A José Luis Guerin (Barcelona, 66 años) no le va a gustar este titular. “Jamás me reconozco en la frase que sale destacada con la foto, con toda esa solemnidad dicha como desde un púlpito. No me siento cómodo con la cultura de la suma de declaraciones de los cineastas porque obstruyen el diálogo natural del espectador con la película”, reflexiona el cineasta, mientras apura un café refugiado de la lluvia bajo un techo de uralita en la terraza de Els Xiprers del barrio de Vallbona (Barcelona).
A José Luis Guerin (Barcelona, 66 años) no le va a gustar este titular. “Jamás me reconozco en la frase que sale destacada con la foto, con toda esa solemnidad dicha como desde un púlpito. No me siento cómodo con la cultura de la suma de declaraciones de los cineastas porque obstruyen el diálogo natural del espectador con la película”, reflexiona el cineasta, mientras apura un café refugiado de la lluvia bajo un techo de uralita en la terraza de Els Xiprers del barrio de Vallbona (Barcelona). Seguir leyendo
A José Luis Guerin (Barcelona, 66 años) no le va a gustar este titular. “Jamás me reconozco en la frase que sale destacada con la foto, con toda esa solemnidad dicha como desde un púlpito. No me siento cómodo con la cultura de la suma de declaraciones de los cineastas porque obstruyen el diálogo natural del espectador con la película”, reflexiona el cineasta, mientras apura un café refugiado de la lluvia bajo un techo de uralita en la terraza de Els Xiprers del barrio de Vallbona (Barcelona).
No ha sido fácil encontrarse en este bar en el que se exhiben las casetes de Bordón 4 junto a ilustraciones de jeringuillas que repartían las asociaciones de prevención del consumo de heroína de la epidemia de los ochenta. Con la red de Rodalies en crisis perpetua y las obras de la estación de la Sagrera convirtiendo en paradas fantasma las marquesinas de bus que conectan la ciudad con este barrio, a Els Xiprers solo se ha podido llegar desde la Meridiana en taxi. De ese involuntario aislamiento de una barriada tan especial como única va su último proyecto, Historias del buen valle, premio del jurado en el festival de San Sebastián que llega a los cines este viernes.
El director de discurso sereno cita a EL PAÍS el primer jueves de febrero en uno de los escenarios de su película, el bar en el que se reúnen a bailar, beber y recordar los vecinos de Vallbona (valle bueno en castellano, de ahí el título de la película). En esta bella y crepuscular no ficción, Guerin recupera la elocuencia y el pulso documental de En construcción (2001), la película que ofició la muerte del Barrio Chino por la implantación del higienismo urbanista que supuso el nacimiento del Raval, solo que aquí retrata la vida de un norte de Barcelona eternamente castigado por obras que solo mejoran la vida de los que habitan el centro de la ciudad. La resaca de En construcción está aquí, todo lo que no vimos venir.

“Existe una cierta relación causa-efecto entre En construcción e Historias del buen valle”, adelanta sobre el hilo que une a este proyecto con el documental que acercó a casi 150.000 espectadores al cine: la paradoja destructiva en la idea de progreso. “En 2001 filmé a los vecinos del centro que serían realojados en la periferia por las obras y algunas de las presencias que pueblan esta película de ahora son derivados de aquella crisis especulativa, un plan urbanístico que se reconoce en toda Europa y que trata de ir desplazando progresivamente no solo las bolsas de pobreza, sino una vida popular que se mueve del centro a la periferia”, apunta, acompañado del sutil ruido de fondo que recordará en todo momento dónde transcurre la entrevista. Por un lado, los pitidos y rugidos de las grúas de las obras por la integración de la línea R2 de Rodalies. Por el otro, el silbido de los coches y camiones que transitan por las tres autopistas —C17, C33 y C58— que separaron a Vallbona de Torre Baró en la segunda mitad del siglo pasado. Hay un kilómetro de distancia entre este bar y el barrio de la película El 47, pero los vecinos viven separados por un enjambre de carriles para que otros puedan irse bien lejos y bien rápido. “Casi todos los que se van de vacaciones a la Costa Brava pasan por este barrio, pero ni siquiera tienen la conciencia de que esto es Barcelona. El cartel de bienvenida, de hecho, se da después, como si Vallbona fuese un descarte de la ciudad”, apunta el cineasta.

El germen de Historias del buen valle está en uno de los trece encargos del investigador Jorge Ribalta para la exposición Una ciudad desconocida bajo la niebla. Nuevas imágenes de la Barcelona de los barrios, que se pudo ver en el Macba hasta enero de 2025. A Guerin le tocó Vallbona, un barrio que nunca había pisado y que apenas alcanza los 1.300 habitantes, pero con identidad mutante por la influencia de las migraciones de distintas oleadas y generaciones. “Este barrio es un gran laboratorio social con deficiencias flagrantes; son pocos y es poco rentable para los políticos. Aquí conviven dos almas: por un lado, los emigrantes que levantaron sus casas de noche en los cincuenta y sesenta, sin sistema de alcantarillado ni luz y generaron un urbanismo propio sin seguir planes institucionales. Por otro, la ciudad dormitorio, la de los bloques que llegarían con las políticas de vivienda social y la gente que no se puede pagar el alquiler en otro barrio”, explica sobre la particular geografía y personalidad de un barrio que, durante el día, parece inhóspito, muerto.
Si el Barrio Chino de En construcción era tremendamente expresivo en sus aceras, Guerin dice que aquí se encontró con “mucho desarraigo y poca vida en las calles”. Situado entre autopistas, vías de tren, el río Besòs y la amplia presencia de huertos para el autoabastecimiento gracias a la acequia medieval del Rec Comtal, en su película, el río sirve como punto de encuentro ensoñador para vecinos de distintos orígenes que hablan hasta 14 idiomas distintos. Niños que bucean en grupo, mujeres que tocan tambores africanos dentro del agua o refugiadas de la guerra entre Rusia y Ucrania dialogan sobre su vida con los suyos en lo que Guerin muestra como un oasis de naturaleza, pese a estar rodeado de grúas invasoras. “Me da miedo pecar de nostálgico o de un romanticismo ingenuo, pero siempre me he sentido muy atraído por los espacios asilvestrados que rompen el orden urbano. En Vallbona, lo asilvestrado tiene sus días contados, pero es en los arrabales donde pueden darse situaciones únicas, donde los fugitivos y los amantes clandestinos se esconden y donde se puede escapar a la reglamentación”.

Para la muestra del Macba entregó un vídeo de 12 minutos, sin sonido, grabado en Súper-8 con imágenes del campo y de niños saltando al agua entre juncos y cañizo. Aquello le supo a poco y decidió hacer un largo que tardaría tres años en producir, con múltiples visitas intermitentes desde la Provenza francesa, donde reside desde hace nueve años. Convocó a los vecinos con un cartel para “escuchar voces, opiniones, vivencias, sueños y pesadillas”. Grabó hasta 42 personajes del barrio que le narraron desde la épica de la lucha vecinal de los años ochenta por dignificar sus vidas (“Esos son los vecinos que creían que había llegado tarde al barrio”) a chavalas de segunda generación magrebí denunciando el racismo de sus compañeros de colegio.
En Historias del buen valle hay muertes, nacimientos, muchas sobremesas y despedidas. El resultado, pese a la belleza de sus imágenes, dista de ser utópico. “Verlo así sería precipitarse, porque aquí hay conflictos de convivencia muy evidentes. A mí me gusta que prevalezca el gusto por la vida. A diferencia de las banlieues de Francia, que se han convertido en guetos con una única identidad, aquí hay muchísima diversidad y multiculturalidad, pero lo que no hay es interacción”.

El cineasta justifica el enfado vecinal frente a su situación. “Si hablas con ellos, vas a escuchar un clamor de enfado muy grande por cómo las obras que les rodean limitarán sus vidas durante ocho años. Los que vivimos en el centro, o venimos de allí, tenemos una deuda permanente con las periferias porque nos beneficiamos de todos los servicios a su costa y ellos no reciben nada”, asegura.
Guerin cree que si la cultura mira con tanto interés al extrarradio es porque en ese espacio es donde reside la vida. “Las películas necesitan nutrirse de las periferias porque el centro es un parque temático muerto por brunch y mojitos. La vida más auténtica y acogedora sucede en los barrios”, dice un creador que vive alejado de las lógicas del circuito industrial: “Como tardo tanto en rodar y tengo una forma muy particular de hacerlo, solo puedo permitirme hacerlo con amigos o estudiantes. Es un método fantástico porque luego ves cómo van evolucionando o asimilándose en la industria. Ahí está Amanda Villavieja, sonidista de En construcción, que va a ganar el Oscar con Sirât. O Núria Esquerra, gran montadora. Ahora, a los alumnos con los que rodé En construcción ya no podría contratarlos, son demasiado caros”.
EL PAÍS
