerte. Los militares se muestran laxos: nadie puede moverse abiertamente, pero permiten a unos pocos activistas de derechos humanos tomar imágenes desde el lateral de la calle o en un alto que da a la verja.

Cuando el rezo termina, sobre las 07.30 de la mañana, los colonos regresan al autobús (algunos armados con rifles de asalto o pistolas) y sonríen o saludan cómicamente al pasar junto a la casa de Basel Adra. Uno se dirige en hebreo a dos activistas israelíes: “Sois asquerosos. A ver si os echáis amigos”.

Algunos colonos sonríen irónicamente al ver a un puñado de palestinos y activistas documentar su llegada. La actitud de varios es la de quien no precisa usar la fuerza porque es consciente de que la tiene. Que se sienten los “dueños del lugar”, como suele decir el ministro ultranacionalista de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir. Los soldados acompañan a los colonos incluso los escasos 30 metros de calle vacía que separan el autobús del espacio del rezo.

La dinámica sale a la luz cuando un colono —con una pistola en la cintura y acompañado de sus hijos— baja desde un asentamiento cercano y da los buenos días en hebreo a los palestinos y activistas que lo miran desde una azotea. Uno de ellos le responde más o menos que, para él, es un día de mierda y el colono le reprende tranquilo: “¿Por qué hablas así delante de niños? Sé persona”. Poco después, se lo cuenta a un soldado. Horas más tarde, ya acabado el rezo, el ejército penetra en esa misma casa palestina, aunque se va sin efectuar arrestos.

Colindantes

Como si formase parte de un guion cinematográfico, en vez de la realidad, el espacio —vallado con árboles y una fuente— linda justamente con la casa de Basel Adra. Es el palestino de Al Tuwani que protagoniza No Other Land junto con Yuval Abraham, el israelí con quien labra una amistad y documenta la lucha de los residentes de Masafer Yata (la zona del sur de Cisjordania a la que pertenece Al Tuwani) por permanecer en su tierra frente a las redadas militares, los ataques de colonos y las demoliciones hasta de escuelas.

“Hace unos días trataron de quemar casas aquí (…) y ahora hacen como que vienen a rezar en el medio del pueblo, con pistolas, vehículos militares pesados, bloqueando las vías y [con los soldados] yendo a los techos de las casas, aterrorizando niños y mujeres”, lamenta Adra. “Algunos bajan del asentamiento cercano y estoy seguro de que al menos una parte participó en el ataque”.

Por su cercanía, la casa de Basel y el centro comunitario que alberga el bajo se convierten en lugar de reunión para documentar la llegada de los colonos, ante el temor de que derive en ataques o arrestos gratuitos. Conscientes de que, en este fecha, el ejército impide el acceso a la aldea desde la madrugada, locales y activistas (sobre todo israelíes) han llegado la noche anterior y recurren al café con cardamomo para mantenerse despiertos.

Entre los que ha acudido a mostrar solidaridad —o, en sus propias palabras, utilizar su “privilegio” para “hacer oír la voz de los palestinos”— está un atípico diputado israelí: Ofer Cassif. Es uno de los parlamentarios más odiados por la mayoría social israelí y el único judío en la Knesset por Hadash, un partido de inspiración comunista que aboga por la igualdad entre judíos y árabes, si bien la mayoría de votos y representantes proceden de los segundos. Cassif describe el evento de este jueves como “un claro ejemplo de supremacía judía”. “Es claramente política. La religión es una excusa”, argumenta.

Es también la idea que resalta otro conocido activista de Masafer Yata, Sami Huraini: “No se puede llamar rezo a algo con todo este ejército y protección para venir, invadir toda una comunidad, bloquear el acceso e impedir que la gente vaya de uno a otro lugar. Es ocupación”.

Cita anual

El motivo del evento es la festividad judía de Tisha Be Av. Ya tuvo lugar, de forma puntual, en la década pasada, pero se ha vuelto en anual, en coordinación con el ejército, desde 2022, primero con el anterior Gobierno (denominado “del cambio” y formado por la oposición a Benjamín Netanyahu) y luego, en los últimos cuatro años, bajo la actual coalición del primer ministro con nacionalistas radicales y ultraortodoxos.

Consultado por este periódico, el ejército israelí dio como un hecho en su respuesta la versión de que el lugar contenía una sinagoga (sobre lo que no existe consenso arqueológico), por lo que obtienen un “permiso para entrar en la zona en una visita coordinada y supervisada por las Fuerzas de Defensa de Israel para visitar el lugar, rezar y luego marcharse”.

Uno de los grafiti que dejaron los colonos la semana pasada reza Havat Gilad. Es una problemática granja-asentamiento judío en la que un incendio acabó justo antes con 13 viviendas. Tanto la Policía como los servicios secretos israelí creen que el fuego no fue intencionado, sino fruto de un cigarrillo lanzado desde la ventanilla de un coche. Los colonos más radicales, en cambio, no lo creen. Sus grupos de mensajería se llenaron de llamamientos a la venganza y Havat Gilad emitió un comunicado en el que pedía tratar el incendio “como lo que es: un acto terrorista”.

El resultado lo vivió muy de cerca Ruqayya Rabei. Vive en la calle de Al Tuwani por la que hoy bajan tranquilamente los colonos (con la temprana y coordinada presencia de las fuerzas de seguridad) y por la que el domingo llegaron los entre 20 y 30 hombres enmascarados para sembrar el terror. Aquella madrugada, una vez más, policía, ejército y bomberos llegaron una vez concluidos los ataques. A día de hoy, los únicos arrestados lo son por el incendio en el asentamiento judío de Havat Gilad.

El caso de Rabei, de 36 años, llegó a las redes sociales porque perdió el bebé del que estaba embarazada. Lo atribuye al pavor y estrés de ver cómo un grupo de colonos violentos rompía las ventanas de la casa (aún pueden verse los vidrios rotos en el suelo) y lanzaban un cóctel molotov —que ardió en el exterior— cerca de donde dormía su hijo adolescente. “No estaba protegida, así que me encerré en la habitación. Intenté despertarlo, volví para gritar (…). Le dije a mi padre que habían matado a mi hijo”, cuenta en la humilde casa, un día después de regresar del hospital. Un vídeo con el móvil capta sus gritos en aquellos momentos.

Al día siguiente, prosigue, sintió que su vientre ya no albergaba vida, por el “miedo” que pasó en el momento, en el que le costaba “permanecer en pie” y del que recuerda el hedor a gasolina y la visión de los jóvenes enmascarados. Se lo confirmó el hospital. “Cuando salí del quirófano, vi mujeres que habían sido operadas y tenían un bebé. A mí me operaron sin tener un bebé”, dice antes de buscar consuelo en que su hijo adolescente salvó la vida aquel día: “Uno sobrevivió y el otro murió”. Luego se excusa: necesita descansar porque la extracción del feto sin vida acabó siendo larga.

 EL PAÍS

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