En la formidable primera secuencia de La muerte de Stalin, salvaje parodia con evidentes toques de comedia negra de las purgas estalinistas, la simple grabación de un concierto de música clásica por la radio pública daba pie a una aguda reflexión acerca de la base principal de aquel régimen criminal: el miedo.
El cineasta francés analiza los últimos 35 años en las altas esferas políticas y de poder económico en Rusia, donde reina el miedo
En la formidable primera secuencia de La muerte de Stalin, salvaje parodia con evidentes toques de comedia negra de las purgas estalinistas, la simple grabación de un concierto de música clásica por la radio pública daba pie a una aguda reflexión acerca de la base principal de aquel régimen criminal: el miedo.
Al culminar la rocosa, fría e inteligente El mago del Kremlin, película del francés Olivier Assayas acerca de los últimos 35 años en las altas esferas políticas y de poder económico en Rusia, el miedo sigue estando ahí. Pero hay un concepto con aún mayor implantación y, como aquel, introducido con total ambición: el caos. La provocación del desconcierto —valga la paradoja, dentro de un férreo control— es lo que parece mover a Vladímir Putin, líder del país desde el año 2000. La más demente de las vorágines, como camino hacia la consecución de los objetivos (políticos, económicos, sociales). Nos lo está diciendo Assayas respecto a Rusia, y nos lo están diciendo las noticias cada mañana respecto a tantos otros autócratas y sátrapas del mundo contemporáneo.
No es El mago del Kremlin una película sobre Putin, sino sobre Rusia. De hecho, el personaje interpretado con extrema sobriedad por Jude Law, sin caer nunca ni en la imitación ni en la parodia, tarda una hora en salir. El verdadero protagonista es el ficticio Vadim Varanov (al que pone su corpachón, sus mofletes y su boca pequeña el siempre inquietante Paul Dano), un experto en comunicación que se había iniciado como director teatral y que, tras pasar por los realities televisivos, se convirtió en la mano derecha del presidente ruso, en su principal asesor. Un texto sobreimpresionado en la pantalla avisa desde el inicio de que esto es una ficción. Basada en la novela homónima del sociólogo, ensayista y asesor político italosuizo Giuliano Da Empoli (publicada en Seix Barral), El mago del Kremlin utiliza personajes reales y también ficticios para acabar mostrando algo muy cercano a la verdad. Al menos, a la veracidad de la Rusia postsoviética.

Por su relato desfilan nombres inventados en figuras claramente reales (el Alexéi Navalni interpretado por Tom Sturridge, aquí rebautizado como Dmitri Sidorov). Pero, sobre todo, van surgiendo algunos de los principales acontecimientos (unos, pomposos y conocidos; otros, íntimos y secretos) de la reciente historia de Rusia. La era Yeltsin, comandada por un hombre imprevisible, borracho y enfermo; el capitalismo para unos pocos, aquellos que se enriquecieron hasta el desmayo; la era de los oligarcas, del petróleo y la corrupción; la llegada de Putin desde el espionaje; la tragedia del Kursk; los asesinatos políticos; la anexión de Crimea; la revolución naranja en Ucrania y la guerra del Donbás; las muertes de Navalny y Borís Berezovski (aquí, con su verdadero nombre); y hasta la injerencia rusa en el exterior, en la opinión pública y en las elecciones, a través de internet, las redes sociales y, en fin, el caos. La palabra determinante.
La adaptación del libro de Da Empoli la ha realizado el propio Assayas, reputado director de excelentes películas como Finales de agosto, principios de septiembre, Las horas del verano y Viaje a Sils Maria, junto con otro nombre relevante: nada menos que Emmanuel Carrère, escritor de El adversario y De vidas ajenas (también cineasta), que sale en un cameo, y gran conocedor de la vida rusa de estos años a través de Eduard Limónov, uno de esos estrambóticos personajes surgidos en el país, que también circula por la película, y del que escribió un libro extraordinario. Con Assayas y Carrère, con su elevada reflexión y su agudo discurso, siempre da la impresión de que El mago del Kremlin está desarrollada por gente con una inteligencia y un saber superiores.
Eso sí, desde las fantásticas referencias a Yevgueni Zamiatin, el ruso que en 1920 predijo la naturaleza del poder moderno y el totalitarismo tecnológico en su distopía Nosotros, hasta las sabias y trascendentes conversaciones entre Law y Dano acerca de los poderes horizontal y vertical, El mago del Kremlin no es una película para probar a entretenerse. Es una obra de dos horas y 40 minutos que seguramente no admite matices. A algunos, a los realmente interesados en el estado del mundo, puede no sobrarles ni un plano. A otros les parecerá una roca impenetrable.
El mago del Kremlin
Dirección: Olivier Assayas.
Intérpretes: Paul Dano, Jude Law, Alicia Vikander, Jeffrey Wright.
Género: político. Francia, 2025.
Duración: 156 minutos.
Estreno: 6 de marzo.
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