El arte de escribir sobre arte

Convertir una imagen en palabras no es nada fácil. Desde que Homero quiso describir extensamente el escudo de Aquiles en la Ilíada, el puente entre lo visual y lo verbal es resbaladizo. La figura retórica o recurso literario que se utiliza para pintar en palabras se llama écfrasis: el arte de escribir sobre arte. En nuestro país hay muy pocos escritores que escriban de arte con rigor y deleite: la mayoría son eruditos que escriben para otros eruditos o epidérmicos que se quedan con la primera ocurrencia, sin explorar el trasfondo. De los primeros, no se entiende nada a no ser que seas otro especialista; de los segundos, todo es plano y frívolo. En otros países, como Inglaterra o Italia, hay críticos que se acercan al arte con conocimiento y lo cuentan para todos. Hay una tradición formada por sabios como Kenneth Clark o Federico Zeri que pesa en los escritores de hoy, autores que siguen su estela como T. J. Clark o Simon Schama, Vittorio Sgarbi o Melania G. Mazzuco, Mary Beard para la arqueología, entre otros, hoy ya referentes. También en Francia existe una tercera vía. Con una larga tradición, que va de Diderot a Malraux, pasando por Stendhal o Proust, el arte de escribir sobre arte se ejerce bien en el país vecino: Yasmina Reza, Pascal Quignard, Daniel Arasse son muy buenos ejemplos. Ya decía Baudelaire que para escribir sobre arte no hay nada mejor que un soneto o una elegía, y sabía bien de lo que hablaba.

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 Un día abordaremos las últimas obras de los grandes maestros como un compendio de sus vidas creativas o testamentos artísticos  

Convertir una imagen en palabras no es nada fácil. Desde que Homero quiso describir extensamente el escudo de Aquiles en la Ilíada, el puente entre lo visual y lo verbal es resbaladizo. La figura retórica o recurso literario que se utiliza para pintar en palabras se llama écfrasis: el arte de escribir sobre arte. En nuestro país hay muy pocos escritores que escriban de arte con rigor y deleite: la mayoría son eruditos que escriben para otros eruditos o epidérmicos que se quedan con la primera ocurrencia, sin explorar el trasfondo. De los primeros, no se entiende nada a no ser que seas otro especialista; de los segundos, todo es plano y frívolo. En otros países, como Inglaterra o Italia, hay críticos que se acercan al arte con conocimiento y lo cuentan para todos. Hay una tradición formada por sabios como Kenneth Clark o Federico Zeri que pesa en los escritores de hoy, autores que siguen su estela como T. J. Clark o Simon Schama, Vittorio Sgarbi o Melania G. Mazzuco, Mary Beard para la arqueología, entre otros, hoy ya referentes. También en Francia existe una tercera vía. Con una larga tradición, que va de Diderot a Malraux, pasando por Stendhal o Proust, el arte de escribir sobre arte se ejerce bien en el país vecino: Yasmina Reza, Pascal Quignard, Daniel Arasse son muy buenos ejemplos. Ya decía Baudelaire que para escribir sobre arte no hay nada mejor que un soneto o una elegía, y sabía bien de lo que hablaba.

Estas elucubraciones vienen al hilo de la reedición de un libro que marcó mi juventud: Maestros antiguos. Comedia de Thomas Bernhard (Cátedra). Cuando lo leí por primera vez, a finales de los ochenta, estaba estudiando Historia del Arte en la Universidad de Barcelona, donde conocí un formalismo elemental y una obsesión iconológica y sociológica que poco me interesaban. En las diapositivas que los profesores proyectaban con el interludio mecánico de un disparo, las obras maestras quedaban reducidas a triángulos y panfletos políticos en una visión burocrática del arte. Me aburría tanto que opté por refugiarme en la vecina Facultad de Bellas Artes para acudir de oyente al seminario que impartía el profesor José Milicua, único discípulo español del gran crítico italiano Roberto Longhi, sobre cómo mirar un cuadro. Allí, el profesor diseccionaba un solo cuadro durante una hora para salvar la primera imagen y adentrarse en el mundo condensado que escondía e interpretarlo con un poso de conocimiento inaudito. Con su leve voz, a medio camino entre el niño tímido y el veterano seductor, Milicua en sus lecciones magistrales, fundía el arte con la historia, la literatura, la filosofía, la música y, sobre todo, con la vida; es decir, con el ser humano que lo había creado. Nos invitaba a un festín humanístico a propósito del arte y nos exhortaba a mirar para luego escribir, y no al revés. Entonces entendí que mirar es una forma de pensar. Es más, quizás es una forma de ser, pensé, pienso.

Mientras me debatía entre el tedio y la alegría, como una revelación, surgió Maestros antiguos, este libro seminal de Bernhard escrito en 1985, su última obra. Es su testamento estético narrado en un tono casi de salmo, una reflexión sobre el proceso creativo. Tres personajes se relacionan en un espacio cerrado, el Kunsthistorisches Museum de Viena, en la sala Bordone, delante de El hombre de la barba blanca, de Tintoretto: Reger, un octogenario crítico musical que escribe para el Times; Atzbacher, joven filósofo que escribe una novela que no acaba nunca,e Irrsigler, vigilante de la sala. Y lo hacen durante pocas horas de la mañana y a una temperatura ideal de 18 grados centígrados. Bernhard utiliza el texto como un atestado y relata con precisión policiaca los hechos y las opiniones del viejo Reger, que ejerce su auctoritas estética, creando un juego de espejos y de miradas, polifónico, en esta elegía final que le permite tratar a sus demonios: los historiadores del arte y guías de museos como aniquiladores del arte o charlatanes; la imposibilidad del arte para superar la naturaleza; los artistas vendidos al dinero y a la fama; la quimera de lo original; el azote de lo falso; el arte como mentira y no como refugio; y la feroz crítica a Austria y los austriacos, marca de la casa, como lo peor de Europa.

En 2003, me reencontré con Maestros antiguos en forma de adaptación teatral, muy bien llevada a escena por el dramaturgo Xavier Albertí en el teatro Romea de Barcelona. Conecté con la visión del mundo como una caricatura y el esperpento que nos propone Bernhard como un Valle-Inclán de nuevo cuño. Coincidí con la mirada de Reger, magistralmente interpretado por el malogrado Carles Canut, un alter ego de Bernhard, y cacé al vuelo algunas ideas que no había retenido la primera vez, especialmente que la infancia es un infierno y que lo solemne acostumbra a ser ridículo. Entonces pensé que quizás Bernhard, en boca de Reger, tiene razón cuando dice que hay que leer fragmentariamente y no querer comprender la totalidad. Es el mecanismo de descomposición y desintegración, ideario intelectual de Reger-Bernhard: no hay que leer nada completamente, estudiar nada detalladamente, porque todo análisis crítico detenido origina una inefable decepción. Por eso, la “verdadera inteligencia no conoce la admiración”. En el fragmento y la mirada limpia está el placer estético menguado por la obsesión del todo y el fetiche.

Releo ahora por tercera vez esta última novela del maestro austriaco en esta edición rigurosa y descubro que hay algo de confesión sobre el necesario final, un memento mori en palabras. Un día abordaremos las últimas obras de los grandes maestros como un compendio de sus vidas creativas o testamentos artísticos. Con algunos escritores pasa como con algunos pintores —Tiziano o Rembrandt, por ejemplo—: que se reservan lo mejor para el final, en un compendio de la experiencia. Algo similar hizo el cineasta Luchino Visconti en Confidencias(1974), su última película. Un profesor jubilado vive en un palacio romano y tiene un enfrentamiento con una vulgar familia italiana que alquila el ático del mismo edificio y perturba su vida solitaria: la alta cultura contra la mundanidad, el ayer contra el hoy. El film está inspirado en la figura del profesor Mario Praz, un crítico y esteta anglófilo italiano que bien podría figurar en el canon de los que saben escribir sobre arte y, en su caso, también sobre literatura. A Praz no le gustó la película. Me lo contó el fino crítico cubanoitaliano Alvar González-Palacios, que llevó a Praz al estreno. Al salir, el viejo profesor se quejaba de que los cuadros que había visto en pantalla eran falsos y decía que él era más agraciado que el protagonista, Burt Lancaster, ni más ni menos.

He regresado a Maestros antiguos como vuelves a una obra cumbre, donde siempre encontrarás algo nuevo porque es, por definición, una obra abierta. Me ha costado tres lecturas encontrar el corazón de la trama, en el que palpita todo el edificio intelectual de Bernhard. Hacia el final de la narración, Reger está tratando lo cursi, a propósito de unos muebles modernistas y cuadros de Klimt y Schiele que coleccionaba su mujer, y dice: “Finalmente no encontramos ya ningún placer en el arte, como tampoco en la vida, aunque sea muy natural, porque con el tiempo hemos perdido la ingenuidad y con ella, la tontería”. Ciertamente, la mirada ingenua produce la fruición estética que el conocimiento mata.

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