Cuando todos los rojos eran guapos

Retrato del médico Pedro Caba en 2004.

A primera hora de una mañana de la primavera de 1977 recibí una llamada con un tono muy misterioso, aunque en seguida reconocí que aquella voz era la de Pedro Caba, quien me dijo que ese día debía acudir sin falta a una cita en la casa de la sierra. Villa Valeria estaba situada en los altos de Cercedilla mirando hacia Siete Picos del Guadarrama, en la colonia de Camorritos. Mientras subía esa mañana a la sierra en la radio del coche sonaba la canción Oh, mamy, mamy blue y Adamo cantaba Mis manos en tu cintura y yo iba vestido como un progre de molde, lucía patillas largas, pantalones de campana y jersey blanco de cuello alto.

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 La muerte de Pedro Caba se ha llevado todo aquel mundo en el que cada uno en su medida luchábamos por la libertad. Yo lo convertí en protagonista de la novela ‘El jardín de Villa Valeria’ y de aquellas páginas he sacado estos recuerdos  

A primera hora de una mañana de la primavera de 1977 recibí una llamada con un tono muy misterioso, aunque en seguida reconocí que aquella voz era la de Pedro Caba, quien me dijo que ese día debía acudir sin falta a una cita en la casa de la sierra. Villa Valeria estaba situada en los altos de Cercedilla mirando hacia Siete Picos del Guadarrama, en la colonia de Camorritos. Mientras subía esa mañana a la sierra en la radio del coche sonaba la canción Oh, mamy, mamy blue y Adamo cantaba Mis manos en tu cintura y yo iba vestido como un progre de molde, lucía patillas largas, pantalones de campana y jersey blanco de cuello alto.

Mis mejores amigos estaban en el Partido Comunista y yo me sentía un compañero de viaje o tonto útil, pero no un rojo. Por aquellos días sucedían hechos de sangre en Madrid en la lucha callejera contra el franquismo bajo nubes de gases lacrimógenos que dejaban en el aire un olor a almendra amarga.

Antes de llegar a la fuente de Camorritos, doblé a la derecha sobre los raíles del ferrocarril que llevaba a Cotos y entré en una colonia de chalets sombreada por pinos centenarios. Cuando paré el motor, oí las risas que salían del jardín de la casa derruida y entre las risas de aquel alegre conjunto de jóvenes antifranquistas, artistas, profesores y cineastas, también percibí un subyugante aroma a sofrito que transportaba la brisa. Al entrar en el jardín vi enseguida a la gran dama, a Dolores Ibárruri, Pasionaria, que había llegado el día antes a Madrid después de un exilio de 40 años. Estaba sentada en un sillón blanco de mimbre que tenía una pata rota atada con una cuerda y la rejilla del respaldo destrozada. Todo en el jardín era una elegante y estética ruina.

Cerca de Pasionaria ardía el fuego de una paella en el momento en que se estaba sofriendo la carne. Ella me ofreció su mejilla cuando fui a darle un beso. Pedro Caba había montado este acto que suponía la primera presencia visible de Dolores en España. Después, Pedro me hizo el honor de que yo echara el arroz a la paella, una ceremonia sagrada a la que acudió toda la cuadrilla.

El doctor Pedro Caba murió hace unos días. Era un médico muy singular. En aquellos tiempos del mayo francés ibas a su consulta, y, mientras te aplicaba el fonendoscopio en la espalda, te soplaba al oído el próximo salto callejero, te obligaba a decir treinta y tres y al mismo tiempo te pedía dinero para los presos políticos, te tomaba la tensión contando el último chiste de Franco, te palpaba el hígado y a la vez te daba noticias de la huelga de los metalúrgicos, te miraba por rayos y aunque lo negaras, él juraba que veía tus costillas en forma de hoz y martillo. Todo eso en cinco minutos atrabancados en que había tropezado con una papelera, había derribado una lámpara y había tirado un cenicero. Y al recuperar el abrigo que habías colgado en la percha al llegar, lo encontrabas con los bolsillos llenos de panfletos.

Yo tenía entonces un Morris 1100 y en la luna de atrás llevaba una pegatina pacifista formada por un triángulo anarquista con la inscripción de “Haz el amor y no la guerra”. Eso fue suficiente para que intentara captarme para la causa marxista leninista, cosa que no consiguió, pero sí mi amistad, que ha durado hasta su último día.

Me admiraba su rapidez mental, su vitalidad tan compulsiva. Cuando lo conocí, el médico Pedro Caba desarrollaba una actividad frenética. Hubiera sido una hazaña seguirlo en su labor diaria. En la primera parada visitaba a un canceroso desahuciado, en la segunda se entrevistaba con el responsable de una asociación de vecinos, en la tercera entraba en una tienda y compraba pepinillos de Bulgaria para la comida colectiva en la casa derruida de Camorritos, en la cuarta se metía en un convento de clausura y le metía el termómetro bajo la lengua a la madre superiora, en la quinta atendía a un millonario de Puerta de Hierro y en la sexta había que ir a Entrevías a hablar con alguien de comisiones obreras.

Nos hicimos muy amigos en un verano en Denia, donde creaba un torbellino a su alrededor por donde iba. Pronto acaparó todas las iniciativas en su urbanización: fiestas, excursiones, comilonas, verbenas con farolillos. Siempre aprovechaba la ocasión para hacer proselitismo e impartir doctrina marxista en la playa en taparrabos, sin reparar que entre aquellas barrigas desnudas que lo rodeaban alguna podía ser propiedad de algún coronel de la División Azul.

La muerte de Pedro Caba se ha llevado todo aquel mundo en el que cada uno en su medida luchábamos por la libertad. Yo lo convertí en protagonista de la novela El jardín de Villa Valeria y de aquellas páginas he sacado estos recuerdos y el esplendor juvenil bajo los pinos de Guadarrama, de aquel mayo de jaras floridas cuando creíamos que todos los rojos eran guapos y hasta el mismo Dios era un intelectual de izquierdas.

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