Sara Baras por bulerías en Times Square. Eva Yerbabuena atravesando con parsimonia un paso de cebra de Manhattan. Manuel Liñán, o el arte con mayúsculas y con bata de cola. Rosario la Tremendita, chupa de cuero y bajo eléctrico, tan moderna como Rocío Márquez. Son sólo algunas muestras del Flamenco Festival, que ha puesto en pie de nuevo al público de Nueva York en su 25ª edición.
Durante tres semanas 16 espacios culturales de la ciudad han ofrecido 40 espectáculos con la participación de 180 artistas
Sara Baras por bulerías en Times Square. Eva Yerbabuena atravesando con parsimonia un paso de cebra de Manhattan. Manuel Liñán, o el arte con mayúsculas y con bata de cola. Rosario la Tremendita, chupa de cuero y bajo eléctrico, tan moderna como Rocío Márquez. Son sólo algunas muestras del Flamenco Festival, que ha puesto en pie de nuevo al público de Nueva York en su 25ª edición.
Fundado por Miguel Marín en 2001, la presente convocatoria, que concluye el domingo con el baile de Olga Pericet ante el cuadro de la mítica Carmencita del Met, ha ofrecido en tres semanas 40 espectáculos en 16 espacios distintos, del Met o la Biblioteca Pública al teatro de Mihail Baryshnikov, y contado con la participación de 180 artistas de 16 compañías.
Bodas de plata al margen, la edición de este año celebra también el legado de una realidad que empezó a finales del siglo XIX, cuando empezó una relación marcada por la modernidad, la curiosidad y la admiración mutuas. La ciudad y el género comparten características: la libertad, la diversidad, la inclusión y a la apertura a lo nuevo, mientras que Nueva York ha sido siempre un puerto seguro para exiliados, como la Argentinita, o genios como Lorca, cuyo nombre es consustancial al flamenco.

Al crear el festival, Marín quería mostrar el pulso creativo del presente, pero también acompañar la transformación del género con nuevas propuestas estéticas y conceptuales. El flamenco como lo que es: tradición y evolución en una work in progress continua. “Si algo tiene Nueva York es que un público muy abierto, sientes la posibilidad de una libertad de expresión total. Es una historia de amor muy correspondida”, dice Marín, que se enamoró del flamenco precisamente en un pequeño tablao de Nueva York.
Veinticinco años es una fecha redonda para mirar hacia adelante, pero también por el retrovisor: nada de lo que se ha visto ahora sería posible sin los predecesores a los que Nueva York ofreció el sustrato perfecto. “En 1890 una de las grandes divas de la ciudad fue Carmencita, que tiene retratos en el Met, y la primera imagen de una película de Edison fue de ella bailando flamenco. Es una relación infinita y una ciudad que ha influido mucho en el flamenco. Esta edición celebra estos 25 años, pero también se los dedica a esos pioneros que hicieron que el flamenco fuera admirado. Un arte con las raíces en el pasado pero que mira hacia el futuro”, añade el director del festival.

Pero ¿a qué se debe este arraigo? “Es la música más importante que ha dado España al mundo desde el siglo XIX. Y son, sobre todo, extranjeros, los que más la buscan y la aprecian. ¿Por qué EE UU —lugar que entiende, además, de grandes músicas urbanas, el blues, el jazz, el rock— iba a ser una excepción?”, apunta José Javier León, profesor universitario y autor de varios libros sobre flamenco, que ha participado en el festival con una conferencia sobre La Argentinita.
Pero ¿por qué los pioneros eligieron Nueva York y no cualquier otro lugar? “Nueva York se convirtió pronto en la nueva París, como polo de atracción flamenco y como centro de creación. Teniendo en cuenta que el arte musical andaluz se configura en los años sesenta del siglo XIX, podemos decir que tiene presencia estadounidense desde muy temprano. Nombres enormes del flamenco prosperaron aquí: Antonia Mercé, la Argentina, Vicente Escudero, Carmen Amaya, Encarnación López Júlvez, la Argentinita; su hermana Pilar López, José Greco, que era italiano; Faíco, Carlos Montoya, Rosario y Antonio el bailarín, Sabicas, Paco de Lucía…”. Elegir a uno solo como figura definitoria implicaría “un matiz subjetivo, de gusto personal”, apunta León.
Nueva York, asegura Marín, tiene un papel muy activo en el crecimiento del flamenco. “Es muy bonito ver cómo la ciudad acompaña las propuestas de ampliación del género”, en diversidad conceptual, pero sin perder las esencias (aunque a menudo la evolución implique también romper normas). “La experiencia que se tiene del flamenco fuera de España es transformadora, también para nosotros mismos, [ver] lo que ha evolucionado en estos años, el nivel de genialidad, la riqueza de expresiones… de todo esto te das cuenta cuando lo ves fuera. El nivel de honestidad y de verdad se mantiene, pero con los códigos de hoy”, explica Marín.

Resulta imposible citar a todos los artistas de esta edición, pero, por citar sólo algunos, merecen una mención los participantes en la Fiesta Flamenca que se celebró en el teatro de Baryshnikov por el momento de magia que propiciaron: ver al célebre bailarín de origen ruso entregado, arrancándose a bailar y dar palmas con los artistas (el consagrado Manuel Liñán, el joven Juan Tomás de la Molía, la elegante Mara Rey, entre otros) fue uno de los momentos más flamencos del festival. Fue el propio Baryshnikov, recuerda Marín, el que se había dirigido a los organizadores en demanda de un espectáculo para su teatro.
También fue muy flamenco el espectáculo de La Tremendita, protagonista para muchos de la última gran revolución del cante jondo, al exhortar a cantar —a vivir— Sin prisas, título de uno de los temas de su espectáculo, por todas y cada una de las calles de la ciudad, “como terapia de grupo”.
La libertad como esencia del género resuena especialmente en la que puede ser la única —y quién sabe si última— ciudad libre de EE UU, no ajena a la vasta ofensiva trumpista contra todo lo extranjero. Nueva York aparece así, ahora y hace un siglo, como una forma de resistencia a la guerra, el fascismo y el exilio, como demostró la vida de la Argentinita, que halló refugio en la ciudad tras perder a su “hermano” Federico García Lorca.

“Yo no tengo duda de que el flamenco y la libertad han ido siempre de la mano. Es cierto que los regímenes autoritarios, y no solo, han intentado siempre y en todo lugar apropiarse de las manifestaciones de la cultura popular y manipularlas a su favor, porque saben de su fuerza, de su capacidad de afectar a las masas. Ocurrió con las grandes músicas populares urbanas del siglo XX, el fado en Portugal, el flamenco y la copla en España, el tango en Argentina, incluso el bolero en México…”, señala José Javier León. “Pero estoy por decir que la libertad de la que ha hecho gala históricamente el flamenco, así como el refugio que el mundo flamenco ha solido ser para la disidencia, por ejemplo, sexual, han sido proverbiales”.
“Nueva York y la libertad son, o han sido, un tándem histórico y mítico, qué duda cabe. Con matices, pero así es. ¿Lo seguirán siendo por mucho tiempo?”, se pregunta no sin temor el experto. León recuerda la impronta en el flamenco de Lorca, cuyas colaboraciones “a veces sin dejar constancia de su nombre, con la Argentinita e Ignacio Sánchez Mejías tuvieron una trascendencia que llega hasta hoy”. “Contradiciendo a algunos buenos aficionados, yo afirmo que de Lorca no se sale” al abordar el flamenco, concluye el experto.
De esa libertad integral que abraza a todos, en el flamenco y en la ciudad, puede dar buena fe el cuadro de una flamenca desconocida, pero prototípica —faralaes, peineta, mantón, pendientes de gitana—, que cuelga de las paredes del pub The Monster, ubicado en la plaza dedicada a Stonewall, donde la represión policial marcó en 1969 el punto de inflexión, de empoderamiento, del movimiento gay. El guiño de esa gitana sin nombre, pero eterna, resume la libertad sin barreras de los flamencos.
Feed MRSS-S Noticias
