La imagen que ofrecía el puente de Waterloo a principios de los años setenta distaba mucho de la que habían prometido las autoridades de Londres. Era demoledora. En el South Bank a orillas del Támesis, los trabajadores hacían huelga junto a un coloso de hormigón a medio construir. Las obras llevaban años de retraso y el presupuesto de 7,5 millones de libras para el National Theatre que iba a albergarse allí, un proyecto faraónico de más de 57.000 metros cuadrados, acabó alcanzando los 16 millones. Aunque el colmo fue su apertura: cuando el público acudió a la primera función en marzo de 1976, hace 50 años, el edificio ni siquiera estaba finalizado. De los tres teatros que conformaban el complejo, tan solo uno estaba operativo. Y de acuerdo a un artículo de la época en el diario The New York Times, se trataba del más feo y desgarbado, “como el salón de actos de una escuela lleno de butacas de terciopelo marrón”.
Siete años de retraso, un presupuesto duplicado, huelgas y un sinfín de críticas lapidarias marcaron el nacimiento de este edificio que ha cumplido medio siglo como uno de los iconos más polémicos y fascinantes de la capital británica
La imagen que ofrecía el puente de Waterloo a principios de los años setenta distaba mucho de la que habían prometido las autoridades de Londres. Era demoledora. En el South Bank a orillas del Támesis, los trabajadores hacían huelga junto a un coloso de hormigón a medio construir. Las obras llevaban años de retraso y el presupuesto de 7,5 millones de libras para el National Theatre que iba a albergarse allí, un proyecto faraónico de más de 57.000 metros cuadrados, acabó alcanzando los 16 millones. Aunque el colmo fue su apertura: cuando el público acudió a la primera función en marzo de 1976, hace 50 años, el edificio ni siquiera estaba finalizado. De los tres teatros que conformaban el complejo, tan solo uno estaba operativo. Y de acuerdo a un artículo de la época en el diario The New York Times, se trataba del más feo y desgarbado, “como el salón de actos de una escuela lleno de butacas de terciopelo marrón”.
Para Peter Hall, director artístico de la institución durante aquellos años, la inauguración se convirtió en su mayor pesadilla. Así la resumía él en 1977: “Lo que ha ocurrido es el símbolo de la incapacidad de los ingleses para hacer bien las cosas. Estamos ante el mejor complejo teatral del mundo y, sencillamente, no funciona”. Que Inglaterra estuviese sumida en la crisis del petróleo, su inflación superara el 16% y el país se viera obligado a pedir un rescate de cerca de 4.000 millones de dólares al Fondo Monetario Internacional tampoco ayudaba. Menos aún que el arquitecto al mando de la obra, Denys Lasdun, hubiese protegido su visión a capa y espada, según señala el escritor y periodista Dominic Bradbury: “La mayor preocupación la generó el brutalismo tan crudo del edificio. Lasdun hizo muy pocas concesiones en cuanto a su materialidad desnuda, tanto en la fachada como en el interior”.
Bradbury publicó en 2024 South Bank: Architecture & Design, su libro sobre la escena de un caso que, cuenta él, se viralizó hasta el extremo. Y no para bien. A escala nacional, la opinión pública se volvió cada vez más en contra del arquitecto, alentada en gran parte por los comentarios de la prensa y del actual rey de Inglaterra, que en los ochenta describió el edificio como una forma ingeniosa de construir, textualmente, una central nuclear en pleno centro de la ciudad. “Fue deprimente”, recuerda el crítico y exdirector del Design Museum de Londres, Deyan Sudjic. “Siendo el príncipe de Gales llamó a la British Library, diseñada por Colin St John Wilson, y llegó a decir que los arquitectos británicos habían causado más daños a Londres que la Luftwaffe [la fuerza aérea de la Alemania nazi]. Algo bastante ofensivo teniendo en cuenta que Wilson fue aviador naval”, subraya, “y que arquitectos como James Stirling o el propio Lasdun combatieron en el desembarco de Normandía”.

La Segunda Guerra Mundial sirve para entender el origen de la polémica porque, a raíz de los bombardeos alemanes del Blitz, el South Bank de Londres quedó arrasado, sin rastro de los almacenes, muelles ni centrales eléctricas que habían transformado esta zona a orillas del Támesis en el corazón industrial de la capital. El solar fue estratégico a principios del siglo XX, y lo siguió siendo una vez el conflicto había llegado a su fin, cuando el London County Council vio en el terreno la gran oportunidad para levantar un referente del desarrollo cívico, una especie de campus artístico muy en línea con la idea de que la cultura, al promoverla y subvencionarla el Estado, sería capaz de revitalizar la sociedad británica.
El optimismo fue tal que llegó a calar hondo entre los arquitectos más jóvenes del país, los que habían visto emerger el movimiento moderno en Europa. Los mismos que para las ciudades británicas devastadas por los bombardeos empezaron a construir con hormigón visto hospitales, viviendas y escuelas públicas. Desde un enfoque así, Denys Lasdun mostró en 1963 su maqueta ante el comité del National Theatre, presidido por el actor y director Laurence Olivier.
“En sus memorias, Olivier recuerda lo que hizo a Lasdun diferente. Mientras el resto de arquitectos acudían con sus consultores y asistentes, él se presentó solo para generar aposta una impresión de vulnerabilidad”, detalla Sudjic. Su proyecto, en cambio, era de lo más contundente y ambicioso puesto que sacó a la palestra, en palabras de Bradbury, el binomio de arquitectura y paisaje que el país había abandonado durante años. El diseño partía del puente de Waterloo que conectaba el solar con la zona de The Strand y Covent Garden en el centro de Londres y hacía de la conexión urbana el cordón umbilical del complejo, de forma que la pasarela se vinculase con una de las terrazas que dibujarían la silueta del National Theatre. Así habría un bulevar público, un acceso peatonal directo al interior del edificio y a sus auditorios, para los que el arquitecto aplicó guiños a los anfiteatros griegos y a los corrales de comedia españoles del Siglo de Oro.
Sudjic habla de ello: “Al principio desconfiaba de la Cottesloe Room, la sala más experimental y alternativa del National. Se había construido con la misma precisión y atención al detalle que el Olivier (el mayor de los tres teatros del proyecto), y no me parecía del todo adecuado. Era como acudir a un sastre de Savile Row para que te confeccionara unos pantalones vaqueros”. Con los años, no solo cambió de opinión. Cuando lo nombraron director del Design Museum en 2006, él mismo rescató la idea de los tres espacios, cada uno destinado a un repertorio distinto y envueltos de áreas públicas, e intentó recrearla con el diseñador John Pawson a la hora de devolverle la vida al antiguo edificio del Instituto de la Commonwealth en Kensington, a donde el museo se mudó en 2016.
“Creo que, como país, hemos tardado un tiempo en enamorarnos del National Theatre, pero hoy resulta impensable imaginar el South Bank sin él”. Para Dominic Bradbury, muy poco queda del odio que recibió el complejo en su día, un fenómeno que podría explicarse a través de la ley de 1937 de James Laver, historiador y comisario artístico del Victoria and Albert Museum de Londres. “La ley hablaba del ciclo de la moda, pero resulta igualmente aplicable a la arquitectura”, considera Sudjic. “Lo único que hace falta para que un edificio pase de ser escandalosamente vanguardista a elegante, después anticuado, luego desaliñado, una monstruosidad, más tarde pintoresco y, finalmente, patrimonio de valor incalculable es que transcurra el tiempo suficiente”.

El National Theatre de Lasdun ha tenido que esperar medio siglo. Necesitó 13 años para ver la luz y cuando lo hizo, el gusto del momento estaba más cerca del estilo high-tech del Centro Pompidou de París que del movimiento moderno de la posguerra. Llegar tarde le pasó factura. Y pagó un altísimo precio enfrentándose a una batalla a la que Sudjic ahora, con perspectiva, le quita hierro, porque la historia le ha demostrado lo inevitable: “Cada generación cree que la obra de sus predecesores inmediatos no tiene ningún valor y debe ser sustituida, para luego con el tiempo lamentarse”. O incluso, como es el caso, acabar abrazando lo que en origen se detestaba.
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