A uno de ellos, a Marcos, no le gusta ponerse ropa, ni zapatos. Tampoco tolera que le toquen, ni interactuar con otros. Es incapaz de hablar. De ese calibre son las secuelas de décadas de abandono y de un trato literalmente inhumano en un manicomio al que llegó a los 10 años, el más infame de la historia de Brasil. Este lunes el Hospital-Colonia de Barbacena, donde unos 60.000 brasileños murieron de hambre, frío y diarrea hasta los años ochenta, cerró definitivamente sus puertas y, con él, el capítulo más cruel de la psiquiatría en Brasil. Los últimos pacientes-supervivientes, 14 ancianos enfermos, sin familia y con graves secuelas, incluido Marcos, han estrenado nuevo hogar. Una vivienda en la zona rural de Barbacena, conocida todavía como la ciudad de los locos.
El traslado de los 14 pacientes que quedaban en el Hospital-Colonia de Barbacena pone fin a una era marcada por el internamiento de alcohólicos, epilépticos, madres solteras u otros supuestos desechos sociales
A uno de ellos, a Marcos, no le gusta ponerse ropa, ni zapatos. Tampoco tolera que le toquen, ni interactuar con otros. Es incapaz de hablar. De ese calibre son las secuelas de décadas de abandono y de un trato literalmente inhumano en un manicomio al que llegó a los 10 años, el más infame de la historia de Brasil. Este lunes el Hospital-Colonia de Barbacena, donde unos 60.000 brasileños murieron de hambre, frío y diarrea hasta los años ochenta, cerró definitivamente sus puertas y, con él, el capítulo más cruel de la psiquiatría en Brasil. Los últimos pacientes-supervivientes, 14 ancianos enfermos, sin familia y con graves secuelas, incluido Marcos, han estrenado nuevo hogar. Una vivienda en la zona rural de Barbacena, conocida todavía como la ciudad de los locos.
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