Belmontino, cumbre de la exacerbada exaltación de Dolores Aguirre en Bilbao

La plaza de Vista Alegre vivió un ambiente exacerbado, extraño, exaltado, muy loco, a veces apasionado, otras hostil. La exaltación de la ganadería bilbaína de Dolores Aguirre alcanzó su cumbre con Belmontino, un exigente manso encastado. Isabel Lipperheide había hecho unas declaraciones previas a la cita de Bilbao, argumentando algunas bajas y, por tanto, explicando que no era la corrida con la que quería venir a su plaza. Puede que este Belmontino entrase de rebote. No lo sé. Pero el caso es que le salvó la papeleta de una corrida tremendamente mansa con la que Damián Castaño salió ganador con dos vueltas al ruedo frente a un maltratado Antonio Ferrera.

 Encastado toro entre la mansada; Castaño sale ganador con dos vueltas al ruedo ante un maltratado Ferrera; extraño ambiente en Vista Alegre  

La plaza de Vista Alegre vivió un ambiente exacerbado, extraño, exaltado, muy loco, a veces apasionado, otras hostil. La exaltación de la ganadería bilbaína de Dolores Aguirre alcanzó su cumbre con Belmontino, un exigente manso encastado. Isabel Lipperheide había hecho unas declaraciones previas a la cita de Bilbao, argumentando algunas bajas y, por tanto, explicando que no era la corrida con la que quería venir a su plaza. Puede que este Belmontino entrase de rebote. No lo sé. Pero el caso es que le salvó la papeleta de una corrida tremendamente mansa con la que Damián Castaño salió ganador con dos vueltas al ruedo frente a un maltratado Antonio Ferrera.

Al primero de la tarde lo aplaudieron de salida y también en el arrastre. Ciertamente no había sido ni para una cosa ni para la otra, pero no sacó mal aire por la mano derecha. Fueron tres series en las que sostuvo ese aire que había apuntado en el quite de un Antonio Ferrera sabio en el trato y la elección de terrenos, en los mismísimos medios, lejos de todas las querencias. Las había marcado escupiéndose tres veces del caballo y, también, en el inicio de la faena, que prácticamente acabó después de la referida tercera tanda, cuando no quiso la izquierda —resuelta sobre las piernas— y tampoco mucho más por su pitón. Ferrera pinchó y enterró una estocada baja. Cosecharon toro y torero una ovación que no sería nada para la que sonó a la espectacular y encastada muerte del tal Belmontino.

La exaltación del doloresaguirre como despedida se situaba en las antípodas de su hostil recibimiento por una deficiente presentación, sin perfil alguno. Pero aquello se empezó a mover con un motor insospechado debajo de sus mansas trazas. Uno de esos mansos encastados que empiezan a arrear con carácter y carbón y, si se encuentran a un tío dispuesto, ofrecen un espectáculo emotivo. Ese tío fue Damián Castaño. El toro pasaba arrancándose con todo y Castaño lo exhibía dando lo mejor de sí. Esto es, con generosidad y haciendo de tripas corazón. Alcanzó la faena un eco tremendo en su izquierda -por donde el toro humillaba más y mejor-, a una velocidad trepidante, siempre por fuera. La efervescencia siguió subiendo con apasionada locura. Un pinchazo frenó el frenesí (Damián tocó muy fuerte abajo y el toro perdió las manos), pero volvió a subir cuando el espadazo provocó la espectacular y encastada muerte, ya digo. «¡Enhorabuena, ganadera!», gritaban. Castaño aprovechó su ovación para darse una vuelta al ruedo.

Ese ambiente desorbitado lo frenó el tercer toro, un verdadero tío y, a la vez, verdaderamente infumable. Quiero decir, por poner las cosas en su sitio, que los dos anteriores fueron los «buenos». Antonio Ferrera no encontró, ni con todo su magisterio a cuestas, un resquicio en tan defensiva mansedumbre. El ambiente torista perdió gas -aunque no pararon de exigir la exhibición (sic) de los mansos en el caballo- también con un cuarto rajado demasiado pronto al que Damián Castaño enjaretó, sin quitarse la montera, unos derechazos considerablemente reunidos. Pero el pacífico toro solo quería tablas y allí el matador de Salamanca se atascó con la espada.

Saltó como quinto una mole impresentable de 652 kilos que, por su bastedad bueyuna, sospecho que ocuparía el hueco de alguno de los dos toros que Lipperheide señaló como bajas. A Antonio Ferrera le culparon de que el buey se echase en la muleta, como si lo hubiera asesinado en el caballo. El ambiente era el más raro que recuerdo en Bilbao. Ferrera pasaportó al doloresaguirre con un sartenazo. Total, la mundial ya estaba armada.

A últimas, Damián Castaño se peleó con un último doloresaguirre que era un tigre de Bengala, terrible y por dentro siempre. Castaño hizo un gigantesco esfuerzo —pues no hay esfuerzo mayor que rebuscar el valor por todos los rincones de las entrañas—, y cuando tocaba a la bestia se le venía al cuerpo por la ventana abierta. Agarró una estocada atravesada para poner punto final a la guerra. Incluso se le pidió la oreja, motivo al menos más fundamentado para apuntarse ahora la vuelta al ruedo.

Plaza de Vista Alegre. Martes, 25 de agosto de 2026. Segunda de feria. Un cuarto de entrada. Toros de Dolores Aguirre, de desigual seriedad, impresentables 5º y 2º, que destacó con su encastada mansedumbre junto a un 1º con buen aire por el pitón derecho; infumables 3º y 6º; rajado el 4º; una mansada.

Antonio Ferrera, de grana y oro. Pinchazo y estocada baja (saludos); estocada baja (silencio); bajonazo (pitos).

Damián Castaño, de obispo y azabache. Pinchazo y estocada desprendida (vuelta al ruedo); tres pinchazos y descabellos. Aviso (silencio); estocada atravesada que escupe (petición y vuelta).

 Noticias de Cultura

Interesante