<p>Hace hoy, exactamente hoy, diez años que una adolescente <a href=»https://www.elmundo.es/cultura/musica/bad-gyal.html» target=»_blank»><strong>Bad Gyal</strong></a>, con su botella de Aquarius a las puertas del chino y sus vaqueros empapados de juguetear en la bañera, se presentó ante todos nosotros en Youtube con Pai, esa versión catalana del<i> Work</i> de Rihanna. Y, aunque tardamos en entenderlo, en esa elección había un mensaje <strong>más allá de la ambición de ser estrella</strong>. Hacerlo como a ella le diera la gana. Como había hecho Rihanna, pero con autotune, brillos y movimiento de culo. Con una legión de adolescentes, como ella fue, <a href=»https://www.elmundo.es/cultura/musica/bad-gyal.html» target=»_blank»>entregadas a <strong>Bad Gyal</strong></a>.</p>
La cantante ha hecho suyo el término ‘Zorra’, lo ha redifinido y lo ha convertido en motivo de orgullo femenino -y feminista- para quienes la siguen
Hace hoy, exactamente hoy, diez años que una adolescente Bad Gyal, con su botella de Aquarius a las puertas del chino y sus vaqueros empapados de juguetear en la bañera, se presentó ante todos nosotros en Youtube con Pai, esa versión catalana del Work de Rihanna. Y, aunque tardamos en entenderlo, en esa elección había un mensaje más allá de la ambición de ser estrella. Hacerlo como a ella le diera la gana. Como había hecho Rihanna, pero con autotune, brillos y movimiento de culo. Con una legión de adolescentes, como ella fue, entregadas a Bad Gyal.
Cuando, en el Movistar Arena de Madrid, volvió a sonar una década después Pai, quedó constatado que a todo lo que aspiraba Bad Gyal es ya una realidad palpable. Que es una estrella urbana construida como le ha dado realmente la gana. Que el autotune, los brillos y el culo siguen estando ahí -en primerísimo plano en Comernos-. Y, sobre todo, que tiene una legión de fans, muchas de ellas niñas hace una década, absolutamente devotas de la catalana, que cantan cada uno de sus temas como si les fuera la vida en ello. Sin importar que sean de su primera etapa o de su último disco, Más cara, que ocupa gran parte de un espectáculo más lujoso, más de diva. La joya ahora es más cara -come ostras y caviar en las transiciones visuales-. Y aún quiere serlo más.
Bad Gyal apareció en Madrid encaramada a una mesa con una estatua suya como pie, ataviada con un triquini rosa chicle con transparencias y un abrigo crop de pelo al ritmo de Un coro y ya :), que aspira a hit de futuro de un álbum, que como sucedía con La Joia, no acaba de ser redondo pero va camino de dejar un puñado de hits para reventar clubes nocturnos. Como siempre lo ha hecho la música de la mayor de las Farelo, que se forjó en las noches barcelonesas y que ahora las domina. Solo hay que ver cómo coreaba su público Más Cara, Gatitas y Da Me mientras ella se contoneaba, acompañada de hasta 12 bailarines, todavía en el inicio y cómo estalló Madrid al escuchar los primeros acordes de Duro de Verdad pt.2, esa incursión de la catalana en ritmos latinos clásicos como la bachata.
Porque el dancehall, el estilo al que se aferró en los inicios de su carrera, sigue estando en la hora y tres cuartos de show frenético, pero ahora la propuesta de la cantante va saltando de la música cubana –Qué rico– o el reguetón primigenio –Fashion Girl, Choque, Hoy te toca y un arranque de Sexy robótica de Don Omar- para acabar cayendo en una especie de balada urbana –De to– con las luces de los móviles de sus fans en alto. Todas las despachó en el segundo tramo la artista, cuando el Movistar Arena ya estaba bien caliente. Las referencias sexuales del repertorio se habían encargado de prenderlo y la cantante de avivarlo. «Tú no sabes cuántas ganas tengo de comerno, baby», cantaba Alba. Y todas sus fans, mayormente mujeres y jóvenes, la seguían.
Ya en los primeros conciertos de la catalana era habitual que las salas, mucho más pequeñas que ahora, estuvieran mayormente llenas de chicas jóvenes con eyeliners infinitos, camisetas de brillos y botas. Y ahora, a medida que esas primeras chicas han ido creciendo, han sido sustituidas por otras igual de jóvenes con idénticos looks actualizados a 2026 -mucho pelo, mucha bota alta, mucho print animal- que nuevamente eran mayoría en la primera de las tres noches que habrá en la capital. Todas se subieron a Blin blin, Flow 2000 y el remix de Chulo. Y cuando sonó Zorra, una de las canciones que mejor explica el éxito de la catalana, el recinto madrileño reventó con el tú eres un mierda, no vales nada y eso todas lo saben de inicio del estribillo.
Bad Gyal ha hecho suyo el término, lo ha redifinido y lo ha convertido en motivo de orgullo femenino -y feminista- para quienes la siguen. Como lo ha hecho con el sexo en sus letras. Ella es la que domina como demuestra en Perdió este culo –Tú te quedas ahí en la esquina escondido, porque has perdido este culo– o Muñeca –Seré yo quien te use, tú no me usarás-. Solo hay que ver cómo se cantan esas canciones ya en la parte final del concierto para la que guarda la catalana un trío de ases: Slim Thick, Fuma y, claro, Fiebre.
Es este último el tema que recorre los diez años de Bad Gyal sobre los escenarios. Y, por eso, es uno de sus pocos momentos en los que está ella sola sobre el escenario -con dos niñas pequeñas que se subieron-. Como lo estuvo en el principio de su carrera. Como lo estaba en mayo de 2017 en el Ocho y Medio de la capital. Como lo estaba en la época de Pai, que también cantó brevemente a modo de recuerdo de ese décimo aniversario («Hoy es un día muy especial»). Pero ella ahora es más cara, más sexual -si es que se puede- y más poderosa. Y no tiene miedo a mostrarlo.
Cultura
