Hubo una época en la que Bill Pullman era ubicuo. Y eso que el actor neoyorquino debutó tarde, después de ejercer como profesor de Cine, Dirección e Historia del Teatro en la Universidad Estatal de Montana. “Nunca tuve miedo, aunque abandoné un montón de cosas. Daba clases y lo dejé todo para irme a Nueva York sin ningún contacto. A esa edad sientes que puedes lograr tus metas y no tenía plan B. El teatro me ayudó a soportar mis miedos, porque te ocupa las 24 horas. Cuando estás ensayando no tienes tiempo para las otras preocupaciones”, recuerda. Pero una vez cogido impulso ya no hubo quien lo parara. Su éxito comenzó a finales de los ochenta con El turista accidental (1988, junto a Geena Davis), pero fue en los noventa cuando despegó a lo grande.
Con su aura de hombre cabal lleva colándose desde los noventa en comedias románticas, superproducciones y grandes películas de culto. ‘A todo el mundo le gusta Bill Evans’ está llamada a pertenecer a este último grupo
Hubo una época en la que Bill Pullman era ubicuo. Y eso que el actor neoyorquino debutó tarde, después de ejercer como profesor de Cine, Dirección e Historia del Teatro en la Universidad Estatal de Montana. “Nunca tuve miedo, aunque abandoné un montón de cosas. Daba clases y lo dejé todo para irme a Nueva York sin ningún contacto. A esa edad sientes que puedes lograr tus metas y no tenía plan B. El teatro me ayudó a soportar mis miedos, porque te ocupa las 24 horas. Cuando estás ensayando no tienes tiempo para las otras preocupaciones”, recuerda. Pero una vez cogido impulso ya no hubo quien lo parara. Su éxito comenzó a finales de los ochenta con El turista accidental (1988, junto a Geena Davis), pero fue en los noventa cuando despegó a lo grande.
Pullman era la salsa de todos los platós con su aire de hombre cabal: era la cara del americano medio, lo cual le aportaba una cualidad camaleónica. Y él no le hacía ascos a nada, desde comedias románticas como Algo para recordar (1993) a cine infantil como Casper (1995); desde superproducciones como Independence Day (1996) a retorcidas cintas como Carretera perdida (1997), el clásico de David Lynch.
A los 72 años, su carrera abarca más de 70 películas, decenas de series y otras tantas obras de teatro. Un workaholic de manual. Hoy, Pullman se encuentra en uno de los reservados del Berlinale Palast, la misma sala donde la noche anterior tuvo lugar el estreno mundial de Everybody Digs Bill Evans (que se podría traducir como A todo el mundo le gusta Bill Evans). Se trata del proyecto que le ha traído hasta el festival de cine de la capital alemana de la mano del realizador Grant Gee, que se llevó el Oso de Plata a la Mejor dirección.

El filme, basado en la novela Intervalo, de Owen Martell, cuenta la historia de mítico pianista de jazz Bill Evans (1929-1980), aquí interpretado por el noruego Anders Danielsen Lie. Miles Davis dijo de él que poseía un “fuego silencioso”, por su delicado arte al piano. “Su sonido era como notas de cristal”, afirmó sobre la participación de Evans en el totémico álbum Kind Of Blue (1959). En 1961, Evans había logrado formar un trío perfecto con el baterista Paul Motian y el contrabajista Scott LaFaro, su alma gemela musical. Su residencia en el club The Village Vanguard culminó con Sunday At The Village Vanguard (1961), una de las mejores grabaciones de jazz en directo de todos los tiempos.
Pero días después, LaFaro fallecía en un accidente de tráfico. Paralizado por el dolor, Evans dejó de tocar y se metió aún más en la heroína. El biopic sigue los pasos del atormentado músico (caracterizado como un yonqui exquisito y atildado) hasta su muerte a los 51 años a causa de una hemorragia interna provocada por sus adicciones. En el filme, Pullman encarna a Harry, el padre de Bill. Hoy, impecablemente vestido con chaqueta y chaleco, se dispone a charlar sobre su último trabajo. Más bien penúltimo, porque acaba de rodar la segunda parte de La loca historia de las galaxias (1987), junto con Mel Brooks y Rick Moranis, de la que no puede soltar prenda.
Ayer fue la primera vez que pudo ver la película. Fue una experiencia estar sentado junto a Grant mientras la veía en pantalla grande. Podía sentir la energía en las butacas. No es un blockbuster, es una película íntima y los aplausos finales fueron muy gratificantes. Me alegra que sea una historia sutil y llena de matices sobre el arte, la creación y lo difícil que puede llegar a ser vivir una existencia normal.

El crítico Gene Lees definió los últimos años de Bill Evans como “el suicidio más largo de la historia”. Es una idea interesante, cierta y falsa a la vez. No buscaba la muerte cuando se sentaba al piano. Así que no tengo claro que deseara su final.
Puede que pretendiera perdurar en el tiempo a través de su música. ¿No es también lo que hacen los actores? ¿Somos inmortales porque estamos encapsulados? No lo había pensado.
Sus películas permanecerán para siempre. Sí, pero el valor de tu trabajo varía con el tiempo. Tal vez la gente se olvide de él. O quizá sea más valorado años después.
¿No cree que, por ejemplo, Carretera perdida seguirá vigente dentro de unas décadas? A veces percibo que algo en lo que he participado se convertirá en un clásico. Por ejemplo anoche, viendo Everybody Digs Bill Evans. De ahora en adelante, si la gente habla de una película sobre jazz, tendrá que mencionarla. Y respecto a Carretera perdida, contiene sus propios enigmas. Es compleja y contiene una narrativa oculta sobre la mitología de Los Ángeles que David Lynch logró capturar. Pero creo que eso solo se valoró después. Cuando estábamos de promoción, siempre me desconcertaba cómo la prensa preguntaba: “¿Puede decirme de qué trata esta película?”. Esto sucedía todo el tiempo.
Ha formado parte de cintas independientes y de superproducciones ¿Por qué escoge un proyecto y no otro? No me arrepiento de haber rechazado cosas. Me cuesta mirar atrás y decir: “Cometí un error al rechazar aquello”. Siempre pienso: “Bueno, si lo hubiera aceptado, no habría podido formar parte de esto otro que fue tan importante para mí”.

¿Qué significa el teatro en su carrera? Me gusta la sensación de perderme en una película, pero cada tres años intento volver a la escena. Acabo de firmar una obra este verano con la Royal Shakespeare Company. El teatro te obliga a estar presente en cada instante. Se trata de sentir que algo más grande que tú mismo se mueve a través de ti. Y cómo eso se mantiene durante una hora y media. Es un poco como el jazz.
Parece como si nunca le hubiera interesado la fama. Ahora vive en su granja en Montana. El anonimato, no ser reconocido, da mucho placer. Tienes libertad para explorar y observar. Vivo observando, es ahí donde quiero estar. Y eso se vuelve más complicado si te recuerdan constantemente que eres una persona especial. Eso es una anfetamina artificial.
A todo el mundo le gusta Bill Pullman. ¿De verdad?
Eso me parece. ¿Pero usted se siente reconocido? En Alemania siempre he tenido una gran química con el público. Y lo había olvidado un poco. Me pregunto si, al ser mi madre holandesa, por eso me siento tan conectado con el espíritu alemán. Y tengo una excelente relación con Emmerich y Wenders.
O sea que sí, a todo el mundo le gusta Bill Pullman. Y a Bill Pullman le cae bien todo el mundo.
EL PAÍS
