La galería Travesía Cuatro de Madrid acoge hasta el 20 de febrero la exposición À Gisèle. Su comisaria, Laura López Paniagua, ha reunido a cuatro artistas de diferentes generaciones y países para rendir homenaje a la superviviente que no permitió ser victimizada. Se trata, en palabras de López Paniagua, “de una dedicatoria en sentido íntimo: un acto de atención profundo, un deseo respetuoso de cercanía, y el intento de desplegar un paisaje donde la experiencia de lo inconcebible pueda empezar a formarse, aunque sea de manera tentativa e inconclusa, sin quedar reducida a un único relato”. Las obras de Armineh Negahdari, La Chola Poblete, Kiki Smith y Maya Pita Romero sostienen la ambigüedad y convierten la galería en un lugar de diálogo.
La galería Travesía Cuatro de Madrid reúne obras de cuatro artistas que no buscan ilustrar directamente los hechos del ‘caso Pelicot’, sino reclamar un diálogo para reinventar el contrato social
La galería Travesía Cuatro de Madrid acoge hasta el 17 de enero la exposición À Gisèle. Su comisaria, Laura López Paniagua, ha reunido a cuatro artistas de diferentes generaciones y países para rendir homenaje a la superviviente que no permitió ser victimizada. Se trata, en palabras de López Paniagua, “de una dedicatoria en sentido íntimo: un acto de atención profundo, un deseo respetuoso de cercanía, y el intento de desplegar un paisaje donde la experiencia de lo inconcebible pueda empezar a formarse, aunque sea de manera tentativa e inconclusa, sin quedar reducida a un único relato”. Las obras de Armineh Negahdari, La Chola Poblete, Kiki Smith y Maya Pita Romero sostienen la ambigüedad y convierten la galería en un lugar de diálogo.
“Que la vergüenza cambie de lado”, dijo Gisèle Pelicot al renunciar a su derecho al anonimato que protege a las víctimas de violencia sexual en Francia. Esta afirmación —ya convertida en lema— es una de las muchas razones por las que Pelicot será recordada. Dedicó su lucha a quienes como ella habían sufrido algún tipo de violencia sexual: “Víctimas, miren a su alrededor: no están solas”. La imagen de Gisèle Pelicot es la imagen de la dignidad. De no haberse mostrado con corrección y firmeza, lo que vendría a la mente al recordar este caso sería otra cosa: el mismo cuerpo en diferente postura. Su marido la drogaba, la violaba e invitaba a otros hombres a que hicieran lo mismo. Ella denunció a sus agresores sin convertirse en el cuerpo vulnerable del que habían abusado.

Si Gisèle Pelicot no se hubiera presentado todos los días al juicio a cara descubierta, si no hubiera pedido una vista pública donde pudieran verse las imágenes de lo que vivió en el marco de un tribunal de justicia, la imagen de este crimen la habría decidido su torturador, quien grababa los crímenes.
Las esculturas de Maya Pita-Romero (Madrid, 26 años), las únicas comisionadas específicamente para esta muestra, también imponen nuevas imágenes del cuerpo. Evocan lenguas, gargantas o cavidades que oscilan entre lo erótico, lo visceral y lo inquietante. Se sitúan en el terreno de lo liminal. No se sabe si están dentro o fuera. Pita-Romero, que ha sido galardonada con el Premio Artista Joven 2026 de la Casa Encendida, ha utilizado materiales heredados de su linaje femenino y plásticos reciclados; lo doméstico evoca la calidez, pero también lo abyecto.
Algo parecido sucede con la propuesta de La Chola Poblete (Guaymallén, Argentina, 37 años). Artista trans y marrona, traslada a su obra la sensibilidad política desde la experiencia de su carne. Al igual que Gisèle Pelicot, ha creado una imagen de sí misma. Se muestra públicamente con su trenza, su aguayo y el gesto de diva indígena que la define. Se afirma, como explica López Paniagua, “frente a los mecanismos de exclusión que marcan a los cuerpos racializados, feminizados, diferentes”. Al igual que Gisèle, ella también grita: “La vergüenza ya no es mía”.

La obra Venus, marrona rajada (2023) viaja más allá del personaje al lugar en que, tal vez, esté ahora la propia Gisèle alejada de los focos. El personaje público descansa y la mujer va asentándose discretamente en el apellido de soltera que ha decidido utilizar. Una mujer de 73 años que mira con nuevos ojos a su propio cuerpo para integrarlo, para comérselo, si se quiere, como podría La Chola comerse su escultura hecha de pan. Una obra apetecible pero herida, tendida bocarriba, con el vientre rajado, ofreciendo sus órganos o la prole maltrecha de un pasado violento y colonial.
Gisèle Pelicot destapó la hipocresía social del ámbito privado, en donde las configuraciones simbólicas, afectivas y relacionales siguen sosteniendo la violencia del patriarcado. Como se vio en el documental de RTVE Mi marido violó a Gisèle Pelicot —que recoge los testimonios de siete mujeres, familiares de algunos de los condenados—, este caso desvela un quiste social mucho más grande del que se reconoce. Reclama la necesidad de un diálogo abierto para reinventar el contrato social, que no puede apoyarse en el caduco pacto silencioso basado en la subordinación sexual de las mujeres.

La colección de dibujos expuestos de la artista iraní afincada en Francia Armineh Negahdari (Teherán, 31 años) parece emerger de un lugar mítico anterior al lenguaje desde donde se puede empezar a imaginar algo nuevo. Es imposible no interpretar el grafito sobre el papel como un grito, especialmente a la luz de los acontecimientos que tienen lugar en su país natal. Encontrar estos trabajos en Madrid pone de manifiesto nuestras raíces comunes.
Por último, en los paneles de dibujo-escultura en papel y tejido de Kiki Smith (Núremberg, 72 años) se reconoce el cuerpo femenino, pero la arrebatadora fisicidad de los materiales acaba por imponerse como un objeto vivo en sí mismo. Así el cuerpo se vuelve extraño y da otro empujón para empezar a pensar.
Ninguna de las obras elegidas para esta exposición se fotografía bien. Para este homenaje es necesario desplazarse, estar presente, volver al ágora, como la comisaria Laura López Paniagua invita a hacer.
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