Las tres corridas y una novillada de la reciente Feria de San Miguel de Sevilla son pocos festejos, pero han dado para mucho; para algunas buenas noticias y también para otras serenas reflexiones sobre lo acaecido en el ruedo.
Pablo Aguado, el gran protagonista; el toro, la asignatura pendiente, y Morante, decepcionado, dolorido y triste
Las tres corridas y una novillada de la reciente Feria de San Miguel de Sevilla son pocos festejos, pero han dado para mucho; para algunas buenas noticias y también para otras serenas reflexiones sobre lo acaecido en el ruedo.
La primera alegría afecta a la empresa y, de rebote, a la propiedad, la Real Maestranza de Caballería: dos tercios de entrada en el espectáculo novilleril y tres llenos de no hay billetes ofrecen motivos para que José María Garzón esboce una amplia sonrisa, y le acompañen en tan gratificante ejercicio muscular los dueños de la plaza, los señores y damas maestrantes que, según el acuerdo que tenían firmado con Pagés, la anterior empresa -el de ahora es un secreto bajo llave- reciben, al menos, el 22,5% de la facturación bruta de la taquilla.
Y está bien que así sea. Los negocios se emprenden para ganar dinero y, en el caso de la hidalga corporación nobiliaria, para atender sus numerosas actividades culturales y benéficas.
Superado el siempre inapropiado asunto monetario, San Miguel ha dejado momentos para el recuerdo, brillantes y emotivos algunos, y otros para encerrarlos en el armario del olvido. Pero, por encima de todo, la feria sevillana de septiembre ha ofrecido razones para desmenuzar algunos aspectos relacionados con la fiesta actual y establecer criterios sobre su integridad.
La Maestranza fue feliz con Aguado, y decidió que el torero tenía que salir por la Puerta del Príncipe a pesar de los descabellos y los dos avisos
El protagonista indiscutible ha sido Pablo Aguado, quien el sábado pasado se transfiguró en artista genial, encandiló a todos los presentes e inundó La Maestranza de esa felicidad que cala hasta lo más hondo por los poros de la piel, y permanece para siempre en la memoria. Ocurre pocas veces, pero cuando sucede, es una visión tan misteriosa como indescriptible.
Aguado fue otra vez -ya lo hizo presente aquel 10 de mayo de 2019, en esta misma plaza, cuando se estrenó a hombros por la Puerta del Príncipe- la deslumbrante naturalidad del toreo. Y de nuevo, como en aquel entonces, La Maestranza se derritió de emoción, lo subió sobre su corazón y así le enseñó desde lo alto el río Guadalquivir.
Emotivo, cautivador, inolvidable…
Pero, a veces, sucede que la euforia desmedida produce problemas de visión, y el sentimiento profundo puede embriagar e intoxicar la cabeza, de modo que se esfuma el espíritu crítico y la realidad cede el paso al protagonismo exclusivo de los sentidos.
La Maestranza estaba tan feliz que, sin necesidad de referéndum, decidió que Pablo Aguado tenía que salir por la Puerta del Príncipe desde el momento en que volvió a mostrar sus pinceles mágicos en su segundo toro.
Y la plaza se olvidó de que existen unas normas, imprescindibles para el normal funcionamiento de la fiesta de los toros, y se olvidó, sobre todo, de que Aguado es matador de toros y que al acto del sacrificio final se le denomina suerte suprema, la más decisiva, el filo de la navaja que distingue el éxito de la desolación.

Y Aguado no mató bien, tuvo que hacer uso del descabello y llegó a escuchar dos avisos. Pero a Sevilla no le importó. Estaba tan ensimismada que exigió el salvoconducto presidencial para que el torero saliera a hombros por la Puerta del Príncipe.
Y se podría aceptar que en casos excepcionales como este la ensoñación se abra paso por encima de la norma, pero no hay que olvidar que el prestigio y la autoridad de La Maestranza están cimentados en la distinción entre un gran triunfo y un verdadero acontecimiento. Y a la majestuosa obra de Aguado le faltó el broche de oro final.
Después de Pablo, nada.
O no. El toro, por ejemplo.
Es comprensible que tres jóvenes que se presentan en Sevilla se esfuercen por hacerlo con una novillada de lujo, pero lo que lidiaron Olga Casado, Ignacio Garibay y Manuel Domínguez fue una vergüenza, seis becerrotes impropios del lugar.
A Manzanares y a Talavante se les notó que los años no pasan en balde y que la experiencia camina paralela a la pérdida de ilusión.
No hay que olvidar que el prestigio de La Maestranza está cimentado en la distinción entre un gran triunfo y un verdadero acontecimiento
Y Morante…
Se le esperaba con la fundada esperanza de que dejara detalles de su genialidad y se encontró con una corrida de Garcigrande podrida, sin vida y sin sangre. Y se le notó en su semblante, decepcionado, dolorido y triste.
Pero él, la empresa y la autoridad son los responsables de que esa corrida se contratara para Sevilla; y volverán a hacerlo en cualquier próxima ocasión convencidos de la bondad y la clase de la ganadería.
(Por cierto, el 16 de abril de este año, en plena feria primaveral, Morante pinchó un toro de Álvaro Núñez tras una explosión de improvisada genialidad, y no salió por la Puerta del Príncipe; es más, los que lo llevaban a hombros lo intentaron y la autoridad lo impidió).
La tarde del domingo, la última del año sevillano, quedó emborronada por el pésimo juego de los toros, y la expectación despertada se tornó en desesperación.
La cima de Pablo Aguado y el hondo precipicio de los toros y novillos. No estaría de más que todos, aficionados de verdad, empresa, autoridad y los medios de comunicación también, aceptaran una serena reflexión hasta obtener unas conclusiones que contribuyeran a la permanencia y engrandecimiento de la fiesta de los toros.
No todo debe valer, no todo es bueno, no siempre el público tiene razón… El toro debe recuperar su protagonismo perdido, y los árboles de la emotividad, por muy intensa que esta sea, no deben impedir que prevalezca la fiesta en toda su autenticidad.
EL PAÍS
