Ir al cine con mi madre era peligroso. Si la película no le gustaba, la ceremonia del fastidio empezaba de inmediato: expresiones de hastío, la pregunta reiterada: “¿Qué hora es, cuánto falta?”. Fui con ella a ver E. T. Cada vez que aparecía el extraterrestre, decía: “¡Qué bicho asqueroso! ¡Qué inmundicia!”. Quedé con la idea de que E. T. era un sujeto cubierto de moco y que la película era pésima. Me perdí la ternura, la amistad, la magia. Lo mismo pasó cuando fuimos a ver La guerra de las galaxias: qué cara de torta esa princesa, qué rubio más soso. Así se arruinaron La fiesta inolvidable ―cada vez que aparecía Peter Sellers decía “este idiota”―, alguna de Woody Allen. Ir al cine con mi padre era otra cosa. Lo arrastré a ver obras maestras ―Tarkovski, Bergman― en las que se aburría como un hongo, pero con él teníamos un pacto: si no le gustaba la película, se levantaba, se iba y nos veíamos al terminar la función. Hasta hoy recuerda las toneladas de escenas de 10 minutos con cámara fija que padeció a mi lado mientras yo disfrutaba como un cerdo. Las experiencias cinematográficas con él empezaron en mi infancia, cuando íbamos al cine cuatro veces por semana. Yo no sabía leer y él me contaba la trama en un susurro bajísimo: “Ahora van a atacar el pueblo; lo desafió a duelo; le dijo que se esconda abajo de la cama”. En los años ochenta fuimos por primera vez a Europa y compramos entradas para ver Blade Runner en un cine de París, supongo que porque hacía calor y en el cine había aire acondicionado. Éramos candidatos al desastre: yo no hablaba inglés, mi padre apenas, y estaba subtitulada en francés, un idioma del que yo tenía un conocimiento decente pero no fluido. Cuando terminó, salimos a la tarde de verano como si hubiéramos comido fuego. Él me dijo: “Ay, hija, qué película hermosa”. Caminamos por la ciudad incendiada de luz, cómplices soberbios, felices de haber entendido todo sin haber entendido casi nada.
Mi padre recuerda las toneladas de escenas de 10 minutos con cámara fija que padeció a mi lado mientras yo disfrutaba como un cerdo
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
Mi padre recuerda las toneladas de escenas de 10 minutos con cámara fija que padeció a mi lado mientras yo disfrutaba como un cerdo


Ir al cine con mi madre era peligroso. Si la película no le gustaba, la ceremonia del fastidio empezaba de inmediato: expresiones de hastío, la pregunta reiterada: “¿Qué hora es, cuánto falta?”. Fui con ella a ver E. T. Cada vez que aparecía el extraterrestre, decía: “¡Qué bicho asqueroso! ¡Qué inmundicia!”. Quedé con la idea de que E. T. era un sujeto cubierto de moco y que la película era pésima. Me perdí la ternura, la amistad, la magia. Lo mismo pasó cuando fuimos a ver La guerra de las galaxias: qué cara de torta esa princesa, qué rubio más soso. Así se arruinaron La fiesta inolvidable ―cada vez que aparecía Peter Sellers decía “este idiota”―, alguna de Woody Allen. Ir al cine con mi padre era otra cosa. Lo arrastré a ver obras maestras ―Tarkovski, Bergman― en las que se aburría como un hongo, pero con él teníamos un pacto: si no le gustaba la película, se levantaba, se iba y nos veíamos al terminar la función. Hasta hoy recuerda las toneladas de escenas de 10 minutos con cámara fija que padeció a mi lado mientras yo disfrutaba como un cerdo. Las experiencias cinematográficas con él empezaron en mi infancia, cuando íbamos al cine cuatro veces por semana. Yo no sabía leer y él me contaba la trama en un susurro bajísimo: “Ahora van a atacar el pueblo; lo desafió a duelo; le dijo que se esconda abajo de la cama”. En los años ochenta fuimos por primera vez a Europa y compramos entradas para ver Blade Runner en un cine de París, supongo que porque hacía calor y en el cine había aire acondicionado. Éramos candidatos al desastre: yo no hablaba inglés, mi padre apenas, y estaba subtitulada en francés, un idioma del que yo tenía un conocimiento decente pero no fluido. Cuando terminó, salimos a la tarde de verano como si hubiéramos comido fuego. Él me dijo: “Ay, hija, qué película hermosa”. Caminamos por la ciudad incendiada de luz, cómplices soberbios, felices de haber entendido todo sin haber entendido casi nada.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Añadir usuarioContinuar leyendo aquí
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
Flecha
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
EL PAÍS
