El Museo del Prado inaugura una exposición para derribar todas las ideas preconcebidas que se han generado a su alrededor en los últimos 25 años y, de paso, hacer un repaso a los retos que ha superado hasta convertirse en una de las instituciones culturales más sólidas de Europa. El director, Miguel Falomir, lo define de esta otra manera: “Una de las preguntas que más me hacen directores de otros museos es si el Prado sigue adquiriendo obras. Y esta cuestión refleja una idea muy extendida de que este es un museo ya hecho y cerrado. Eso no es verdad. Estamos en constante evolución”.
El museo inaugura una muestra en la que mira el trabajo hecho en este siglo y se proyecta hacia un futuro con muchas incógnitas y unas pocas certezas: menos visitantes y más autonomía económica
El Museo del Prado inaugura una exposición para derribar todas las ideas preconcebidas que se han generado a su alrededor en los últimos 25 años y, de paso, hacer un repaso a los retos que ha superado hasta convertirse en una de las instituciones culturales más sólidas de Europa. El director, Miguel Falomir, lo define de esta otra manera: “Una de las preguntas que más me hacen directores de otros museos es si el Prado sigue adquiriendo obras. Y esta cuestión refleja una idea muy extendida de que este es un museo ya hecho y cerrado. Eso no es verdad. Estamos en constante evolución”.
Desde fuera, las imponentes fachadas devuelven esa idea de templo sagrado en el que se debió parar el tiempo en algún momento entre su inauguración y la actualidad. Una vez se cruza ese umbral, esa sensación de distancia entre la historia del arte y los visitantes se ha tratado de reducir, especialmente, en los últimos 25 años. Este periodo es el que recorre Prado. Siglo XXI (hasta el 27 de septiembre), como una cápsula del tiempo para revisarse y sacar unas cuantas conclusiones del trabajo que directores y centenares de trabajadores han hecho en este tiempo.
El punto de partida es 2003, cuando se aprobó la ley de autonomía del Prado y el museo dejó de ser “un enfermo crónico”, la etiqueta que se le adjudicó en los noventa, como ha recordado este martes Alfonso Palacio, director adjunto de Conservación e Investigación y comisario de la muestra. “Desde entonces hemos demostrado que hemos sido responsables hasta tal punto que cada año hemos tenido superávit; no solo generamos ingresos, también beneficios”, explica Falomir. “Por eso una de las asignaturas pendientes para los próximos 25 años es tener mayor autonomía para hacer uso de esos excedentes que generamos”.
La fecha de 2003 aparece al lado de otros datos en una infografía digital de bienvenida junto a una maqueta de lo que se denomina Campus Prado: un plano de todos los edificios que componen el museo y que ya incluye el Salón de Reinos que se inaugurará, si no hay más retrasos en las obras, a finales de 2028. En este edificio ya aparece el primer reto: ¿será capaz el museo de sostener 76.000 metros cuadrados en dos sedes con propuestas expositivas? “Sabemos por la experiencia de otros museos que tener dos sedes con propuestas expositivas rara vez funciona”, avanza Falomir. “El Met de Nueva York tuvo que cerrar una de ellas, pero estamos confiados y estudiando ese proyecto”.

Es de las pocas concesiones que hacen el director y los comisarios cuando miran al futuro. Por el momento, no dan respuestas a lo que está por venir. “El museo que proyectamos ahora seguro que poco tiene que ver con la sociedad que venga, no tenemos una bola de cristal”, concede el director. Aunque sí reitera, como ya hizo a inicios de año, que no cabe un visitante más. Si las cuentas no le salen mal, en 2050 llegarían a los seis millones de asistentes si siguieran a este ritmo. “Eso no es asumible”, incide. Solo cierran tres días al año y el museo abre de diez de la mañana a ocho de la tarde. Por ahí no hay más margen. “Seguimos con el plan maestro para mejorar la calidad de las visitas”, añade el responsable.
De vuelta a las salas, después de revisar la apabullante lista de cifras que cimentan el museo —más de 14.000 obras incorporadas a la colección en los últimos 25 años, por poner un ejemplo—, el recorrido en cuatro partes se encarga de contemporizar todos estos datos. En la primera, se despliega una colección de piezas repartidas por momentos históricos y pictóricos que da cuenta de importantes adquisiciones y la manera en que estas llegaron al Prado. La carta de presentación es Busto de mujer, de Pablo Picasso, la primera tela del artista en la colección del museo y una de esas piezas contemporáneas que tantos quebraderos de cabeza le han dado a esta institución por traspasar la barrera temporal de sus fondos e invadir los del Reina Sofía.

En la cartela de esta obra, como en la del resto de las 98 expuestas, se especifica cómo llegó hasta el Prado gracias a un depósito. Hay daciones en pago (un mecanismo que el Ministerio de Hacienda no ha vuelto a conceder a nadie desde 2008), donaciones, compras propias y del Ministerio de Cultura, además de hitos como el sistema de micromecenazgo que se usó en 2018 para conseguir Retrato de niña con paloma, de Simon Vouet. Se expone también La condesa de Chinchón, de Goya, una compra que fue un acontecimiento en sí misma.
La museografía
Pero no solo hay que mirar al vendedor y al comprador de estas obras maestras; en esta exposición hay que fijarse también en los soportes. El busto del emperador Marco Aurelio, de autoría desconocida, se expone sobre uno de los pedestales que usa el museo al lado de otro antiguo, de piedra. Hay que bajar la mirada para ver la evolución de las catenarias que salvaguardan la integridad de las obras. Hay piezas que se exponen delante de los tejidos adamascados con los que, entre 1997 y 2009, Gustavo Torner enteló algunas salas. En la memoria de los visitantes más veteranos estarán Las meninas, que también estuvieron enmarcadas por estos materiales, retirados hacia 2009.
Según se avanza por la exposición, la luz cambia y la temperatura permanece constante. Una de las obras más significativas, el Díptico con 42 vistas monumentales de ciudades españolas, de Genaro Pérez Villaamil, se puede ver con los ojos actuales y con los de cualquier momento anterior a 2014. Fue en ese año cuando el Prado sustituyó las lámparas halógenas por las bombillas led que cambian la perspectiva de los edificios que dibujó el artista en esta pieza. Justo al lado, funciona un termohidrógrafo que registraba la temperatura y humedad de las salas del museo. Ahora los aparatos que mantienen estos valores no se ven, se han sustituido por una red invisible de sondas y un sistema integral de climatización.

Hay mucha obra en vitrina: álbumes de bocetos, miniaturas, algunos de los más de 300 libros que ha editado el museo. Hay cartelería y fotografías. Y en la parte final, que se denomina Líneas de enriquecimiento para una colección en evolución, se incluye a las mujeres. Ya un poco antes hay algunos rastros, como una escultura de La Roldana, pero es en este último espacio donde el Prado reconoce que en los últimos años se ha puesto a la tarea de reconocer a las artistas, con una obra de María Blanchard y otra de Rosa Bonheur.
En el pasillo de despedida, un vídeo recuerda cómo el museo fue capaz de reinventarse cuando todo cerró durante la pandemia. Su extensión natural en las redes sociales sirve también para hacer una invitación al público que Falomir y los comisarios hacen suya: “El Prado será lo que los visitantes quieran”. Y es justo en este momento cuando pueden dejar sus sugerencias. Luego, ya en la tienda, hay una oportunidad única en esta institución: hacerse fotos con cuadros. Algo que está prohibido. “Veinticinco años después me felicitan por no haber cambiado de idea”, apunta Falomir. Pero antes, hay que descargarse los fondos con obras del museo, ponerse frente a una suerte de photocall sobre el que se proyectará la pieza y darle al botón. Una experiencia compartida, exigencia de estos tiempos, en colaboración con Samsung.
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