<p>«Perdona el caos, es que nos acabamos de mudar. Nos han echado del centro, ya sabes…». Llueve con visos de ponerse a nevar en cualquier momento cuando <strong>Alicia de la Fuente</strong> abre la puerta de su casa, uno de esos pequeños pero maravillosos vestigios de extrarradio de cuando Madrid era un pueblito. O varios. El angosto salón que hace las veces de recibidor no puede ser más explícito. Hay una mesa de comedor, hay un sofá, hay una tele chiquitita y hay una pared entera cubierta de libros, de suelo a techo. <strong>En esta casa se lee, grita la estancia.</strong></p>
La filóloga Alicia de la Fuente sació la frustración que le produjo descubrir que todos sus referentes eran masculinos con una labor de arqueología literaria que convirtió en Espinas, un sello que, cuatro años después, ha rescatado a una veintena de escritoras
«Perdona el caos, es que nos acabamos de mudar. Nos han echado del centro, ya sabes…». Llueve con visos de ponerse a nevar en cualquier momento cuando Alicia de la Fuente abre la puerta de su casa, uno de esos pequeños pero maravillosos vestigios de extrarradio de cuando Madrid era un pueblito. O varios. El angosto salón que hace las veces de recibidor no puede ser más explícito. Hay una mesa de comedor, hay un sofá, hay una tele chiquitita y hay una pared entera cubierta de libros, de suelo a techo. En esta casa se lee, grita la estancia.
Una niña recién nacida balbucea al fondo mientras su madre, Alicia de la Fuente, toma acomodo a la mesa para hablar de su otro bebé, algo mayor y también femenino, en fondo y forma. Filóloga hispánica, lectora empedernida y valiente emprendedora también, todo hay que decirlo, se valió de la introspección impuesta por el confinamiento para hallar, por fin, un sentido a todo lo que había hecho antes. Diríamos que Alicia se empoderó, se reinventó y el resultado de aquella catarsis ha sobrevivido cuatro años contra todo pronóstico. «No vivo de ello, ¿eh? Tengo mi trabajo. Yo esto lo hago por amor al arte», aclara, y remata con un consejo: «No montes una editorial si quieres hacer dinero».
Eso fue exactamente lo que sacó Alicia de la Fuente de la crisis del Covid: una editorial. Se llama Espinas por aquello de resarcirse de la espinita clavada y cuenta con su propio manifiesto, resumido en una especie de lema que resume a la perfección el espíritu de una colección que ya suma… «¿17 títulos, puede ser? He perdido la cuenta»: «Sí había escritoras. Solo teníamos que encontrarlas». La labor de la editorial Espinas es, precisamente, esa: buscar autoras olvidadas por la historia y reivindicarlas publicando sus obras, un ejercicio de «arqueología literaria» que surgió de la propia frustración de una estudiante de Filología que un día se dio cuenta de que todo eran hombres y decidió remangarse y ponerse manos a la obra para cambiarlo.
«Desde muy joven me sobrevolaba la reflexión de que en Literatura no estudiamos a mujeres, más allá de Sor Juana Inés de la Cruz y Emilia Pardo Bazán, en ningún nivel educativo. No las vemos en el instituto, pero es que en la universidad, tampoco. Ni siquiera en una carrera tan especializada como la mía», recuerda. La revelación, que llegó a su mente de forma progresiva pero arrasadora, le afectó, incluso, personalmente. «Generó en mí una frustración», cuenta. «De alguna manera, todo gran lector aspira a ser escritor, e inconscientemente yo me dije que si todos mis grandes ídolos en la historia de la Literatura eran hombres, qué legitimidad tenía yo para sentarme a escribir algo digno».
De aquel chasco queda, como de casi todo, rastro en internet. Sigue publicada como recordatorio una entrada en un blog vetusto fechada el 14 de noviembre de 2013, que arranca: «Me gustaría escribir algo que valiera verdaderamente la pena. Que cambiase no la vida, sino sólo unos instantes de alguna persona», y continúa, a ritmo casi poético, enumerando el mejor legado de los grandes nombres de la Literatura, para concluir: «Y… me doy cuenta de que todos eran hombres».
Así que la joven Alicia, recién salida de una universidad que no había respondido a sus preguntas, se lanzó a leer a mujeres de forma casi compulsiva. A las autoras contemporáneas las encontraba entre las novedades de las librerías, agradecida por el bum femenino en la industria editorial que eclosionó en la segunda década del nuevo siglo. ¿Y a las clásicas? Esas requerían más trabajo, más conversaciones en foros especializados, más visitas a librerías de viejo, más horas consultando el archivo digital de la Biblioteca Nacional. «Al final, eran las que más me interesaban, claro», aclara. «Estudié Filología porque quería comprender de dónde viene la literatura, cómo se crean los géneros, cómo se configuran los temas universales. Pero ahora deseaba, además, conocer esa genealogía nuestra, la de las mujeres, esas experiencias compartidas de las escritoras a lo largo de las décadas».
Sin darse cuenta, había puesto la primera piedra de su nueva vocación. Y, de paso, había desarrollado un método de trabajo minucioso que le permitiría desarrollar su proyecto de vida, de momento, por amor a los libros.
«Silenciar el legado de las mujeres es una cuestión cultural histórica»
Alicia de la Fuente, editora de Espinas
Decíamos que el leitmotiv de Espinas recuerda que sí hubo grandes escritoras en el pasado. ¿Y por qué cayeron en el olvido? «Por el patriarcado, claro», responde sin dudar un segundo. «Silenciar todo lo que hemos hecho las mujeres es una cuestión cultural histórica. Pero es que, en muchos casos, esas autoras vivían de escribir. Hoy creemos que el pasado era más restrictivo con ellas de lo que realmente fue. Pero Matilde Cherner trabajaba como periodista a finales del XIX, aunque firmara sus obras con el seudónimo Rafael Luna. Eva Canel, que también usaba seudónimos o firmaba sus libros a su marido, también vivía de escribir».
Fue precisamente una mujer de la que impelió a Alicia a sumergirse en el emprendimiento editorial. «Descubrí a una autora que me hizo replanteármelo todo», relata. «Mi escritor favorito es Fiódor Dostoyevski, he leído prácticamente todo lo que ha escrito y lo que se ha escrito sobre él, y de repente descubrí que su segunda mujer, Ana Grigorievna Dostoiesvskaya, era también escritora y había publicado unas memorias de su vida junto a él. ¿Cómo podía saber que yo no tuviera ni idea de su existencia?». Arrancó entonces su labor de arqueóloga y encontró un ejemplar en español en una página de coleccionistas, editado en Argentina en 1978 y que vendía alguien que había heredado la biblioteca de su abuelo. Dostoievski, mi marido fue el primer libro en el catálogo de Espinas, en 2021.
Desde entonces, en las páginas del sello independiente han revivido a Enheduanna, la primera autora de un texto literario en la Historia, en el 2300 a.C; Matilde Cherner, la primera mujer que denunció la prostitución en España en 1880; Consuelo de Antoine de Saint-Exupéry, censurada en Francia por desmontar el mito del gran héroe nacional; y su gran apuesta para 2026 es La loca del desván, el ensayo que inauguró la crítica feminista moderna. La frustración de Alicia de la Fuente ha encontrado cura. Y tiene nombre de mujer.
Cultura
