<p>Un espectáculo brutal de baile y plasticidad, un despliegue de ritmo, creatividad y estética. Una reivindicación alegre y contagiosa del alma plural y abierta de América como país, como continente, como oportunidad, como inclusión. Como idea. Un homenaje a la cultura portorriqueña, con cañas de azúcar, viejitos jugando dominó y jíbaros con sus modestas pavas en la cabeza. Con Toñita, la dueña de uno de los locales más famosos de Brooklyn para los emigrado. Con su Casita e incluso una boda real. Benito Antonio Ramírez Ocasio, más que Bad Bunny, puso en pie este domingo, y reivindicó, a millones de latinoamericanos con un <i>show </i>cantado íntegramente (por él) en español, <strong>un recital de sus mejores éxitos acompañado de cientos de figurantes </strong>y de dos estrellas mayúsculas, Lady Gaga y Ricky Martin. Un grito por la concordia que ha desatado, una vez más, la ira del presidente de Estados Unidos.</p>
Se acompaña de Lady Gaga y Ricky Martin en una explosión llena de creatividad y estética que desata la ira de Donald Trump: «es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos, nadie entiende ni una palabra»
Un espectáculo brutal de baile y plasticidad, un despliegue de ritmo, creatividad y estética. Una reivindicación alegre y contagiosa del alma plural y abierta de América como país, como continente, como oportunidad, como inclusión. Como idea. Un homenaje a la cultura portorriqueña, con cañas de azúcar, viejitos jugando dominó y jíbaros con sus modestas pavas en la cabeza. Con Toñita, la dueña de uno de los locales más famosos de Brooklyn para los emigrado. Con su Casita e incluso una boda real. Benito Antonio Ramírez Ocasio, más que Bad Bunny, puso en pie este domingo, y reivindicó, a millones de latinoamericanos con un show cantado íntegramente (por él) en español, un recital de sus mejores éxitos acompañado de cientos de figurantes y de dos estrellas mayúsculas, Lady Gaga y Ricky Martin. Un grito por la concordia que ha desatado, una vez más, la ira del presidente de Estados Unidos.
Lo hizo Benito fiel a su estilo, a sus clásicos, de ayer y hoy, en un despliegue de política ‘soft’, indirecta. Mensajes de amor frente al odio, de alegría frente a la rabia permanente. Con un balón de fútbol americano con las palabras «Juntos somos américa». No hubo consignas políticas, no directamente. No como en los Grammys, donde el artista clamó expresamente contra el ICE, la agencia migratoria que busca extranjeros por todo el país. Ni como hizo en su día Jennifer López, con niños encerrados en jaulas para denunciar la separación de menores durante el primer mandato de Trump. Pero todo el show fue un clamor contra lo que representan Trump y los suyos. Una reivindicación de la unidad, de la concordia, con banderas de todas las naciones americanas, de norte a sur. Con guiños incluso al niño Liam Conejo Ramos, detenido este mes por la administración, llevado a miles de kilómetros de su casa, y al que quiere deportar por todos lo medios.
Todo ello fue suficiente para enervar a Trump. «El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl ha sido absolutamente terrible, ¡uno de los peores de la historia! No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia. Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo, y el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven desde todo Estados Unidos y el mundo. Este «espectáculo» es una bofetada a nuestro país, que establece nuevos estándares y récords cada día, ¡incluyendo el mejor mercado de valores y los mejores planes de jubilación de la historia! No hay nada inspirador en este desastre de espectáculo de medio tiempo; recibirá excelentes críticas de los medios de comunicación falsos, porque no tienen ni idea de lo que está sucediendo en el mundo real», escribió el presidente en su red social indicando que no había hecho caso del boicot propuesto por los suyos.
Precisamente por estas reaccione los ojos de medio planeta estaban puestos sobre el artista portorriqueño, que no defraudó en su puesta escena, una recreación de una bodega boricua, de una boda, de la vida de cualquier latino que ama su tierra pero busca oportunidades donde puede encontrarlas. Que duda de sí mismo por las críticas, el odio, la persecución. «Aquí seguimos», dijo al concluir. Así lo hacemos, debió pensar mientras en un momento de la actuación hacía entrega de su reciente Grammy al mejor álbum del año a un niño de pocos años que lo representaba a él en el pasado.
La actuación, un éxito en la distancia, no conectó sin embargo con el público norteamericano presente en el estadio de los San Francisco 49ers, en California. Hubo aplausos, algo (poco) de baile y cierta emoción con un par de sus éxitos más sonados, pero los asistentes claramente no era el público habitual del portorriqueño. No lo entendieron, no conectaron y no se volvieron locos. La ovación más grande de la noche, probablemente, se la llevó Lady Gaga. Imperial, cantando en inglés unaversión de uno de sus éxitos junto a Bruno Mars, reconocida y admirada por muchos más en las gradas.
Es evidente que hubo mucho más canto, baile y conexión con Green Day antes del inicio del partido, o con el Sweet Caroline en los altavoces en el último cuarto del partido. Bunny hizo una puesta en escena excelente para las cámaras, pero algo más complicada de seguir en la distancia dentro del campo, salvo el mensaje, enorme, que resume su intención: «Lo único más poderoso que el odio es el amor». En inglés.
El estadio, lleno hasta la bandera con 71.000 almas, estaba plagado de amigos del artista. En el escenario, acompañando de cerca, Jessica Alba, Pedro Pascal, Karol G, Cardi B, Alix Earle, David Grutman y otros famosos.
Enlos palcos, otras muchísimas celebridades y artistas: Roger Federer, Kane Brown, Richard Sherman, Chris Pratt, Bon Jovi, Adam Sandler, Robe Lowe o Marcus Allen. Estaban Travis Scott o Tim Cook. Billie Joe Armstrong, Ty Dolla $ign y Flava Flav El jugador y podcaster Travis Kelce, prometido de Taylor Swift. JAY-Z con sus hijas Rumi y Blue Ivy. Los youtubers Logan Paul y Mr. Beast. Los actores Orlando Bloom, Kevin Costner, Leonardo di Caprio, Damson Idris, o Jamie Foxx. Kendall Jenner y 21 Savage. Justin Bieber, Livvy Dunne, Becky G.
El artista más escuchado de 2025, llegó a San Francisco tranquilo y con enorme secretismo, sin que se filtrara un solo detalle del espectáculo, de las canciones previstas, los posibles artistas invitados y el tono del mensaje que se esperaba que lanzara. Lo más importante en el show que ha generado más polémica y expectativa en décadas. Bunny se presentó en medio de insultos, ataques, desprecios y un intento masivo de boicot promovido por la derecha norteamericana, el trumpismo, figuras del movimiento evangélico y una parte de Estados Unidos que no entiende ni acepta que haya un artista desconocido para ellos que no sólo canta en otro idioma, sino que lo hace con orgullo. Y con un mensaje político contra las políticas migratorias de Donald Trump.
«America, the beautiful. THANK YOU, BAD BUNNY», ha celebrado el gobernador de California, Gavin Newsom, uno de los críticos más conocidos del presidente. «Bad Bunny…mandándote todo el amor, la positividad y el abrazo más grande del mundo. ¡Todos estamos contigo esta noche! Sé que la vas a romper. Estoy aquí contigo de la misma manera que tú estuviste conmigo. ¡Tan orgullosa de ser boricua! Dale fuerte Benito. ¡Como solo tú puedes hacerlo! #LatinoGangGang«, le escribió poco antes del show Jennifer Lopez, la última artista latina en un descanso de la Super Bowl en una edición que no sólo la unió a Shakira, sino que le dio al propio Bad Bunny la oportunidad de participar brevemente. Su primera vez.
Turning Point USA, la organización del difunto activista conservador Charlie Kirk, durante un acto en una universidad en septiembre, promovió un ‘All-American Halftime Show,’ un espectáculo rival «puramente americano» con artistas conservadores como Kid Rock, Brantley Gilbert, Lee Brice o Gabby Barrett. Respaldado por el Partido Republicano o estrellas retiradas de la NFL como Brett Favre, el que fuera quaterback de los Packers. Un espectáculo completamente eclipsado por un partido con más de 100 millones de espectadores.
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