La página treinta y dos

A las buenas ideas no se las ve llegar: se manifiestan de súbito, como el espíritu de un muerto. Cuando ves llegar a un muerto, es que no se trata de un muerto, sino de alguien que nos lo recuerda. En cambio, un día abres la nevera, sacas el pescado que compraste ayer y notas que su ojo es el ojo de tu padre extinto. La sensación dura poco, porque enseguida vuelve a ser astutamente el ojo de un salmonete. Pero durante una fracción de segundo tu progenitor se asomó a ti a través del pescado. Lo sabes, lo sabes, no lo podrías explicar, pero lo sabes. Por eso mismo, porque no lo podrías explicar, lo guardas para ti. Luego arrojas el pez a la sartén y aquí paz y después gloria.

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 Las ideas brotan cuando permaneces distraído; liberada del ejercicio de la búsqueda, la mente se dedica a jugar con los materiales acumulados  

Columna

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Las ideas brotan cuando permaneces distraído; liberada del ejercicio de la búsqueda, la mente se dedica a jugar con los materiales acumulados

Pescadería en el mercado de la Boqueria, en Barcelona.
Quique García (EFE)
Juan José Millás

A las buenas ideas no se las ve llegar: se manifiestan de súbito, como el espíritu de un muerto. Cuando ves llegar a un muerto, es que no se trata de un muerto, sino de alguien que nos lo recuerda. En cambio, un día abres la nevera, sacas el pescado que compraste ayer y notas que su ojo es el ojo de tu padre extinto. La sensación dura poco, porque enseguida vuelve a ser astutamente el ojo de un salmonete. Pero durante una fracción de segundo tu progenitor se asomó a ti a través del pescado. Lo sabes, lo sabes, no lo podrías explicar, pero lo sabes. Por eso mismo, porque no lo podrías explicar, lo guardas para ti. Luego arrojas el pez a la sartén y aquí paz y después gloria.

Las ideas, decíamos, son como ese ojo. Se te aparecen, qué sé yo, en la ducha, cuando no puedes tomar nota de ellas. No les gusta que las apuntes, porque es como externalizarlas, sino que las conserves en la memoria y que les des vueltas en ella, igual que a un caramelo en la boca. ¿De dónde vienen? No se sabe. Viven en los pliegues de la memoria, como los calcetines perdidos en las rugosidades del tambor de la lavadora. Se acumulan allí restos de conversaciones oídas en el autobús, titulares de periódico que apenas llamaron tu interés, o una frase suelta de un libro abandonado en la página treinta y dos. Todas esas partículas de experiencia, que parecen inútiles, flotan en un depósito invisible hasta que un día se atraen como limaduras de hierro y forman una imagen inesperada. ¡Eureka!

Las ideas brotan cuando permaneces distraído (mientras pelas una patata, por ejemplo). Liberada del ejercicio de la búsqueda, la mente se dedica a jugar con los materiales acumulados. Las ideas habitan en la frontera borrosa donde lo íntimo se abraza a lo extraño. Como si el pensamiento fuera, en gran medida, un préstamo de lo que flota en el ambiente. Recibámoslas con hospitalidad, como al fantasma de un muerto que viene a decirnos algo de la vida.

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