Cómo funciona el primer centro educativo de cine para adolescentes vulnerables en Madrid

Se mueven por las calles del centro cultural Matadero, en Madrid, con grabadoras, pértigas y claquetas. Son los alumnos, en acción, de la Escuela Dentro Cine, el primer centro educativo de cine terapéutico y gratuito de Madrid dirigido a adolescentes en riesgo de exclusión social. Que estén aquí un miércoles por la mañana es fruto de la fe ciega de Pedro Sara (Cáceres, 48 años) y Violeta Pagán (Madrid, 48 años) en el poder del movimiento para transformar situaciones. “Muchas veces la visión que tenemos de nosotros mismos es fotográfica. Cuando conseguimos que se mueva, damos la oportunidad a reescribir nuestro pasado a pesar de los acontecimientos y afrontar un futuro”, dicen.

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 Se mueven por las calles del centro cultural Matadero, en Madrid, con grabadoras, pértigas y claquetas. Son los alumnos, en acción, de la Escuela Dentro Cine, el primer centro educativo de cine terapéutico y gratuito de Madrid dirigido a adolescentes en riesgo de exclusión social. Que estén aquí un miércoles por la mañana es fruto de la fe ciega de Pedro Sara (Cáceres, 48 años) y Violeta Pagán (Madrid, 48 años) en el poder del movimiento para transformar situaciones. “Muchas veces la visión que tenemos de nosotros mismos es fotográfica. Cuando conseguimos que se mueva, damos la oportunidad a reescribir nuestro pasado a pesar de los acontecimientos y afrontar un futuro”, dicen. Seguir leyendo  

Se mueven por las calles del centro cultural Matadero, en Madrid, con grabadoras, pértigas y claquetas. Son los alumnos, en acción, de la Escuela Dentro Cine, el primer centro educativo de cine terapéutico y gratuito de Madrid dirigido a adolescentes en riesgo de exclusión social. Que estén aquí un miércoles por la mañana es fruto de la fe ciega de Pedro Sara (Cáceres, 48 años) y Violeta Pagán (Madrid, 48 años) en el poder del movimiento para transformar situaciones. “Muchas veces la visión que tenemos de nosotros mismos es fotográfica. Cuando conseguimos que se mueva, damos la oportunidad a reescribir nuestro pasado a pesar de los acontecimientos y afrontar un futuro”, dicen.

“A Violeta y a mí siempre nos ha unido el movimiento”, sentencia Pedro Sara. La curiosidad por dotar de acción a una imagen fue la que arrastró al cine al hasta entonces fotoperiodista. A Pagán, psicoterapeuta y psicodramaturga, fue el movimiento del cuerpo para expresar lo que ocurre dentro de uno lo que la impulsó a aprender teatro y danza. Se conocieron también en movimiento, casi bailando, hace 17 años en los bares de flamenco de Cádiz. Sara comenzaba entonces a rodar su primera película, La isla de los vientos, y Pagán trabajaba como técnica en la Universidad de Cádiz con colectivos en riesgo de exclusión social. Se enamoraron, empezaron a salir. Ella descubrió con Pedro Sara un canal a través del cual podía contar esos mundos en los márgenes en los que se sumergía por su trabajo. Con la ayuda de Sara, grabó su primer documental, Entrar en el mundo. Ese primer proyecto juntos —aunque ambos rehúyen llamarlo “proyecto”, fue en realidad el inicio de toda una vida— surgió “de la escucha, del amor”, dice él. “Su primera cámara la compré yo con un crédito porque pensé: ¡tendrá que tener una cámara para rodar sus películas!”, recuerda Pagán.

La vida siguió, Cádiz quedó atrás, y Sara comenzó a trabajar en un centro de menores en Salamanca que le planteó la posibilidad de dirigir un taller de cine. El cineasta decidió, sin embargo, que los chicos jugarían en serio: filmarían una película con sus propias experiencias para reflexionar sobre ellas. “Aquello tambaleaba las estructuras de lo social. ¿Cómo iban a hacer ellos una película? Eso se suponía que lo hacía otra gente”, recuerda Pagán. Cada día, a la vuelta del trabajo, Sara le contaba a su compañera lo que ocurría en clase y ella le sugería nuevas dinámicas para incorporar la dimensión terapéutica. Poco a poco se fue implicando más y más en el proceso. “Construí una especie de manifiesto sobre cómo unir la psicoterapia y el cine, pensando en todos estos preceptos que beben de Augusto Boal, de Dalmiro Bustos, del teatro de lo social, de todas esas herramientas que ponen en acción la vida e intentan no solo expresar las opresiones con palabras, sino modificar narrativas”.

Cuando Gonzalo de Pedro, entonces director de Cineteca Madrid, vio aquella película, Te fuiste al alba, quedó impactado por cómo se había realizado y concedió a la pareja un espacio en Matadero para que desarrollara lo que llevaba un tiempo rumiando, una escuela terapéutica de cine. Comenzaron con un taller piloto en 2019. Hoy la escuela da clases todas las mañanas de lunes a viernes, y la asociación sin ánimo de lucro 24 Posibilidades por Segundo, que han creado para desarrollar este y otros proyectos, ha sido premiada por el Ministerio de Derechos Sociales.

Los alumnos —adolescentes con cargas dolorosas, de migraciones, abusos, soledades, drogas— aprenden en la escuela todos los roles del cine y filman una película a lo largo del año, sin guion. De aquí han salido largometrajes como Las edades sensibles a la luz o Amor sin ciudad, que han circulado por festivales de cine. Y talentos, como Mariamu Toure o Mohamed Adam Bary, que han participado en grandes series y logrado becas importantes. Sin embargo, lo más relevante para los directores de esta escuela no es que los adolescentes adquieran conocimientos cinematográficos, sino construir un lugar donde puedan sentirse escuchados. “El otro día un chico con una situación muy compleja me decía lo mucho que valora que estos amigos le hayan acompañado en su proceso. Ha encontrado además un lugar donde expresarse musicalmente. ¿Será el próximo Bad Bunny? No lo sabemos, pero por ahora está produciendo temas y se siente acompañado y seguro”, dice Sara.

El camino hasta aquí de Pedro Sara y Violeta Pagán tampoco ha sido fácil. Han llegado a arruinarse, se han visto viviendo en medio del campo, con un niño pequeño y apenas 50 euros en el bolsillo para hacer la compra. “En lo social y en el arte, sobre todo cuando trabajas en los márgenes sin pedigrí el maltrato es bastante grande”, explica Pagán. Le quitan importancia al éxito que suele premiar la industria, la fama, los blockbusters. Para ellos, el éxito es llegar cada día a la escuela, que no tiene asistencia obligatoria, y ver que sus alumnos siguen ahí.

 EL PAÍS

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