
“Siempre he sido muy reservado, mucho, y creo que uno de los motivos por los que me he abierto con este libro ha sido porque no quería ni podía sostener más esta enfermedad en secreto”. Habla el bailarín y coreógrafo vasco Igor Yebra (Bilbao, 54 años) desde Montevideo, donde ha viajado para organizar un concurso para fomentar la danza clásica entre niños y niñas. En Uruguay son las ocho y media de la mañana, pero él ya luce como si llevara despierto varias horas. Cuenta por videollamada que suele entrenar temprano y en los últimos años, más aún.
El bailarín y coreógrafo publica un libro autobiográfico en el que hace pública su enfermedad por primera vez
“Siempre he sido muy reservado, mucho, y creo que uno de los motivos por los que me he abierto con este libro ha sido porque no quería ni podía sostener más esta enfermedad en secreto”. Habla el bailarín y coreógrafo vasco Igor Yebra (Bilbao, 54 años) desde Montevideo, donde ha viajado para organizar un concurso para fomentar la danza clásica entre niños y niñas. En Uruguay son las ocho y media de la mañana, pero él ya luce como si llevara despierto varias horas. Cuenta por videollamada que suele entrenar temprano y en los últimos años, más aún.
El libro al que se refiere el bailarín es ¿Por qué somos tan estúpidos y no estamos ya bailando?, donde repasa su trayectoria y hace público por primera vez que padece esclerosis múltiple. Estrella internacional de danza clásica desde que debutó profesionalmente, Yebra ha bailado en algunas de las más importantes compañías del mundo y desde hace una década, retirado de los escenarios, ha potenciado su faceta como coreógrafo, director y docente. Ha sido en esta última etapa cuando le ha llegado el diagnóstico de una enfermedad que afecta directamente a la movilidad y que le ha llevado a hacer una profunda revisión de su vida y su profesión. El volumen, donde plasma esa reflexión, está editado por Bao Bilbao y sale a la venta el lunes.

El proceso no ha sido fácil. “Me detectaron la esclerosis múltiple en 2015, pero entonces no quise saber lo que tenía y me enteré en 2017 porque se le escapó a una doctora. En 2021, los síntomas se hicieron más fuertes y me pusieron una medicación con efectos secundarios visibles. Así que tuve que empezar a contarlo”, recuerda. Hasta ese momento, que coincidió con su marcha como director del Ballet Nacional del Sodre, cargo que ejercía desde 2018, “solo lo sabían unas doce personas”, asegura.
―¿Por qué no quiso saber lo que le pasaba?
―Después de la punción lumbar, el doctor me dijo que íbamos a vernos muy a menudo a partir de ese momento. Me dio instrucciones, medicación y para mí fue suficiente. Nunca he querido detalles sobre aquello que pudiera apartarme de los escenarios, de bailar. Me ha pasado siempre. Cuando me dolía algo, solo preguntaba si tenía que parar. Y si podía seguir, continuaba sin hacer preguntas.
En sus palabras no hay drama. Ni en su libro. Tampoco queja o flagelación sobre su enfermedad o sobre la danza, diana habitual de reivindicaciones más que justificadas por esa situación perenne de precariedad. El bailarín parece abrazarlo todo con una especie de aceptación luminosa, clara y cercana; al menos es la que discurre por ambos relatos, entrevista y autobiografía.

“En 2013 empecé a notar molestias en mi pierna izquierda, pero pensé que era porque no entrenaba lo suficiente, aunque lo hiciera 12 horas al día. Siempre tuve complejo de fake, porque al poco de empezar a tomar clases, ya me subieron a bailar a un escenario de manera profesional, y mi trayectoria no ha seguido el camino convencional. Ahora sé que no era por eso y que el machacarme aún más, seguramente, empeoró las cosas”, relata.
Esa compañía con la que debutó era el Ballet de Víctor Ullate, donde aterrizó con solo 15 años y coincidió con bailarines reconocidos como Tamara Rojo, Ángel Corella o Joaquín de Luz. Ya entonces, su talento y altura hablaban casi antes que él. Y tras unos años, decidió independizarse y viajar, abrirse a propuestas y lenguajes. Se hizo bailarín freelance, algo poco habitual en la danza clásica, y despuntó como estrella invitada en las principales compañías europeas. “Creo que siempre he descolocado un poco por no encajar donde se te espera. Pero nunca he creído en las etiquetas ni en esa rigidez alrededor del clásico”.
En el libro, convive el Igor Yebra que se convirtió en el primer bailarín no ruso en interpretar el papel de Iván el Terrible en el Teatro del Kremlin (2004) con el que se subió a un ring de boxeo junto a Sol Picó para el espectáculo La lucha libre vuelve al Price (2010). “Recuerdo que la gente de mi entorno me decía que si estaba loco, qué dónde me estaba metiendo… y esta colaboración con Sol Picó ha sido de lo más divertido que he hecho. Si te pasas la vida interpretando los mismos papeles de ballet de repertorio, como veo a veces, no creces. Y además, aburre”.
El Yebra de la esfera más mediática (estuvo casado con la presentadora de televisión Anne Igartiburu entre 2004 y 2006) se desliza con delicadeza y discreción por las páginas de su autobiografía. En 2018, coincidiendo con los primeros meses en la dirección del Ballet Nacional del Sodre, también se puso al frente del programa de televisión Fama! A bailar. “Ese año fue una locura, me pasaba la vida trabajando y cogiendo aviones entre España y Uruguay. Tampoco creo que aquello ayudara a la enfermedad”, confiesa.
También se asoma en el libro el adolescente de 13 años que eligió con ilusión unas mallas y un maillot rojos para su primera clase de ballet, que su madre le compró en unos grandes almacenes de Bilbao; o el mismo chaval que unos meses después ya era diferente porque se estaba guardando los abusos que sufrió por parte del profesor que le enseñaba danza. Cuenta su amor por el arte (Giacometti, Caravaggio…) y por la literatura (Zelda Fitzgerald, Claire Keegan, Ida Vitale o, más recientemente, Sarah Manguso). “Leo mucho, desde pequeño, y adoro la palabra. La respeto y me daba pudor publicar. Pero me ha encantado contar el baile a través de la escritura”. Y a mano, siempre un chascarrillo por si la cosa se pone demasiado oscura: “A veces me cuesta caminar, pero lo disimulo con un poco de espectáculo y ni se nota”.
Explica que su pierna izquierda está siendo la más afectada por la esclerosis. “Es una enfermedad que afecta de diferentes maneras. Si estoy sentado, trabajando en el ordenador y muy concentrado con algo, consigo dejar de pensar en ella unos segundos”.

Dibujos de su ama (madre, en euskera), retratos de amigos artistas, fotos con su familia, con personajes ilustres de la danza o con celebridades, todas al mismo nivel de importancia testimonial, e incluso pequeños textos de colegas de profesión como Carlota Ferrer, el de su médico o de periodistas especializados en danza, a quienes se nos ha invitado a participar de manera desinteresada en la publicación, componen una radiografía amplia y cercana, de alguien que confiesa encontrar la fuerza en lo vulnerable. “Igual no debería haberme metido en esto, me han aconsejado tranquilidad y no sé lo que me espera, pero siento que tengo que aprovechar la vida y dejarme de tonterías”.
―En el libro habla de la importancia de tener sueños. También cuenta que ha tenido la suerte de ver realizados varios. ¿Cuál sería el próximo?
―Desafortunadamente, mi pensamiento está centrado en no deteriorarme. Pero un poco más allá de eso, me encantaría generar conversaciones, encuentros, charlas alrededor de este libro. Creo que puede ser una herramienta para difundir la danza desde otro sitio y ayudarnos o escucharnos haciendo un poco de comunidad. Caminando despacio, para no tropezarme.
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