Vicent y Canogar se dan la mano: el columnismo poético ilustrado por la abstracción

Manuel Vicent posa en su casa en Madrid, en diciembre de 2025.

El destino de un texto periodístico una vez leído (o no leído), afirma con razón Manuel Vicent (La Vilavella, 90 años), termina siendo, con más frecuencia de la que se cree, envolver un kilo de pescado. O de patatas si se prefiere. El gran reportaje, la entrevista del año, la nota informativa, la crítica: nada escapa de la cualidad perecedera de un periódico. Tampoco sus columnas. Ni las del propio Vicent, con su prosa poética e impresionista, con su tono memorialista, melancólico. “Yo veía que en los bares de Lavapiés”, recuerda el escritor, “la gente leía mi artículo. Pero bastaba con que llegara el camarero y preguntara qué van a tomar para que esos miserables prefirieran una cerveza antes que a mí”.

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 La editorial La Cama Sol presenta en Madrid un libro que recopila las columnas del escritor publicadas en EL PAÍS, acompañado por la obra del maestro del informalismo  

El destino de un texto periodístico una vez leído (o no leído), afirma con razón Manuel Vicent (La Vilavella, 90 años), termina siendo, con más frecuencia de la que se cree, envolver un kilo de pescado. O de patatas si se prefiere. El gran reportaje, la entrevista del año, la nota informativa, la crítica: nada escapa de la cualidad perecedera de un periódico. Tampoco sus columnas. Ni las del propio Vicent, con su prosa poética e impresionista, con su tono memorialista, melancólico. “Yo veía que en los bares de Lavapiés”, recuerda el escritor, “la gente leía mi artículo. Pero bastaba con que llegara el camarero y preguntara qué van a tomar para que esos miserables prefirieran una cerveza antes que a mí”.

Lo dice en la presentación, en el Instituto Cervantes de Madrid, de su nuevo libro, Detrás de la herida, una recopilación de sus columnas, publicadas en este diario desde hace casi 50 años, que además ilustra, en una especie de diálogo, la obra de Rafael Canogar (Toledo, 90 años), maestro del informalismo, pionero de la abstracción y miembro (el último con vida) del Grupo El Paso, que puso a España a la par de la vanguardia de la escena artística internacional. Quizá lo que faltaba para que aquellos insensatos madrileños se las tomaran más en serio y para que perduraran como la obra poética que finalmente son.

El libro es, explicó el editor Javier Santiso en el acto celebrado en el Instituto Cervantes de Madrid, “un homenaje a la lentitud en tiempos acelerados y muy caníbales. Y un mano a mano entre un artista y un escritor”. Su editorial, La Cama Sol, lleva desde 2017 haciendo libros poco comunes. Para empezar, están hechos como aquellos de finales del siglo XIX y principios del XX, con páginas que hay que abrir con un abrecartas. Todos dedicados a la poesía y con la ilustración de algunos de los más relevantes artistas contemporáneos del país. Por eso, aunque no es el primer libro de recopilaciones de las columnas de Vicent —en 2014 se publicó Radical libre (Círculo de Tiza)— sí es particularmente especial. “Leer una columna en el periódico, buena, mala o regular, no tiene ninguna dificultad, pero si la metes la columna en un libro que hay que abrir con un cuchillo es como entrar en la madriguera sagrada del arcano”, bromeó Vicent en la charla que moderó el periodista Juan Cruz, también prologuista del libro.

En este, las obras de Canogar, que comparte edad con el columnista, dialogan con los textos que antes acompañaban noticias. Son lenguajes distintos, pero que hablan de lo mismo. “Dos almas”, en palabras de Juan Cruz, presentador del acto, “que cabalgan juntas”. Los dos, Cruz y Santiso, convencieron a Vicent para que buscara entre sus miles de columnas, las más poéticas y sus preferidas. Él delegó el trabajo a varios amigos que le ayudaron a elegir. “Una confluencia que atañe a muchísima gente porque, en el fondo, todos soñamos lo mismo”, contó. Y que sirvieron también para llenar el acto de anécdotas, muy celebradas por el público, reflexiones de un mundo “manejado por un crupier que echa a rodar la bola, y dependiendo del número donde caiga, cambia la historia”, y del oficio de columnista. “Uno siempre escribe la misma columna. Si de todas las que he escrito alguien podría sacar mis obsesiones, mis sueños, mis carencias. Ahí te vas vaciando”, explicó.

Lo comprueban bien los textos elegidos. Ahí hay vivencias de la España de la posguerra, búsqueda de libertad, experiencias personales y anécdotas. En las letras, sobre todo, pero también en las pinturas. Porque, como explicó Canogar, ambos han vivido “la misma España, la misma historia, las mismas circunstancias”, y defendido las mismas ideas. El toledano prefirió escuchar sereno, como deseando volver al lienzo pronto, las palabras de su “admirado amigo”. Lo elogió brevemente y rio como el resto de espectadores ante sus bromas. “La prosa poética de Vicent nos ha hecho felices a todos”. Quizá por eso, ha logrado cautivar a miles de lectores que, como prueba de ello, abarrotan desde hace tiempo (últimamente con regularidad) cada acto al que asiste, y que este lunes formaban una larga fila afuera de la sede del Instituto a más de 15 minutos de empezar el evento.

Además de su trayectoria periodística y sus muy celebrados libros, Vicent ha ganado premios como el Alfaguara de novela (el único autor que lo ha ganado dos veces) o el Nadal. “La poesía no está al alcance del periodismo”, dijo Cruz, “pero tenemos la suerte de que el periodismo a veces se nutre de la poesía”. Y Manuel Vicent lleva haciéndolo en estas páginas casi desde los inicios del diario. La poesía, en verso o en prosa, merece algo más que abrigar pescados.

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