El Lazareto de Mahón, la fortaleza encantada que fue precursora de los sistemas de salud pública

Cuando la fiebre amarilla invadió el Lazareto de Mahón en el verano de 1821, los miembros de la Junta de Sanidad encargados de su administración no entendían qué podía estar sucediendo. Los guardias, desde sus cinco torres, seguían gritando “¡que corra el aire!” a los cientos de marineros, pasajeros y comerciantes que entonces cumplían cuarentena, se redoblaron los esfuerzos purificadores con continuos sahumerios (tratamientos de humo y vapor) y expurgos (limpieza minuciosa, a veces sumergiéndolas, de embarcaciones y mercancías). También se vigiló que se cumplieran las normas de aislamiento entre patentes (zonas de la instalación en las que se internaba a los viajeros según el avance de su enfermedad) y respecto al exterior del propio lazareto, protegido por una doble muralla y con un portero como único contacto con el pueblo de Es Castell, a alrededor de un kilómetro por mar. Pero, aunque la distancia social hubiera sido eficaz contra la propagación de otras epidemias, en este caso nada pudo hacer contra los contagios producidos por un mosquito que, llegado a bordo de alguno de los bergantines, fragatas o goletas fondeados junto a la instalación, se pudo reproducir hasta que llegó el frío.

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 Cuando la fiebre amarilla invadió el Lazareto de Mahón en el verano de 1821, los miembros de la Junta de Sanidad encargados de su administración no entendían qué podía estar sucediendo. Los guardias, desde sus cinco torres, seguían gritando “¡que corra el aire!” a los cientos de marineros, pasajeros y comerciantes que entonces cumplían cuarentena, se redoblaron los esfuerzos purificadores con continuos sahumerios (tratamientos de humo y vapor) y expurgos (limpieza minuciosa, a veces sumergiéndolas, de embarcaciones y mercancías). También se vigiló que se cumplieran las normas de aislamiento entre patentes (zonas de la instalación en las que se internaba a los viajeros según el avance de su enfermedad) y respecto al exterior del propio lazareto, protegido por una doble muralla y con un portero como único contacto con el pueblo de Es Castell, a alrededor de un kilómetro por mar. Pero, aunque la distancia social hubiera sido eficaz contra la propagación de otras epidemias, en este caso nada pudo hacer contra los contagios producidos por un mosquito que, llegado a bordo de alguno de los bergantines, fragatas o goletas fondeados junto a la instalación, se pudo reproducir hasta que llegó el frío. Seguir leyendo  

Cuando la fiebre amarilla invadió el Lazareto de Mahón en el verano de 1821, los miembros de la Junta de Sanidad encargados de su administración no entendían qué podía estar sucediendo. Los guardias, desde sus cinco torres, seguían gritando “¡que corra el aire!” a los cientos de marineros, pasajeros y comerciantes que entonces cumplían cuarentena, se redoblaron los esfuerzos purificadores con continuos sahumerios (tratamientos de humo y vapor) y expurgos (limpieza minuciosa, a veces sumergiéndolas, de embarcaciones y mercancías). También se vigiló que se cumplieran las normas de aislamiento entre patentes (zonas de la instalación en las que se internaba a los viajeros según el avance de su enfermedad) y respecto al exterior del propio lazareto, protegido por una doble muralla y con un portero como único contacto con el pueblo de Es Castell, a alrededor de un kilómetro por mar. Pero, aunque la distancia social hubiera sido eficaz contra la propagación de otras epidemias, en este caso nada pudo hacer contra los contagios producidos por un mosquito que, llegado a bordo de alguno de los bergantines, fragatas o goletas fondeados junto a la instalación, se pudo reproducir hasta que llegó el frío.

Varios documentos de la época ayudan a comprender el terror con que se vivió aquel episodio. En ellos se acusa al médico del Lazareto de “cobardía” al negarse a “aliviar las aflicciones de los infelices dolientes” y a los religiosos de la zona, tras enfermar el párroco correspondiente, de manifestar “espíritu lucrativo más que celo caritativo” cuando exigieron grandes sumas de dinero a cambio de hacerse cargo de los servicios religiosos durante el desastre. Con 112 muertos entre los 546 internos y 5 entre los 49 trabajadores del lazareto, el periodo de agosto de 1821 a noviembre del mismo año fue el más negro para un dispositivo que solo llevaba cuatro años funcionando de manera regular y que tenía encomendado proteger la salud tanto de la ciudadanía como de sus internos. Y es que, a pesar de que el conocimiento científico disponible entonces no permitía contener muchas de las afecciones más graves, lazaretos como el de Mahón o el de Marsella (considerado su precursor) formaron parte de una novedosa primera línea defensiva contra la enfermedad que los estados europeos más involucrados en el comercio marítimo pusieron en marcha durante el siglo XVIII.

Si bien los lazaretos existieron (más como leproserías o morberías dependientes de órdenes religiosas) desde las grandes epidemias medievales de peste o cólera, la construcción de instalaciones pabellonarias como esta, pensadas para la observación y cuarentena de todos los viajeros y no solo para el encierro de los ya infectados, respondió a un cambio de modelo guiado por los ideales de la Ilustración. Así como la prisión racionalista supuso un avance hacia los sistemas penales modernos, los grandes lazaretos y hospitales iniciados durante el siglo XVIII con vocación asistencial y científica (y no caritativa) fueron las primeras infraestructuras de unos incipientes sistemas nacionales de salud pública.

Una red internacional para salvaguardar el comercio y la salud

Fidelius, el hombre de bronce que custodia la entrada al Lazareto de Mahón, está rompiendo las cadenas de la enfermedad. La escultura, instalada durante los años cuarenta del siglo XX y dedicada a científicos como Koch y Pasteur, recibe a quien desembarca en la actual isla. Y es que, después de que Carlos III aprobara el proyecto en 1786, el lazareto comenzó a construirse en una península, pero la comunicación por tierra con Menorca quedó interrumpida en 1896 cuando, para facilitar la navegación, se construyó el Canal de San Jorge. De esta forma, el lazareto ocupa una isla dentro de otra isla y esta estructura fractal se repite en su interior.

Desde el Mediterráneo, con la Mola (siglo XIX) al norte y el Castillo de San Felipe (siglo XVI) al sur, el Lazareto parece la tercera de las fortalezas que protegen la bocana del puerto de Mahón. Pero, a pesar de sus torres y murallas y de que ha recibido usos muy distintos (prisión para soldados franceses capturados en Bailén en 1808, acuartelamiento de tropas inglesas o escenario para un festival de música en 2022…), dentro todo responde a la función para la que fue construido. Durante una visita a pie, la división no queda tan clara porque los dobles muros interiores fueron rebajados, pero, sobre plano, las tres secciones o patentes (más un cementerio y una zona para el ganado) se distinguen a primera vista.

Con las tres patentes (sospechosa, sucia y apestada) preparadas para funcionar de manera casi independiente de un conjunto, a su vez, autónomo respecto al exterior, la clave de este diseño es la compartimentación, tal y como explica Joaquim Bonastra, geógrafo y autor de numerosas publicaciones académicas sobre la materia: “El lazareto se parece a la prisión porque va tendiendo a compartimentarse cada vez más. Hay lazaretos enormes con gente de numerosos barcos, llegados de diferentes sitios con situaciones muy distintas; así que todos deben tener sus propios alojamientos. Los hospitales y lazaretos pabellonarios aparecen en un momento en que se ha quemado el Hotel Dieu de París, que estaba justo al lado de Notre Dame. Estamos en el siglo XVIII y este hospital todavía era muy hospicio. Entonces, una especie de concurso para pensar cómo deberían ser los nuevos hospitales da lugar a dos propuestas o tipologías: en pabellones o cruciforme (pero con más aspas que durante el Renacimiento). El lazareto pabellonario, como el de Mahón, tiene muchas ventajas porque permite sucesivas compartimentaciones y ampliaciones”.

Tanto la patente sospechosa (para tripulantes de barcos procedentes de zonas inciertas), como la patente sucia (para aquellos que hubieran tenido contacto con enfermos, bien en origen o durante la navegación, pero sin síntomas) disponen de sus propios pozos, huertos, aposentos, almacenes abiertos, cocinas y enfermerías para dolencias comunes. En la patente sospechosa, además, se encontraban las mejores habitaciones individuales para pasajeros adinerados u oficiales, mientras que en la sucia estaba la Torre del agua que, mediante una noria movida por mulas, hacía circular el agua de un aljibe para labores de limpieza por todos los edificios. La comunicación con el exterior solo se podía producir, a gritos, a través de unos locutorios enrejados que establecían dos metros de separación entre visitante e interno. La única instalación compartida entre patentes era la capilla central.

La capilla del Lazareto forma un perfecto panóptico. Estas estructuras, tal y como las diseñó el filósofo inglés John Bentham, permiten que un solo individuo situado en el centro (el vigilante), pueda ver a todos los que le rodean y ser visto por ellos sin que estos puedan interactuar entre sí. Ideado como dispositivo de control (el filósofo Michel Foucault defendió que el panóptico era el modelo seguido por cualquier estado moderno para vigilar a sus ciudadanos), en este caso servía para que el sacerdote, ocupando el lugar del vigilante, pudiera celebrar la misa desde un lugar visible pero aislado de los posibles enfermos.

El Lazareto de Mahón y su convulsa historia

En un ensayo publicado en 1789, el filántropo inglés John Howard escribió las siguientes consideraciones tras un viaje por los lazaretos de Europa: “Los capitanes que comercian en el Levante se quejan de que el ánimo de sus pasajeros decae ante la perspectiva de verse confinados. En aquellos lazaretos que he visitado, he observado a personas pálidas y abatidas y muchas tumbas recientes. Para evitar en la medida de lo posible estas circunstancias desagradables, un lazareto debería tener el aspecto más alegre posible. Un jardín espacioso y agradable, en particular, sería tan conveniente como saludable”. Se podría decir que el Lazareto de Mahón, posterior a los visitados por Howard, tiene hoy ese aspecto alegre, aunque los pinos que actualmente están por todas partes datan de mediados del siglo XX (mientras hubo cuarentenas, se consideró que la vegetación podía impedir la valiosa renovación del aire). En cualquier caso, a pesar de su belleza y complejidad, menos viajeros de los previstos pudieron aprovechar estas instalaciones, infradotadas de personal y medios debido a las sucesivas crisis que España atravesó durante el siglo XIX: “Había muy poco personal y el Lazareto de Mahón se utilizó poco. Estaba permitido hacer la cuarentena en el barco atracado junto a la patente correspondiente, y mucha gente lo hacía así porque por permanecer dentro había que pagar más. Así que a veces solo bajaban las mercancías”, explica Bonastra. ¿Y se sabe hasta qué punto fueron eficaces estas medidas? “Algunos lazaretos contribuyeron al avance de la medicina de un modo práctico. Los tiempos de la cuarentena fueron variando: empezaron siendo cuarenta días, que es algo que viene de los períodos de purificación de la Biblia y después, se dan cuenta de que bastaban menos días para distintas enfermedades. En el siglo XIX estas cuestiones se debatían durante congresos de higiene. Se buscaban acuerdos entre estados europeos para tener reglas eficientes que, al mismo tiempo, no fueran un impedimento para el comercio porque cualquier mercancía inmovilizada elevaba su precio. Se trataba de hacer un balance entre prevenir las epidemias y permitir el flujo comercial y formaban parte de un gran entramado de personas e instituciones que fueron relativamente eficientes y que duraron hasta principios del siglo XX”, responde el profesor e investigador.

De hecho, ya a finales del XIX los avances en microbiología habían dejado obsoletos muchos de los procedimientos del Lazareto de Mahón, que fue modernizado entre 1909 y 1917. Es en esos años cuando la patente apestada es clausurada definitivamente (por considerarse poco más que un moridero) y varios almacenes de la zona sucia son convertidos en laboratorios y salas de baño y desinfección (con instrumental y maquinaria todavía visible). En 1919 atraca el último bajel que realiza una cuarentena y, aunque se intentaron usar las renovadas instalaciones como hospital, pronto se descarta esta opción pues plantea muchos problemas logísticos. Así que, tras el paso de más de 13.000 barcos y 300.000 internos, el Lazareto de Mahón deja de funcionar como espacio cuarentenario poco más de 100 años después de su puesta en marcha.

Aunque algunas zonas del enorme complejo (como la patente apestada) quedan definitivamente abandonadas, otras empiezan a recibir usos recreativos o culturales: entre 1920 y 1936, el lazareto se usa para acoger colonias de escolares y alrededor de 1967, el Ministerio de Sanidad lo transforma en una residencia de verano para sus funcionarios. Declarado Bien de Interés Cultural en 1993, el Lazareto pasa a manos del Consell Insular de Menorca en 2015 que lo dedicará a eventos culturales y científicos. Actualmente, además de visitas turísticas, en el Lazareto se celebran cada año actividades como la Escuela de Salud Pública de Menorca, que reúne a médicos y gestores de todo el mundo, o Quarantine, un “purgatorio para artistas” durante el que decenas de pintores aprovechan las instalaciones de la isla para revisar, en compañía de mentores, su proceso creativo.

Teresa Ruíz, que tiene 53 años y trabaja en el Lazareto desde los 18, fue una de las últimas personas que vivió allí. Recuerda el bullicio de los años durante los que aquel era un lugar de vacaciones para funcionarios, con más de 60 trabajadores y grupos de 200 visitantes que se renovaban cada quincena, y los largos inviernos, cuando soplaba la tramontana y un par de familias se quedaban aisladas en la isla, junto a los fantasmas. ¿Que dónde hay fantasmas? Ruíz, como el resto de trabajadores lo tiene claro: “En el B”, uno de los edificios para tripulación de la patente sucia. Allí, según cuentan, el aire pesa, los pestillos se desbloquean solos y nadie quiere entrar de noche. Un solo edificio encantado es una buena tasa para un complejo con más de veinte edificaciones, y es que el Lazareto, a pesar del episodio de fiebre amarilla, fue siempre un lugar de ciencia y esperanza antes que de muerte.

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