De vez en cuando se escucha alguna exhalación. También alguna tímida risa. Pero el ambiente dista mucho del jolgorio gritón que suele asociarse a los espectáculos de circo. En la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid mandan la oscuridad y el silencio. No se encuentra a más de un par de niños entre el público. Sobre las tablas, seis jóvenes intérpretes juegan con sus cuerpos: los doblan, los zarandean, los golpean con delicadeza, los abrazan con violencia. Parece que no hay músculo o hueso en esas masas que se resista al movimiento controlado. Cada dedo del pie, cada ceja. Es una constante demostración de destreza, pero envuelta en una narrativa reposada que la pone a su servicio. Ahí hay amor, miedos, desgarros, atracción, sexo. Ahí hay traumas adultos, angustias, placeres. Es la compañía canadiense People Watching, incipiente referencia en el mundo del circo contemporáneo, que inauguró la semana pasada la segunda edición del festival de circo Riesgo, pensado para públicos adultos, que se desarrolla hasta finales de febrero en Madrid.
El festival madrileño Riesgo impulsa espectáculos que desafían el encasillamiento familiar de la disciplina y reclaman su lugar en la escena contemporánea como un lenguaje artístico propio
De vez en cuando se escucha alguna exhalación. También alguna tímida risa. Pero el ambiente dista mucho del jolgorio gritón que suele asociarse a los espectáculos de circo. En la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid mandan la oscuridad y el silencio. No se encuentra a más de un par de niños entre el público. Sobre las tablas, seis jóvenes intérpretes juegan con sus cuerpos: los doblan, los zarandean, los golpean con delicadeza, los abrazan con violencia. Parece que no hay músculo o hueso en esas masas que se resista al movimiento controlado. Cada dedo del pie, cada ceja. Es una constante demostración de destreza, pero envuelta en una narrativa reposada que la pone a su servicio. Ahí hay amor, miedos, desgarros, atracción, sexo. Ahí hay traumas adultos, angustias, placeres. Es la compañía canadiense People Watching, incipiente referencia en el mundo del circo contemporáneo, que inauguró la semana pasada la segunda edición del festival de circo Riesgo, pensado para públicos adultos, que se desarrolla hasta finales de febrero en Madrid.
Play Dead (Hacerse el muerto) —como se titula el espectáculo— renuncia a la forma habitual del circo y, como explica Natasha Patterson, una de las integrantes del colectivo canadiense, al “factor guau” que suele tener. Aunque hay acrobacias, platos en equilibrio y pasos sobre botellas, la destreza no es el fin, sino la herramienta de lo que se cuenta: “El paso del tiempo, la transformación que sufrimos como personas y lo que nos generan preguntas que surgen permanentemente, como ¿qué has hecho en la vida? o ¿hacia dónde vas?”, cuenta Patterson. No faltan habilidades que podrían cautivar al público infantil, pero tampoco se cortan con pequeñas referencias sexuales e incluso algún desnudo parcial. “Yo creo que los niños podrían divertirse, de hecho han venido algunos, pero probablemente no entenderán de lo que se habla. No es que no sea para niños, pero no es de niños”, termina.

La frase puede resumir lo que, para Eva Luna García-Mauriño, directora de Riesgo, hacen “la mayoría de los artistas de circo contemporáneo”, aunque en España no tengan ni público ni espacios de exposición consolidados. “El circo hace ya tiempo que salió de ese lugar, pero socialmente se sigue encorsetando en ese espacio de ser para niños, de entretenimiento, y esto es mucho más que sorpresa e ilusión”, cuenta. El problema de los artistas que escapan de esto es doble. Primero, les cuesta encontrar un hueco en el mundo de las artes escénicas de primer orden, como el teatro o la danza, y entrar en sus círculos intelectuales. “Parece que no se entiende que el circo también puede hablar de cosas inteligentes, interesantes, puede remover, puede sacudir, no tiene por qué entretener, puede no gustarte, puede incluso provocar asco”, cuenta la directora. Y, por otro lado, se aleja de los grandes públicos del circo más tradicional que utiliza como bandera su cualidad multigeneracional como sello de venta. “Ese tipo de circo al final”, dice García-Mauriño, “suele llenarse”.
Y no le falta razón. Según los últimos datos de la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España, las personas que van más al circo, con diferencia, son adultos de entre 35 y 44 años que llevan a sus hijos. Fundamentalmente a circos de carpa. Manuel González, director de la Unión de Profesionales y Amigos de las Artes Circenses (UPAAC) —que reúne a cirqueros de carpa— y productor de Circlassica, uno de los circos de carpa más populares, lo confirma. “Estamos más vivos que nunca. Ahora mismo es un buen momento de público, la gente quiere circo”, dice. Y da algunos datos que desde la asociación estiman: “Calculamos que en Madrid, anualmente, incluyendo al Circo del Sol, pueden pasar un millón y medio de personas por los circos [hay unas 30 carpas activas ahora mismo en España] y en el país entero unos tres millones”. Aunque hay algunos espectáculos para adultos en las carpas, la inmensa mayoría son familiares. “De cero a 100 años”, resume González.

A la ola de ese éxito se montan los artistas contemporáneos, creando una especie de círculo vicioso. “Es un poco hablar de autocensura”, dice la directora de Riesgo. “Muchos artistas no tienen la libertad de crear lo que ellos quieren porque tú sabes que si vas a crear un circo para adultos no hay un mercado que luego vaya a distribuirlo ni un público hecho”. El espacio que ella ha creado recibe solo a una compañía española, lo mismo que el año pasado. Esto porque, dice, faltan compañías locales y su estrategia es que los extranjeros consolidados abran camino a nuevos talentos nacionales.
Los representantes de España este año son DelsAltres, una compañía valenciana fundada hace apenas medio lustro y que, como cuenta su director, Pablo Meneu, especifica siempre que sus creaciones son para adultos. “Porque las temáticas que realizamos tienen elementos que son característicos de los espectáculos para adultos. Hay besos, escenas un poco sensuales, etc.”, explica. Su caso es particular porque, además de la compañía, dirige Creat Circ, una de las únicas cuatro escuelas profesionales de circo que hay en España y que le da la estabilidad económica que necesita para crear libremente. “He hecho un poco trampa”, reconoce, “nos ganamos también la vida haciendo espectáculos, pero no es la necesidad principal. Eso nos permitió hacer lo que nos diera la gana. Libertad artística total después de muchos años adaptando el producto al mercado y haciendo espectáculos que estaban pensados para girar, para venderse…”, cuenta.

Pero sabe que su suerte no la pueden tener todos y confirma la idea de la directora del festival. Reconoce que el mercado infantil es mayor que el de adultos y que “eso limita el trabajo creativo”. De hecho, recomienda a sus alumnos —un 90% extranjeros— que no experimenten mucho: “Básicamente les decimos: ‘No sigáis nuestro ejemplo, sobre todo ahora que queréis ganar dinero. Vuestra fórmula es calle y todos los públicos porque ahora mismo es muy difícil hacer una gira de teatros, es muy difícil si el público es adulto’. El mercado sigue mandando, y manda muy fuerte”.
¿No hay mercado porque no hay oferta, o porque la oferta no gusta? Riesgo es un festival naciente y de pequeño formato, pero no es el único que abre espacios al circo adulto. En Cataluña, capital de la disciplina en España, hay más de una decena de festivales con espacios, cada vez mayores, para estos espectáculos: desde el Grec hasta el Mercat de les Flors , o exclusivos de circo como la Fira Trapezi de Reus, uno de los más importantes y longevos del país. Sus directoras, Alba Sarraute y Cristina Cazorla, que funcionan como un tándem y responden como una misma voz, hablan de una falta de calidad. “Los artistas españoles no tienen la calidad que puede tener una compañía canadiense, australiana o francesa, pero cuando la gente realmente llega a ver un espectáculo contemporáneo de circo de calidad, sale absolutamente encantada”, dicen.
En España, para empezar, lo cuentan las directoras de la Fira, “una educación superior no existe; los artistas toman el riesgo de pagarse estudios en el extranjero y de marcharse con 20 años a profesionalizarse”. Y muchas veces no vuelven. Hasta hace muy poco, 2024 concretamente, la Ley de Enseñanzas Artísticas no reconocía al circo como una enseñanza artística oficial. Es decir, no se equiparaba su titulación, como sí sucede con otros tipos de disciplinas, a estudios universitarios.
Patterson, la artista canadiense de People Watching, reconoce que en el país en el que reside, una de las capitales mundiales del circo, también se asocia al circo con la infancia de forma automática: “Sucede en todo el mundo. Aquí si dices que haces circo, todos piensan en el Circo del Sol”, cuenta. Pero celebra las “becas del Gobierno que permiten a las compañías hacer sus trabajos sin pensar en el mercado”. Le falta decir que también hay una infraestructura pública y privada tremendamente avanzada, escuelas de calidad y universidades de élite. No hay atajos hacia la excelencia.

Para que ella pueda doblar su cuerpo como un trapo en el escenario de Madrid, tuvo que empezar a formarse en el contorsionismo a los seis años en el Centro de Circo de San Francisco. Para dominar el escenario y sus tiempos, giró antes, desde los 10 años, con el espectáculo Kooza del Circo del Sol. Para dar impecables vueltas en el aire, antes se formó en la Escuela Nacional de Circo de Montreal, una de las más prestigiosas del mundo —de donde salieron todos los integrantes de People Watching—. Y para construir un espectáculo narrativo de calidad, tuvo que vivir, comer y respirar circo durante casi los 29 años de vida que tiene. “La gente a veces se sorprende y nos dice: ‘Oh, no sabía que el circo podía ser esto”, cuenta la artista. Puede serlo. Pero el camino para que se instale en el colectivo mental del público es tan largo como el camino para crearlo. Y en esto tampoco hay atajos.
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