El cine a tres bandas de Bardem, Sorogoyen y Luengo

A veces, decantarse por unas alubias verdinas bien condimentadas para comer puede ser una de las decisiones más importantes de tu vida. Sobre todo, si es una elección conjunta, con un padre al que hace 14 años que no ves. La fuerza cremosa compartida de unas exquisitas legumbres puede ayudar a recomponer puentes destruidos o aplacar el dolor de una ausencia que, pese a estar curada, no te va a servir para recuperar el tiempo perdido.

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 A veces, decantarse por unas alubias verdinas bien condimentadas para comer puede ser una de las decisiones más importantes de tu vida. Sobre todo, si es una elección conjunta, con un padre al que hace 14 años que no ves. La fuerza cremosa compartida de unas exquisitas legumbres puede ayudar a recomponer puentes destruidos o aplacar el dolor de una ausencia que, pese a estar curada, no te va a servir para recuperar el tiempo perdido. Seguir leyendo  

Javier Bardem, Rodrigo Sorogoyen y Victoria Luengo, los tres, con ‘total look’ de Zegna.Miguel Reveriego

A veces, decantarse por unas alubias verdinas bien condimentadas para comer puede ser una de las decisiones más importantes de tu vida. Sobre todo, si es una elección conjunta, con un padre al que hace 14 años que no ves. La fuerza cremosa compartida de unas exquisitas legumbres puede ayudar a recomponer puentes destruidos o aplacar el dolor de una ausencia que, pese a estar curada, no te va a servir para recuperar el tiempo perdido.

De esos dilemas vitales —y algunos más— trata El ser querido. La nueva película de Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 44 años) indaga en la pureza interrumpida de un amor incondicional entre un padre y una hija, donde cabe toda la oscuridad que desata la incomprensión enmarañada entre versiones cruzadas. Una obra con dos protagonistas de bandera, Javier Bardem y Victoria Luengo, que ya compitió en el pasado festival de Cannes dentro de la sección oficial y que se estrenará el próximo 26 de agosto en España en cines como una producción Original de Movistar Plus.

La película muestra una historia compleja escrita por Sorogoyen e Isabel Peña (Zaragoza, 43 años), un tándem que ha revolucionado el cine español en las últimas dos décadas. Un jardín de senderos bifurcados donde todos andan perdidos en mitad de lugares volcánicos, envueltos entre discretos destellos de luciérnagas. Pistas quemadas donde los autores han querido meter a los personajes para encarar las encrucijadas de sus neuras sin señalarles claramente el camino de salida.

El ser querido es una ficción real en medio de otra inventada. La primera tiene que ver con la familia para afrontar un duelo dramático. Casi un wéstern emocional entre un progenitor y su descendiente. La otra, con el cine concebido como metalenguaje creativo, ese terreno donde Sorogoyen ha querido, de nuevo, renovar códigos, como ha hecho antes en toda su filmografía. Son territorios de arenas movedizas continuas, sobre todo para el director, la guionista y los protagonistas: cuatro artistas adictos al inconformismo.

Y el espacio propicio de ambiciones compartidas donde cumplir un sueño: trabajar juntos. Sorogoyen y Bardem no recuerdan bien quién llamó a quién. Eso denota que los dos compartían el deseo de unir sus carreras. Solo había que saber esperar. El director lo intentó paraAs bestas, su película anterior. “Pero la agenda no le cuadró”, comenta el cineasta. Bardem había visto sus películas y quería colaborar con él: “Me llamaba la atención su trabajo con los intérpretes. Crea situaciones muy valientes, audaces, y lo logra de manera muy orgánica”. Esos códigos afiladísimos retan continuamente a los actores y representan una de las características rompedoras del método Sorogoyen.

A sus 57 años, el intérprete consagrado quería inmiscuirse en esa atmósfera de superación por contagio cuyos resultados ha mostrado el director con secuencias corales ya legendarias para películas como El reino y As bestas, o las series Antidisturbios y Los años nuevos. Así, además, podía contribuir a construir un nuevo peldaño en sus respectivas carreras. Bardem, a pesar de su éxito en Hollywood, siempre ha aportado al cine que lo vio nacer como estrella y que atraviesa una brillante racha colectiva. En el pasado Cannes, la película que protagoniza acompañó en un gran cartel a la Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar, y aLa bola negra, de Los Javis, que consiguieron el premio a la mejor dirección: “Tengo mucha fe en el talento de mi país y estoy comprometido con ello. Si he trabajado fuera muchas veces es porque lo que recibía aquí no me interesaba. Pero me apetece ahora probar con varios directores y directoras dentro de este cambio generacional que atravesamos”.

“Nunca he querido vivir en Estados Unidos, siempre me quedé aquí y, por tanto, pagado mis impuestos también en España pese a lo que digan algunos en la derecha. Cuando llevas varios proyectos en otro lugar, echas de menos trabajar en tu idioma, en el ambiente donde controlas los códigos. Eso me hace estar más relajado, más tranquilo. En un rodaje americano debes adaptarte a su cultura, sus tiempos. Todo cambia, se da otra interrelación. Allí anda cada espacio más dividido y compartimentado. Se reduce a puro trabajo, queda poco terreno para otras cosas. En España adoro esa cultura del abrazo, del beso de la despedida que dura cinco minutos o el humor que salta en los momentos de tensión…”.

Sorogoyen se identifica con eso. Han conectado fácilmente: “Pongo mucha energía en relajar el ambiente. Prefiero el buen rollo. Eso no choca con que seamos profesionales, pero a mí, cualquiera que tenga una mala cara en el rodaje, me fastidia. No quiero gritos. He dejado de trabajar con algunos por eso”.

Con Victoria Luengo, repite. La actriz protagonizó Antidisturbios a base de una contundencia capaz de arredrar a toda una manada de machos con porra, casco y placa. Junto a la intérprete comenzaron Peña y Sorogoyen el germen de El ser querido un día que se fueron a cenar después de viajar a Bilbao para verla actuar en el teatro. Tras la función, hablaron de sus respectivas relaciones entre padres e hijos. “Ya entonces empezamos a soñar con Bardem”, confiesa el director.

Lo hicieron como una conjura de anhelos compartidos. De esas que te llenan el depósito para seguir adelante y lograr la meta. Aquello ocurrió en 2021. En cinco años, el proyecto está servido en pantalla con Luengo como protagonista, por descontado. Lo primero que trazaron fue una biografía de los dos personajes. El pasado de Emilia, a quien da vida la actriz, estuvo en el proceso desde el germen. “Inventamos lo que le había ocurrido desde que nació, cómo afrontó desde niña su relación con su padre, su vida sentimental, su sensación de abandono”, cuenta Luengo. Detalles que construyó junto a Sorogoyen y Peña pero que no desvelarían a Bardem, como tampoco ella iba a conocer esas mismas partes de la biografía paterna en la versión que manejaría Javier. “El guion está desde el principio concebido para los dos. Para sus cuerpos, sus voces y sus miradas”, afirma Peña. “Aunque eso también fuera un riesgo. Me refiero al hecho de escribir cuando sabes que ellos representan la única manera de contar esta historia”.

Debía convertirse en una película cargada de verdades propias que, cuando se verbalizaran, produjeran sorpresa en la reacción del otro. Y así fueron tramando un juego con el que trabajar. Para empezar, desde la crucial primera escena. Apenas se conocían los dos actores. Los presentaron en una fiesta organizada en casa de la guionista. A partir de ahí, pactaron que no tendrían más contacto hasta empezar ante las cámaras ocho meses después.

“A mí me gusta rodar cronológicamente, así que la primera escena fue su primer encuentro después de 14 años”, comenta Sorogoyen. En un restaurante. Lo habían preparado por separado, sin ensayar conjuntamente. Pidieron lo que había en la carta. Las cámaras los aguardaron discretamente. Tenían unas pautas de guion de unos 10 folios, pero estuvieron actuando hora y media, es decir, el equivalente a 90 páginas. Un primer contacto para el arranque del filme del que en el metraje final quedan 20 minutos de explosión química conjunta.

Previamente, Emilia tenía previsto recibir una llamada de Esteban, su padre, para la cita. Debía ser real: “Pues, imagínate, sentarme a rodar con Bardem por primera vez en mi vida sin haber ensayado. Estaba impactada, pero ocurrió algo precioso. Igual de nerviosa me sentía cuando debía esperar el día anterior a que él marcara el teléfono. Me había guardado su número como Padre y en ese instante, cuando sonó el móvil, lo registré todo de manera verídica y en presente dentro de mi recuerdo”.

Así fue, de entrada, como Bardem comprobó lo que significa el trabajo con Sorogoyen: “Asume todo el riesgo para crear una atmósfera de libertad creativa con unos cimientos muy sólidos. De esa forma proporciona al actor un espacio muy grande para crear. Rodrigo es un magnífico director de actores y, además, como Fernando León de Aranoa, un gran montador».

Eso ahonda en la confianza, dice el intérprete. “No soy tan consciente de dar o no dar nada en concreto, creo una experiencia y confío en que eso se usará de la mejor manera en el resultado final. No es fácil confiar, pero desde que hablé con él y con Isabel confié. Cuando me propuso rodar así la primera escena, ya me retó a ir a por todas. Denotaba en él todo un proceso que apuntaba sistemáticamente a la verdad, a lo imprevisible”.

En la escena de partida el planteamiento es muy sencillo. De esa manera queda libre todo el terreno para llenarlo de complejidad. Ese agujero negro que puede llegar a convertirse, entre un padre y una hija, nada menos que en 14 años sin verse. Ella, de niña a adulta, viviendo en un piso compartido y con trabajos esporádicos en su carrera de intérprete, a la que no sabe si llegó por vocación o por la rabia de querer demostrar algo a un fantasma ausente. Él, como hombre maduro cargado con sus charcos de irresponsabilidad, ajeno a casi todo menos a su ego y triunfante en el cine, con un premio Oscar que ella le vio recoger por televisión y dedicárselo a otra pareja y a otros hijos. El prestigio ganado ante los demás y una legión de admiradores desconocidos resulta tan grande como el descrédito ante su hija. Por eso decide volver a Madrid para saldar una deuda y le hace una oferta: un papel protagonista como actriz en su nueva película.

Es una estrategia para construir puentes, no para pedir excusas. “Esteban es un hombre inteligente, pero no siente que deba hacerlo, simplemente sabe que, en esa etapa de su vida, necesita recuperar a su hija”, afirma Isabel Peña. “La película está escrita por dos creadores que son hijos, un punto de vista específico que no les nubla la visión desde otro ángulo”, dice Sorogoyen. “Desde la experiencia compartida. Hemos confiado también en que ellos se entreguen mucho y desarrollado a tope el concepto de culpa. Somos muy judeocristianos en ese sentido. Isa y yo lo hemos hablado”.

A partir de esos elementos, se cruzan ilusiones y rencores. Justificaciones permanentes que no cubren del todo el saldo de la frustración. Y una incapacidad enfermiza a la hora de pronunciar la palabra perdón porque te la arranca de la boca la ceguera de tus razones… Dos personajes obligados en ese cruce a hurgar dentro de sí mismos. Como padre, como hija. Por separado y a la vez, entregados a la mediación de un sándwich envuelto en la rigidez ruidosa del papel de aluminio.

En el caso de Luengo, una Emilia que define compleja y a la que ha aportado experiencias y emociones conocidas. “Quizás no te pueda contestar en toda su dimensión lo que es el abandono, pero sé cómo te sientes al ser abandonada. Es un tema troncal en la película. Las cosas adquieren sentido cuando te afectan, como las sientes”. O, como dice Isabel Peña al referirse al asunto: “La herida que representa el nutriente de su personaje”.

En El ser querido, la actriz asume un rol paradigmático que le ha hecho adentrarse en un autoanálisis particular: “Creo que soy una buena hija, pero he sido muchas diferentes según la época. Eso ha dependido del grado de entendimiento del panorama familiar y de mi propio nivel de conciencia como tal. Cuando lo asumes, resulta difícil. Son relaciones complicadas, las familiares. Ponemos dentro mucho espejo. Crees que hay algo a lo que te quieres parecer y no cuadra. A mí me cuesta mucho traducir qué espero de mis vínculos paternofiliales. Son preciosos, pero confusos”.

Y pueden generar daños por todas partes. Un reguero de dolor por las expectativas que nunca se cumplen. Bardem llegó, en ese sentido, con los deberes frescos por la terapia a la que se había sometido el día anterior a nuestro encuentro en Madrid: “Voy a mis sesiones básicamente para eso, para desmontar cosas que me han hecho creer. Relatos ya urdidos que no dejan de construir un carácter basado quizás en fidelidades erróneas e inconscientes. Aunque las repudies, se convierten en códigos que te atrapan”.

La familia construye esas lealtades intergeneracionales, sostiene el actor: “Seguir el camino de…, aunque sepas que está mal. A veces hay que romperlo”, afirma. “Yo, por ejemplo, soy un padre presente y el mío no lo fue. Mis hijos son lo más importante del mundo, doy mi vida por ellos, aunque a veces me saquen de quicio y yo a ellos. Lo sé. Cada dos por tres”.

Esa doble circunstancia ha aportado mucho a la construcción de su personaje para el actor, casado con Penélope Cruz, junto a quien tiene dos hijos: Leo y Luna, de 15 y 13 años. “Si no fuera padre, habría resultado diferente. Existe una conciencia de la dimensión del amor a un hijo que no es teórica, sino física. Me cuesta imaginar la figura en mí, ahora, de un padre ausente, aunque el mío lo fuera”, dice el hijo de la actriz Pilar Bardem. “Eso me ayuda, por otra parte, a empatizar con el personaje de Victoria. Las razones de la ausencia de mi padre y las de Esteban no eran las mismas, pero sí las sensaciones. Te atraviesa el dolor y de ahí creas la imagen de una presencia. Yo, como padre, soy diferente al personaje. Muy pesado, me pueden mucho el contacto, los abrazos”.

Y volvemos a los espejos… “En ellos te miras y te reflejan una imagen que debes replantearte”. La paternidad obliga a abandonar muchas veces aquel que fuiste. “Puedes haberte creado una manera de ser que te ha servido para andar por ahí. Peleona, incluso. Los hijos, en cambio, te piden que bajes las armas, que te relajes. Muchas veces, lo único que te exigen es, simplemente, que estés y te muestres paciente, que seas capaz de manejar tu impotencia”.

Esa transformación puede dar lugar a mucha franqueza con uno mismo y, en el caso de un actor, a mejorar el trabajo: “A medida que crecemos te dices: a quién quieres engañar, para qué te cuentas según qué película, qué necesidad tienes de que crean esto de ti…”. Para vencerlo, en su caso, está su espacio de creación. “Ahí me permito exponerme más. Dejas al lado el armazón y la careta social. Batallo con lo mío, con lo íntimo, para construir un resultado que le sirva a alguien. En eso siento que puedo llegar a ser útil”.

Con su repertorio de caracteres que van desde una buena ristra de villanos a seres bondadosos u otros atravesados por una mística donde caben el bien y el mal, Bardem ha demostrado sistemáticamente una versatilidad poderosa y superdotada. Lo ha sido todo dentro de una inmensidad de registros que le han convertido en uno de los mejores y más valorados actores del mundo. Pero dentro de ese enorme catálogo de laberintos psicológicos variados él nunca ha dejado de sentirse, sin más, “un niño pequeño con cuerpo de persona mayor”. ¿Cómo? “Porque tengo todavía miedos y soy muy consciente de mis limitaciones”, asegura. “Lo digo porque convivo con ello. Me siento bastante inseguro de mis capacidades, pero ahí intento manejarme y no molestar”.

Aun así, a veces, lo hace. “Sí, porque tomo decisiones también relacionadas con mi figura pública que, ya sé, acarrean mucho odio y unas agresiones nada fáciles de encajar”. Otras, trata de contagiar entusiasmo, como le hemos visto este pasado mes, siguiendo con entusiasmo y devoción a la selección española en varios partidos del Mundial de Fútbol por Estados Unidos. En cualquier caso, dice: “Siento que lo debo hacer. Soy guerrero y tocapelotas, como mi madre o mi tío [Juan Antonio Bardem, el cineasta]“. A pesar de su arrojo, generalmente meditado y consciente, hay momentos en que duda: “Llega un punto en que no sé cómo convivir con eso, pero lo hago porque estoy convencido de que merece la pena”. En cada ceremonia de entrega de premios este último año en Estados Unidos, se ha presentado con un pañuelo palestino y, con ello, ha sido prácticamente la única voz que se alzaba contra el genocidio en Gaza y Cisjordania. “Me he llevado muchas decepciones con la industria del cine a escala mundial. Cuando afirman que estamos obligados a no posicionarnos, bien, vale, digan ustedes lo que quieran, pero hemos llegado a una situación en la que no hacerlo es colocarse al lado del agresor: en el caso de Palestina, un genocidio. Resulta muy egoísta o muy cobarde”.

No quiere quedarse con la sensación de haber tenido conciencia plena de un periodo oscuro y, aun así, callarse. De todas formas, le preocupa mostrarse demasiado pesimista ante los suyos. “Somos más conscientes de lo que nos va a venir, de cómo respiramos las cosas. Y lo manifestamos a través de los discursos que soltamos en casa. Eso, a veces, se traduce en más miedo y se lo podemos contagiar a nuestros hijos”.

Aunque esta no es la única preocupación como padre: “Nuestro hijo mayor no ha tenido un móvil hasta los 14 años y no utiliza redes sociales. Pero ambos viven en un mundo tecnológico, donde merma la atención. Lo vemos. Eso me inquieta. La creatividad, estoy convencido, surge desde otro lado”. Tampoco quiere caer en el romanticismo total respecto a tiempos pasados. El actor no creció libre de peligros. “Me recuerdo con 16 y 17… Pensar ahora en las cosas que he hecho o ver que mis hijos también podrían hacerlas, en fin… No me gustaría. Intento ser lo más honesto posible. Si ellos tuvieran interés en saberlo, indagar cómo fui, les voy a decir la verdad”.

Para empezar, un estudiante con notas regulares, salvo en lo que le interesaba: “Historia, literatura, dibujo o inglés. Esto último para traducir las letras de AC/DC, Iron Maiden o Bruce Springsteen”. Pero un halo de misterio, por otra parte, nunca viene mal. En ambos sentidos. “También debemos contar con el desconocimiento que tenemos frente a cosas que hacen y nunca te van a confesar. Ojo, yo cuento con eso y no me incomoda, es más: celebro que tengan su intimidad. No son de mi propiedad y ojalá puedan contar conmigo cuando lo necesiten. He venido aquí a cuidarlos, pero no pertenecen a nadie más que a ellos mismos. Cuando caminen solos y se marchen, habrá que sentirse orgulloso. Das tu vida por ellos, pero el objetivo es que vuelen”.

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